“Camarero, la cuenta”, pide un joven, sentado en un restaurante italiano del centro de Madrid. Le acompañan otras seis personas, que continúan con la conversación a la espera de que el trabajador les entregue la dolorosa. “Pago yo y luego arreglamos cuentas. Son 27 euros por persona”, añade otro de los chicos. Lo que pasó cuando abandonaron el local solo lo saben ellos. ¿Han pagado todos? ¿Por qué a medias? ¿Han comido todos lo mismo? ¿El reparto equitativo de la cuenta supondrá una disputa posterior?
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