
Desde su debut literario en 2016, con su novela Argelagues, la escritora catalana Gemma Ruiz Palá (Sabadell, 1975) ha buscado saldar una deuda con las mujeres que nacieron, crecieron y se criaron en plena dictadura franquista. Esa generación de madres y abuelas que, pese a la represión sobre sus cuerpos y sus derechos sexuales y reproductivos, libraron batallas cotidianas para empedrar el camino de sus hijas y nietas hacia una sociedad más igualitaria.
En aquel primer libro, que por fin llega a México traducido por el sello consonni, la autora revisa su propia genealogía femenina para trazar un retrato colectivo de la sociedad catalana a lo largo del siglo XX, mientras que en su tercer libro, Nuestras madres (consonni, 2024), articula un relato con diez historias de mujeres que, en medio de una dictadura y la precarización de la maternidad y los cuidados, sostuvieron la estructura emocional y social de un país.
“Es una mirada clasista, misógina, pensar que las vidas de nuestras vecinas, de las tenderas, de la mujer que limpia, no tienen épica. Claro que la tienen y son trascendentes”, afirma en entrevista esta periodista cultural que estuvo en México para participar en la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara y presentar Nuestras madres, obra ganadora del Premio Sant Jordi 2022 y que ha superado los 45 mil ejemplares vendidos en un año en Cataluña.
Esa colección de relatos, que saca del cajón esas historias minimizadas como “cosas de mujeres”, ahora llega a México gracias a consonni, proyecto editorial independiente con sede en Bilbao que traduce al castellano obras escritas en catalán, euskera y gallego.
Tuviste que hacer una investigación documental para darle peso a los relatos de Nuestras madres, ¿en qué consistió?
Yo nací en el 75, por lo tanto, los 70, 80, es una época que tengo muy cercana, pero cuando escarbas un poco ves que esa cercanía puede ser traidora. También hay un factor, que es toda la cultura del destape, el blanqueo de la transición, pues sucedió algo bastante curioso porque tuvimos un dictador que se muere en la cama, nadie lo derroca y, encima, pasa la sucesión a un rey. Así ha sido la transición a la democracia que nos han querido vender, tan ejemplar, tan magnífica. En la ficción, las películas del destape dicen que ya éramos progres porque salían las mujeres desnudas en las revistas.
Todo esto configura una falsa memoria que te puede confundir a la hora de querer ser rigurosa para hablar de derechos de las mujeres a principios de los 80. Entonces, tuve que estudiar el Código Penal, el Código Civil, todas las leyes franquistas que operaron hasta muy entrados los 80. El dictador muere en el 75, el divorcio llega hasta el 83; el aborto, con muchos condicionantes, hasta el 85. Me di cuenta que había muchas cosas que ignoraba y que se habían blanqueado o folklorizado, y que, encima, las leyes franquistas eran mucho más parecidas a las del Afganistán actual. Muchas chicas ahora me preguntan cómo es que las mujeres no podían sacar el carnet de conducir sin permiso paterno o marital, cómo es que no tenían acceso a anticonceptivos ni derecho al divorcio, cómo es que la patria potestad era de los hombres. Una serie de cosas que las chicas de 20, 30 años que conviven con las de 70, que tuvieron que lidiar con esto, no entienden que en España, en Europa, hace dos días las mujeres estuviesen consideradas como infraciudadanas.
Me gustó mucho investigar esto y que aflorara a través de las experiencias de las protagonistas, porque hay gente que lo ha olvidado o que ni lo sabe y ahí está creciendo la extrema derecha pensando que Franco molaba.
¿Desde cuándo se empieza a dar esa conversación entre mujeres de diversas generaciones?
Creo que es muy reciente y te lo digo sintiéndome responsable de no haber mirado hacia las nuestras más temprano. Este libro también tenía la vocación de revisar los referentes que honramos y cuestionarme que, si llevo muchos años buscando la genealogía feminista que me faltó con académicas, pensadoras, intelectuales, escritoras, cómo es que no doy valor a las que no están en la academia, pero que desde casa también han hecho la evolución de nuestras democracias, de nuestra calidad de vida. Este libro fue para decirme a mí misma que estaba dando demasiada importancia a la academia y no a mujeres que intuitivamente eran feministas sin tener la palabra en los labios, pero que con sus acciones y con su rebeldía cotidiana, nos trajeron la democracia, la transición real y una vida completamente diferente a la suya.
Tus relatos están atravesados por el trabajo de cuidados y dejan la sensación de que, tarde o temprano, seas hombre o mujer, serás una persona cuidadora, pero es una labor que se sigue minimizando y tratando como algo doméstico, ¿por qué es importante empezar a sacar de allí ese asunto?
Si ganara la teoría económica feminista que defiende que el trabajo doméstico tiene que ser remunerado, qué diferente veríamos el mundo. Para empezar, estaríamos valorando mucho más esos trabajos porque, si tuvieras que pagar por la persona que en tu casa cuida de que todo esté limpio, seguramente no ensuciarías tanto. El hecho de no cobrar, hace parecer que en una casa se hacen las cosas sólo con tronar los dedos. El mundo funciona gracias a estas mujeres anónimas que hacen todo esto con un escaso valor social y con una remuneración totalmente desequilibrada.
Hay un relato, el de Gabriela, la peruana que deja a sus hijos pequeños para cuidar a los de otros en España y que renuncia a unos afectos legítimos para dárselos a otros, sin que lo emocional tenga alguna remuneración.
Este relato tenía un objetivo literario muy claro: cambiar el relato de las experiencias migratorias. Desde Europa sólo se mira lo que te pueden quitar, cómo te pueden afectar, desde un punto de vista totalmente racial, colonialista, pero ¿alguien se está fijando en el coraje que tiene una persona para dejar a sus hijos, para que vivan mejor que ella, y trasvasar los afectos legítimos que les pertenecerían a ellos y dárselos a alguien con quien trabajan? Esto tiene un coste emocional y no nos hemos parado a pensar que es impagable. Volviendo a lo que decía, si esto no lo valoras humanamente, pues económicamente resulta fácil remunerarlo con lo mínimo. Esto dice mucho y muy mal de las sociedades europeas. Siempre está el factor económico atravesando este tipo de hipocresía social.
Con este relato mucha gente se ha quedado de piedra, eso quiere decir que nunca lo habían pensado. Se deshumaniza a la gente que viene de fuera y acabas viendo cómo trabajan como si fueran hormiguitas. No, son personas, tienen afectos y para venir aquí a cuidar a tus viejos o hijos están dejando a los suyos.
Volviendo a las conversaciones intergeneracionales, ¿qué ha logrado esto en España?
Creo que ha logrado destapar un papel activo y no pasivo de las mujeres, un papel primordial en el sentido de la lucha clandestina contra el franquismo, un papel de sustento de la vida. Se ha conseguido ver la historia de las abuelas y las bisabuelas, que se tenían dulcificadas, con otro sentido. Se ha redimensionado esa figura que se tenía como una cosa casi decorativa en casa y muy entrañable. A lo mejor no hablamos de que la abuela mató a alguien, pero tal vez luchó por comida o hizo cosas consideradas reprobables.
Participaste en un club de lectura aquí en Ciudad de México, ¿qué impresiones despertaron tus relatos entre las lectoras?
Han conectado con la historia de sus madres, con las vivencias que pasan por el cuerpo y la sexualidad de las mujeres. También mucha sorpresa por saber lo que pasaba en España hace no mucho, que estuviera tan retrasado el derecho de las mujeres a su sexualidad, a su cuerpo, a sus derechos reproductivos. Con los años de franquismo, España tiró el reloj para atrás décadas. En la Segunda República se aprobó el divorcio, el aborto, había una ministra mujer; el ataque contra lo que significaba ser mujer republicana fue punto número uno del franquismo cuando ganó la guerra. Los fascismos siempre hacen eso: la mujer en casa.
En España cogieron las "tres Ks" de los nazis ("Kinder, Küche, Kirche") y dijeron: "Cocina, casa y calceta." Calceta es hacer punto. Por tanto, la mujer en función reproductiva, no más.
Y ahora vemos en redes sociales cómo se popularizan esas ideologías, pienso en las Tradwifes.
Pero es que son falsamente tradicionales porque son unas empresarias. Hacen ver que están en casa, pero te lo están diciendo a través de contenido pagado por unos patrocinadores. Te están diciendo: ‘tú, enciérrate en casa a hacer pasteles, pero yo soy una empresaria que tengo a la nanny que está cuidando a los hijos, mientras estoy haciendo este vídeo’. Es todo una mentira.
El riesgo es dulcificar el rol reproductivo y doméstico de las mujeres que impone siempre el fascismo. Hay que verlo así, como una mentira, porque las primeras que lo están promocionando son empresarias y están promocionando algo que ellas no cumplen.
¿Tienes otro libro por publicar?
Sí, en marzo publicará consonni mi cuarta novela, Una mujer de tu edad. Me he fabricado la protagonista de Hollywood que no encuentro en las pantallas, que es una mujer alrededor de los 60 años que deja todo lo que ha acatado para hacer una vida completamente diferente. Abro la conversación en torno de la menopausia, del doble rasero del envejecimiento, que se tolera en los hombres, pero no en las mujeres. Es una novela con mucho sentido del humor porque quería que todas esas cuestiones no sonaran a queja, sino con mucho desparpajo.



