La órbita baja de la Tierra se ha convertido en una autopista saturada. Donde antes orbitaban unos pocos satélites científicos, hoy se desplazan decenas de miles de objetos activos, muchos de ellos separados por distancias menores a las de una ciudad. Todo funciona gracias a correcciones constantes de trayectoria, cálculos automatizados y una confianza casi absoluta en que los sistemas nunca fallen al mismo tiempo.
El problema es que el espacio no siempre avisa.
Un nuevo estudio liderado por Sarah Thiele, investigadora de la Universidad de Princeton, sugiere que ese delicado equilibrio podría romperse mucho más rápido de lo que se creía. En el peor escenario, la órbita baja podría entrar en colapso en apenas 2,8 días.
Un cielo cada vez más congestionado
La llamada órbita terrestre baja —entre los 300 y 2.000 kilómetros de altitud— alberga hoy la mayor concentración de satélites de la historia. Ahí operan redes como Starlink, OneWeb y otras mega constelaciones destinadas a ofrecer internet global, observación terrestre y comunicaciones en tiempo real.
La consecuencia es un tráfico constante.
Los cálculos del estudio indican que se produce una aproximación peligrosa entre satélites cada 22 segundos, definida como encuentros a menos de un kilómetro de distancia. Dentro de la red Starlink, esa cifra se reduce a una cada 11 minutos.
Para evitar impactos, cada satélite debe ejecutar maniobras de evasión de forma regular. En promedio, unos 41 ajustes de trayectoria por año. Mientras todo responde correctamente, el sistema parece estable. El riesgo aparece cuando algo deja de responder.
Cuando el Sol se convierte en el enemigo

Las tormentas solares no son raras. El problema es su intensidad. Una erupción solar potente puede alterar el campo magnético terrestre, interferir con señales GPS, afectar comunicaciones y modificar la densidad de la atmósfera superior. Para los satélites, eso significa perder precisión justo cuando más la necesitan.
Si varios aparatos dejan de recibir instrucciones al mismo tiempo, las maniobras automáticas se interrumpen. Y ahí empieza el efecto dominó.
Los investigadores señalan que este tipo de fallos no suelen surgir en condiciones normales, sino en eventos extremos, poco frecuentes… pero inevitables.
El reloj que mide el desastre
Para cuantificar el riesgo, el equipo desarrolló una nueva métrica llamada CRASH Clock (Reloj de Colisiones y Daño Significativo). Este indicador calcula cuánto tiempo pasaría desde una pérdida total de control hasta una colisión grave. El resultado es inquietante.
A partir de junio de 2025, si las maniobras de evasión se detuvieran por completo, una colisión catastrófica podría ocurrir en solo 2,8 días. Para ponerlo en perspectiva: en 2018, antes del despliegue masivo de mega constelaciones, ese margen era de 121 días.
El cielo no se volvió más peligroso por casualidad. Se volvió más lleno.
El problema de no tener aviso
Otro factor agrava el escenario: las tormentas solares apenas dan tiempo para reaccionar. Las alertas suelen llegar con uno o dos días de anticipación, a veces menos. Si los sistemas pierden el control en tiempo real, los operadores disponen de un margen extremadamente corto para restaurarlo antes de que las trayectorias comiencen a cruzarse sin supervisión.
El estudio recuerda el llamado Gannon Storm, ocurrido en mayo de 2024. Fue una de las tormentas solares más intensas de las últimas décadas. No fue la más fuerte registrada. Si un evento de magnitud similar ocurriera hoy, con la órbita actual saturada, los efectos podrían ser mucho más prolongados y peligrosos.
El síndrome de Kessler, cada vez más cerca

Una colisión importante no es un accidente aislado. Cuando dos satélites chocan a velocidades orbitales, generan miles de fragmentos que permanecen en el espacio durante décadas. Cada uno de ellos puede provocar nuevos impactos, creando una reacción en cadena conocida como síndrome de Kessler.
El resultado extremo sería una órbita inutilizable. No por días ni por años, sino por generaciones. Lanzar nuevos satélites se volvería casi imposible sin atravesar un campo de escombros hiperveloces.
Un precio oculto del cielo conectado
Las mega constelaciones ofrecen beneficios reales: conectividad global, respuesta ante emergencias, observación climática y acceso a internet en zonas remotas. Pero el estudio plantea una advertencia clara: el riesgo sistémico ya no es teórico. La combinación de miles de satélites, maniobras constantes y eventos solares impredecibles ha creado una infraestructura extremadamente eficiente… y extremadamente frágil.
La órbita baja funciona como un castillo de cartas en movimiento. Mientras todo marche bien, parece estable. Pero basta un solo fallo compartido para que el tiempo deje de estar de nuestro lado. Y, según los cálculos actuales, ese tiempo podría medirse en días.


