
La depresión es un enigma. A veces la causa es un acontecimiento concreto, una pérdida importante, una experiencia traumática. En otras ocasiones se da sin que se pueda detectar el momento concreto en el que empieza a gestarse y parece más la acumulación de varios factores que se van solapando para terminar en la “caída en el pozo” de la que hablaba Natalia Ginzburg. Su enorme prevalencia en Occidente la convierte en un problema de salud pública. La depresión no solo causa mucho dolor psíquico, mucho sufrimiento, sino que mata. De forma directa con el suicidio pero también por las distintas somatizaciones que derivan en enfermedades físicas letales. La bioquímica del cuerpo, nuestra materialidad, y los sentimientos y afectos no son dos entidades separadas que vayan cada una por su lado. Estamos integrados, y el dualismo cartesiano no es más que una organización simbólica inventada. Andrew Solomon, que dedicó un extenso volumen a la enfermedad (El demonio de la depresión, en Debate) la describe como una grieta en el amor. “Para ser criaturas que amamos”, dice, “debemos ser criaturas que nos desesperamos por lo que perdemos, y la depresión es el mecanismo de esa desesperación. Cuando sobreviene, degrada a la persona en lo más íntimo de sí misma y, en última instancia, eclipsa la capacidad de dar o recibir afecto.” Y ese afecto no es solo el que atañe a las personas, también a lo que hacemos, lo que amamos en nosotros mismos.
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