La primera vez que Álvaro Moscoso escuchó el extraño crujido fue sobre las diez de la noche de este pasado miércoles: “Creí que se había caído un muro antiguo”. Sobresaltado, salió a la calle de la zona alta donde vive junto a sus padres, pero no había nada. Juan Baena, que lo enmarca en esa misma hora, lo define, quizás, como un zumbido “seco y sordo, algo desconocido”. Mari Ángeles Vega habla, directamente, de una “explosión”. Todos fueron testigos de cómo los 581 litros por metro cuadrado que cayeron en apenas un día convirtieron los suelos y muros de sus casas en Grazalema (Cádiz) en terroríficos manantiales, después de que el acuífero que está bajo sus pies se colmatase. Y todos han acabado este jueves desalojados de un pueblo que se ha vaciado en su totalidad, ante el temor de que la masa de agua subterránea pueda provocar colapsos de tierra. La población ha quedado vaciada por completo antes de las ocho de la tarde.
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