La muerte de Cees Nooteboom no clausura una de las obras más trascendentes de la literatura europea del último tramo del siglo veinte y los inicios del veintiuno: la desplaza. Como si incluso ahora, cuando la biografía parece fijarse en dos fechas y un guión que las separa, el autor neerlandés se negara a permanecer inmóvil. Hay autores que edifican una casa: Nooteboom prefirió el tránsito. Hizo del viaje no un tema sino una respiración, una forma de mirar que convirtió cada frontera en una interrogación y cada idioma en un espejo apenas confiable.
Fue, ante todo, un viajero impenitente. No el turista que colecciona selfies a mansalva ni el cronista que enumera estaciones ferroviarias sino el peregrino laico que entiende el desplazamiento como método de conocimiento. (Aquí cabe recordar una frase puntual de su colega igualmente inquieto Paul Theroux: el viajero no sabe adónde ir mientras que el turista ignora dónde ha estado.) En sus libros —pienso en su clásico El desvío a Santiago (1992), en Hotel Nómada (2002) y en tantas otras páginas donde Alemania, España o Japón se vuelven territorios mentales— el mapa nunca coincide del todo con el territorio. Viajar era para Nooteboom una manera de ensayar la identidad: ponerla a prueba frente a la intemperie del paisaje y el murmullo de otras lenguas. Quizá por eso su literatura rehúye las aduanas genéricas con la misma elegancia con que el viajero experimentado evita las rutas previsibles.
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Nooteboom comenzó como poeta y esa marca de origen no lo abandonó jamás. Incluso cuando narraba, incluso cuando parecía entregarse a la crónica y al ensayo, su prosa conservaba la concentración del verso, esa tensión que obliga a cada palabra a justificarse. En novelas como Rituales (1987) y La historia siguiente (1991) la ficción se pliega sobre sí misma y se pregunta por el tiempo, la memoria, la muerte. No hay en ellas una voluntad de argumento que avance como locomotora: más bien hay una conciencia que deambula, que regresa sobre sus pasos, que sospecha del relato lineal. El viaje surge otra vez como estructura secreta.
Desplazarse entre géneros fue para Nooteboom un acto natural: para él, como para su alma gemela W. G. Sebald (1944-2001), la crónica, la novela y la poesía no son compartimentos estancos sino habitaciones comunicadas por pasillos invisibles. En sus libros de viaje, la descripción de una catedral románica o de una llanura castellana puede devenir meditación metafísica; en sus poemas, un aeropuerto o un hotel anónimo se cargan de una gravedad simbólica que desmiente cualquier banalidad. Esa hibridez no responde a una estrategia posmoderna, tan proclive a la etiqueta, sino a una fidelidad íntima: la realidad no se deja atrapar por un solo molde.
En un mundo que ha hecho del desplazamiento una mercancía, Nooteboom insistió en la lentitud. Sus viajes eran un modo de atención. Observar una pintura flamenca, recorrer una isla griega, escuchar el silencio de los cementerios como hizo en Tumbas de poetas y pensadores (2007), el formidable volumen acompañado por fotografías de su incansable compañera Simone Sassen: cada experiencia se transfiguraba en un ejercicio de concentración. Tal vez por eso su escritura posee esa cualidad meditativa que recuerda a ciertos místicos sin dios, a esos contemplativos que buscan en la materia un resplandor secreto. El viajero impenitente era también un lector del orbe, alguien que descifraba en las piedras y en los rostros las huellas de una historia mayor.
La muerte aparece en Nooteboom no como un final abrupto sino como un umbral. Sus personajes suelen moverse en la zona intermedia donde el pasado irrumpe con la fuerza de lo irrevocable y el presente se revela frágil, casi ilusorio. Viajar, entonces, es también una manera de ensayar la desaparición: dejar atrás una una lengua, una ciudad, un amor, a sabiendas de que cada partida contiene una pequeña muerte. Quizá por eso su literatura nos enseña a despedirnos.
Nooteboom fue un escritor europeo en el sentido más exigente del término: alguien que entendió el continente como una conversación incesante entre ruinas y porvenires. Pero fue, por encima de todo, un autor en movimiento. Su obra híbrida, a medio camino entre la ficción y el ensayo, la crónica de viaje y la poesía, nos recuerda que el arte literario no es un territorio fijo sino una travesía. Ahora que su cuerpo ha quedado en reposo sus libros continúan viajando. Y en cada lector que los abre el mundo vuelve a ponerse en marcha.
Tuve la fortuna de conocer a Cees Nooteboom durante el Hay Festival Querétaro 2016. En aquella ocasión le comenté dos cosas fundamentales para mí. Primero, que un ensayo suyo publicado en el suplemento cultural Babelia del diario El País y titulado simplemente “Fotos” había echado a andar mi proyecto De ajenas vidas, que consiste en breves relatos ideados a partir de fotografías y postales antiguas coleccionadas a lo largo de mis periplos por diversos países. Y segundo, que uno de mis libros de cabecera es El enigma de la luz. Un viaje en el arte (2007), mismo que él me autografió con una sonrisa generosa que desplegó con gran facilidad, dando la impresión de que siempre la tenía a flor de labios. Ahora que se ha ido, me quedo con esa sonrisa cargada también de enorme sabiduría que en adelante será parte de mi propio equipaje de peregrino.


