El odio no descansa. No pierde ni una única ocasión de destruir, de aniquilar, de arrasar allá donde aparezca un rastro de vida. Siempre está alerta para detectar al diferente, al que se sale de la norma establecida, a la persona única y especial. Lo hemos visto esta semana, en donde por fin se han atrevido a salir a la luz los therians, personas que se identifican como perros, gatos o cualquier otro animal. Sólo quieren que se les permita ser ellos mismos, que la sociedad les acepte como lo que realmente son y no como les han dicho que tenían que ser. Y ya hemos visto la respuesta en los medios de comunicación y las redes sociales: odio. Odio. Odio. Siempre odio. Las mismas burlas, los mismos acosos de siempre, ahora multiplicados por mil, como respuesta a la provocación imperdonable de querer existir.

