¿Después de Venezuela, Cuba es la próxima?

Por Lety Bonnin.- Ahora que Venezuela empieza a transitar un camino de cambio tras la salida de Nicolás Maduro, una pregunta se repite con fuerza en conversaciones, redes sociales y titulares: ¿Cuba será la próxima? ¿Estamos ante una secuencia inevitable donde una dictadura cae y la otra la sigue? La emoción es comprensible. Durante años, muchos vieron ambos regímenes como aliados inseparables, casi reflejos el uno del otro. Pero esa comparación, aunque tentadora, simplifica una realidad mucho más compleja.

Cuba no es Venezuela, aunque ambas sean dictaduras. En el caso cubano no existe una sola figura cuya salida provoque el derrumbe inmediato del sistema. Aunque Miguel Díaz-Canel ocupa formalmente la presidencia, el poder real nunca ha estado completamente en sus manos. Durante décadas ha operado desde la sombra, bajo la influencia directa de Raúl Castro y de una cúpula que aprendió a gobernar sin exponerse, sin personalizar el mando y sin dejar grietas visibles.

En Venezuela, en cambio, el poder estuvo concentrado y personificado. Además, existieron figuras clave dentro del régimen, como Delcy Rodríguez, alrededor de las cuales, según múltiples versiones, se construyeron puentes y acuerdos que permitieron una transición menos violenta y sin un conflicto interno de gran escala. Cuba nunca ha mostrado esa lógica. Su estrategia histórica ha sido cerrar filas, resistir la presión externa y no negociar su salida.

No es casualidad que la dictadura cubana lleve casi setenta años en el poder. Se ha sostenido sobre una sola verdad oficial, impuesta de generación en generación, moldeando una sociedad donde la libertad no se enseñó como un derecho, sino como una amenaza. Millones de cubanos crecieron sin referencias reales de lo que significa vivir sin miedo al Estado, sin saber que disentir no debería ser un acto de valentía, sino algo natural.

Es cierto que hoy existen grietas que antes no estaban. El acceso a internet, la información que se filtra y una apertura mínima, vigilada y controlada, han permitido que muchos cubanos vean otras realidades. Pero ver no siempre significa comprender ni poder ejercer. Conocer que la libertad existe no equivale a haberla vivido. Décadas de control, silencio y sobrevivencia han dejado una huella profunda que no desaparece de un día para otro.

Aun así, me niego a escribir desde la resignación. Ojalá esa pregunta, ¿Cuba será la próxima?, no sea solo una ilusión nacida del entusiasmo venezolano. Ojalá el 2026 marque el inicio de un aire distinto para la isla, aunque no sea inmediato ni perfecto. Ojalá, después de casi setenta años de una sola verdad impuesta, Cuba empiece al menos a descubrir que otra vida es posible. Porque más que un cambio político, lo que el pueblo cubano necesita es, por fin, aprender a vivir sin miedo.