La ventana estaba triste, el espejo estaba triste, el paisaje estaba triste, hasta mi cepillo de dientes estaba triste. Lo supe desde el primer instante en que abrí los ojos y sentí que el día pesaba más de la cuenta. La luz entraba tímida, sin ganas, como si también ella dudara de atravesar el vidrio. Afuera, los árboles parecían haberse puesto de acuerdo para no moverse, y el cielo, pálido, era una sábana sin historias.
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