Oculto bajo un manuscrito medieval, resurge el catálogo estelar más antiguo del mundo: Hiparco y sus mapas del cielo vuelven a iluminar la historia de la ciencia.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
Creado: Actualizado:
Durante siglos, se creyó perdido. Era uno de esos tesoros de la Antigüedad que alimentan leyendas y frustran a los historiadores. Pero ahora, gracias a una combinación extraordinaria de tecnología punta y perseverancia científica, el primer catálogo estelar conocido de la historia ha salido a la luz. No estaba oculto en una urna enterrada ni en una biblioteca secreta: yacía, literalmente, bajo las palabras de un manuscrito medieval. Y su autor no es otro que Hiparco de Nicea, el astrónomo griego considerado el padre de la astronomía científica.
Un códice medieval y la pista que lo cambió todo
El redescubrimiento comenzó en un lugar inesperado: el monasterio de Santa Catalina, enclavado en el desierto del Sinaí. Allí, entre decenas de manuscritos antiguos, reposaba el Codex Climaci Rescriptus, un palimpsesto. Es decir, un manuscrito cuya escritura original fue borrada y sustituida siglos después para reutilizar el pergamino, en este caso con textos cristianos en siríaco. Este acto de reciclaje, tan habitual en la Edad Media por el alto coste del pergamino, fue paradójicamente lo que permitió conservar una joya científica de más de 2.000 años.
Lo que parecía simplemente un documento religioso resultó ser una cápsula del tiempo. Bajo la tinta monacal, invisibles al ojo humano, dormían coordenadas estelares, referencias a constelaciones y fragmentos de un poema astronómico griego. Era necesario un milagro científico para hacerlas hablar de nuevo.
La ciencia moderna frente a los secretos del pasado
El "milagro" se produjo en California, en el SLAC National Accelerator Laboratory, donde un equipo multidisciplinar utilizó un acelerador de partículas para escanear el manuscrito con rayos X. Este proceso, conocido como fluorescencia de rayos X, permite detectar residuos metálicos en la tinta original, invisibles incluso para las técnicas ópticas más avanzadas.
La clave estaba en que las tintas antiguas y medievales estaban compuestas por elementos químicos diferentes. Gracias a ello, los investigadores pudieron identificar y reconstruir los trazos originales con una precisión sorprendente. El resultado fue deslumbrante: fragmentos del catálogo estelar de Hiparco, copiados probablemente en el siglo VI de nuestra era, resurgían después de haber sido borrados durante más de mil años.

Hiparco y el nacimiento de la ciencia astronómica
Hiparco vivió en el siglo II a.C. y es considerado uno de los grandes pioneros de la observación científica del cielo. A diferencia de sus predecesores, no se limitó a elaborar mitos o especulaciones filosóficas sobre el firmamento. Midió, calculó y registró. Utilizando únicamente la observación a simple vista, estimó con asombrosa precisión la posición de más de un centenar de estrellas, clasificándolas en constelaciones y asignándoles coordenadas en un sistema celeste propio.
Se le atribuyen avances fundamentales en trigonometría, el descubrimiento de la precesión de los equinoccios y la creación de instrumentos de medición astronómica. Pero, durante siglos, su legado más ambicioso —el catálogo estelar— se consideraba perdido. Solo fragmentos indirectos, conservados en obras posteriores como el Almagesto de Claudio Ptolomeo o poemas latinos basados en autores griegos, habían sobrevivido.
La aparición de este palimpsesto no solo confirma que el catálogo existió tal como se sospechaba, sino que revela detalles inéditos: nombres de constelaciones, descripciones del movimiento de los astros, e incluso bocetos de mapas estelares. La exactitud de las coordenadas halladas es tal que deja asombrados incluso a los científicos modernos. ¿Cómo pudo Hiparco, sin telescopios, acercarse tanto a la realidad del firmamento?

El códice recuperado no es solo una reliquia astronómica. Es también un testimonio conmovedor del tránsito entre civilizaciones. En sus páginas conviven el pensamiento científico del mundo helenístico con la espiritualidad ascética de los monjes medievales. Es probable que el escriba que copió el poema astronómico de Arato en el siglo VI no entendiera del todo su significado. Y que quien lo borró tres siglos después para escribir textos cristianos tampoco imaginara el valor de lo que se perdía.
Y, sin embargo, no todo se perdió. La tinta original, absorbida por el pergamino de piel animal, dejó un rastro químico. Esa huella, inerte durante siglos, ha sido resucitada por una tecnología que combina física de partículas, historia antigua e inteligencia artificial. Es un ejemplo de cómo el saber moderno puede servir no solo para avanzar, sino también para recuperar lo olvidado.
Reescribiendo la historia de la astronomía
El hallazgo del catálogo de Hiparco no es una simple anécdota arqueológica. Tiene implicaciones profundas para la historia del conocimiento. Confirma que los antiguos griegos, más de dos mil años atrás, no solo miraban al cielo con asombro, sino con método. Que desarrollaron una ciencia basada en la observación precisa, capaz de sobrevivir a siglos de abandono, borrado y olvido.

Además, el descubrimiento reaviva un antiguo debate: ¿hasta qué punto los astrónomos posteriores, como Claudio Ptolomeo, se basaron en observaciones propias o en los datos de Hiparco? Algunos fragmentos apuntan a que mucho del saber atribuido a Ptolomeo podría ser, en realidad, una reelaboración del trabajo de su ilustre predecesor. Lejos de restar mérito, esto demuestra cómo la ciencia se construye por capas, como los mismos manuscritos que ahora se investigan.
Pero quizás lo más impactante es la lección de humildad que encierra este descubrimiento: aún quedan páginas por leer en la historia humana. Y muchas de ellas pueden estar ocultas, esperando a ser recuperadas en monasterios polvorientos, bajo palabras borradas, o en fragmentos que nunca sospechamos que fueran importantes.

