Jordan Bardella nunca deja nada al azar. Cada palabra, gesto, sonrisa, cita de un libro ―que, por lo general, no ha leído― o anécdota familiar es ensayado, calculado al milímetro. Por muy alto que vuele en las encuestas, el miedo a cometer un faux pas que le obligue a quitarse la máscara no abandona jamás al gran favorito de las presidenciales de 2027, cuya carrera meteórica ha sido moldeada a golpe de media training para “transformar la concha vacía en un facha simpático”, en palabras de su exasesor en comunicación, Pascal Humeau. La obsesión llega a tal punto que el delfín de Marine Le Pen habría empleado 130.300 euros de fondos del Parlamento Europeo destinados a la formación de los eurodiputados del Reagrupamiento Nacional (RN) para pagar servicios destinados a moldear su imagen de cara a las presidenciales de 2022: el caso está en manos de la Fiscalía después de que su antiguo spin doctor revelara en noviembre el fraude en Le Canard Enchaîné. Por ese motivo, no han sido pocos en la prensa francesa los que se han preguntado cuáles eran las intenciones de Bardella cuando se dejó ver, hace unas semanas, acompañado nada menos que de la princesa María Carolina de Borbón de las Dos Sicilias.
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