En Sumirago, el tiempo se mide en metros. Uno y medio por hora. A veces menos, según la complejidad del dibujo y los hilos que entren en juego. Es lo que tardan en urdirse algunos de los característicos tejidos de Missoni. En ese pueblo lombardo a 40 minutos de Milán, encaramados a una colina con el Monte Rosa de fondo, están los cuarteles de la firma italiana. Músculo creativo y textil, es el lugar donde la enseña se instaló en 1969 —15 años después de que Rosita y Ottavio empezaran la andadura familiar a la que pondrían su apellido con un taller textil en el sótano de su casa—. Y donde siguen repiqueteando sus telares. Máquinas que diluyen la gruesa línea que solemos dibujar entre lo industrial y lo artesano, con nombre propio. Raschel, que permite construir directamente el dibujo en la estructura del tejido. Jacquard, el histórico sistema de tarjetas perforadas que en 1801 hizo posible mecanizar dibujos complejos. Y Caperdoni, un telar especial, diseñado para combinar técnicas.
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