Un nuevo pragmatismo está impregnando el debate sobre el clima en Occidente, impulsado por votantes cansados del aumento de las facturas energéticas, y molestos por una retórica climática cada vez más histérica y paternalista. Desde Washington hasta Westminster, pasando por Berlín y Canberra, la clase política se enfrenta a una simple verdad: las agresivas medidas para alcanzar el objetivo de cero emisiones netas están provocando costos económicos inmediatos a cambio de unos beneficios climáticos imposibles de medir y muy lejanos.
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