La charla con Natalio Botana empieza por la actualidad. Bastó la primera pregunta para que el eminente politólogo trazara una línea que lleva del pasado al presente, con las distancias del caso, y dejara en claro su perspectiva.
-¿Gravita hoy la violencia de los años 70 en la vida política del país?
-No en el plano de la violencia física efectiva, pero sí en el plano verbal. La idea de democracia republicana, que he abrazado desde mi juventud, supone formas y sobre todo una apertura generosa y amplia hacia la deliberación racional. Y lo que vemos en el país es una irrupción de lo irracional, de lo instintivo, de lo primitivo en el plano verbal. Y esto ocurre en un contexto internacional en que también predomina la violencia verbal proveniente de un país que fue el eje de la reconstrucción democrática del mundo, como los Estados Unidos. Es doblemente preocupante.
Al echar una mirada retrospectiva al golpe de 1976 y al gobierno militar que lo siguió, Botana, profesor emérito de la Universidad Torcuato Di Tella, señalará lo que a su criterio fue un error grave de Perón y lamentará la falta de una transición que, tras la caída de la dictadura, permitiera dar mejor basamento a la democracia. Pero sobre todo enfatizará las consecuencias fatídicas a las que se ve arrojada una sociedad cuando desde el poder se señala el mal absoluto y se lo combate en nombre del bien.
Perón podría haber apostado por un vicepresidente moderado. Una fórmula de conciliación entre peronismo y oposición hubiera dado una salida institucional a la crisis que se venía
-¿Qué factores se conjugaron para incubar el golpe?
-Hay causas lejanas y causas inmediatas. Entre las primeras, la gran crisis de legitimidad entre 1930 y 1983. Son 50 años de declinación política del país, con cinco golpes de Estado. En esa etapa se percibe que al poder se llega a través de golpes de fusil. Luego se combinan factores más inmediatos. Por un lado, el factor de la violencia, que irrumpe en América Latina con la revolución cubana. A la violencia redentora de los revolucionarios se le opone entonces la violencia reaccionaria de quienes creen que a la primera no se la detiene a través de la ley, sino a través de una violencia superior y más eficaz. En el contexto regional predominaban las políticas de seguridad de Estados Unidos. Y tenemos el interregno de Cámpora, que significa la articulación de un poder formal con las organizaciones de la violencia, como ERP y Montoneros. Y luego, con el ascenso de Perón al poder, viene el problema más serio.
-Ahí se enfrentan los dos extremos del peronismo que Perón había alimentado desde el exilio.
-Perón, que conocía a Maquiavelo, utilizó a las organizaciones terroristas revolucionarias, como Montoneros, y después les va a cortar la cabeza. Pero el punto decisivo desde mi enfoque teórico es que Perón liquida su propia sucesión.
-Por elegir a Isabel para la fórmula.
-Claro. Perón vuelve al país transformado, como él decía, en un león herbívoro. Podría haber apostado por un vicepresidente moderado, como Solano Lima. O Balbín, con quien tuvo una política de mano tendida. Una fórmula de conciliación entre peronismo y oposición hubiera dado una salida institucional a la crisis que se venía. Pero la fórmula fue Perón-Perón y eso implicó la entrada de López Rega. Se crea un clima de ingobernabilidad y tras la muerte de Perón llegan los dos últimos años de Isabelita, estremecedores. Perón no dio una garantía de sucesión y ese fue el error mayúsculo entre los muchos que cometió en su vida: dejar a esta señora, que no tenía mayor idea de gobernar, en manos de las facciones peronistas y de López Rega, que con la Triple A fue formulando las líneas del terrorismo de Estado. La posibilidad de un golpe se aceleró vertiginosamente.
-La sociedad de alguna manera lo estaba esperando.
-La violencia creciente generó una sensación de miedo muy difundida. Los magnicidios, Aramburu, Vandor, Mor Roig, Rucci, crearon una corriente de miedo muy aguda. Y la sociedad, como dijimos, estaba acostumbrada a que las crisis de la democracia, que fueron sobre todo económicas, se solucionaran con un golpe militar.
-Ante la violencia, ¿hubo de parte de la sociedad una delegación de poder a los militares mayor que en otros golpes?
-Lo que hubo es una extracción de poder mucho más fuerte, porque el aparato represivo de esta experiencia fue gigantesco comparado con las anteriores. La creencia en la legalidad estaba profundamente afectada. No se creía que la acumulación de violencia, tan acelerada, pudiera resolverse a través de la legitimidad constitucional. Entonces hubo una suerte de consenso, que yo llamaría a asentimiento ante el cuadro de violencia, y una actitud de mirar al costado.
-¿Qué llevó a los militares a lanzar una represión tan feroz?
-Hay una causa de tipo efectivo, y es la división del país en zonas administradas por comandantes para reprimir a la guerrilla. Fue un golpe de Estado sin un liderazgo personal, montado sobre la estructura colectiva de las tres Fuerzas Armadas, que constituyeron la Junta que detentaba el Poder Ejecutivo. Ahora, debajo de eso el país estaba dividido en zonas donde imperaban mariscales de la represión que tenían en su mano la vida y muerte de la gente. Otro factor es la idea de lo binario, lo peor que puede existir en la política para quienes defendemos la democracia republicana. De un lado, el mundo “occidental y cristiano”; del otro, la revolución marxista, como decían los militares. Esa división suponía una definición amplia del enemigo. No lo era solo el que portaba armas, sino también aquel que le daba ideas. Por consiguiente, el arco de la represión se amplió de un modo tremendo.
Se buscó un estilo moderado de comunicación, sobre todo Videla, pero en el plan que habían pactado las Fuerzas Armadas en materia represiva no hubo fisuras
-Había que limpiar el país de la “guerrilla apátrida”, decían los militares. Una forma de deshumanizar.
-Sí, la búsqueda de una pureza absurda que había que alcanzar a través de cualquier medio. Es preocupante esa deshumanización. No es posible en una democracia plantear una diferencia política entre el bien y el mal. O plantear una política dirigida a los argentinos de bien. ¿Los que no lo son, son argentinos del mal?
-¿Fue un gobierno caótico el de la Junta?
-Había una gran diferencia de enfoques, sobre todo en lo económico. Pero el gran problema es que esas diferencias se planteaban sobre un consenso fundamental, el mantenimiento del aparato represivo. Se buscó un estilo moderado de comunicación, sobre todo Videla, pero en el plan que habían pactado las Fuerzas Armadas en materia represiva no hubo fisuras.
-Pasa Videla, pasa Viola, y llega Galtieri y el manotazo de ahogado de Malvinas.
-La salida de la guerra de Malvinas en medio del desprestigio del gobierno tiene que ver con la represión, ¿qué hacemos con los 11.000 y pico de víctimas que cargamos sobre nuestra conciencia? Entonces apelan a ese uso perverso del nacionalismo que se da en los regímenes autoritarios o totalitarios. Pero fue un error garrafal haber enfrentado al poder bélico del Reino Unido con un liderazgo tan agresivo como el de Margaret Thatcher. Y subestimaron la alianza histórica entre Estados Unidos e Inglaterra.
-Malvinas marcó el final de todos estos años oscuros.
-Sí, definitivamente. Y eso provocó que la Argentina no haya tenido una transición comparable a las transiciones exitosas que tuvieron lugar en Uruguay y en Chile. Malvinas provoca el derrumbe del régimen y en esos escombros el que prendió la antorcha fue Raúl Alfonsín.
-¿Los horrores del proceso cimentaron esta democracia?
-Está muy bien dicho. Es una paradoja de las consecuencias. Pero el precio que tuvo que pagar el país para instaurar la democracia después de estos 50 años de crisis de legitimidad fue muy alto. Y eso explica, en mi opinión, el carácter épico que en muchos aspectos tuvo la presidencia de Alfonsín, que logró la eliminación de cuajo de la tradición del golpe militar. Con el Juicio a las Juntas, la sociedad tomó conciencia de la barbarie que la había azotado. Y ese es un punto de partida decisivo.
-¿Qué lección podemos aprender de aquellos años?
–Sobre todo, a recuperar el sentido de la democracia, que significa apostar a favor del diálogo y aun del compromiso entre fuerzas adversarias. Estamos frente a un momento crucial de la democracia, tan crucial como cuando tuvo que reconstruirse después de la Segunda Guerra Mundial. Entonces había grandes liderazgos, como el de Churchill, Roosevelt o De Gaulle. Hoy no veo líderes así. De cualquier modo, debemos seguir apostando a favor de los liderazgos racionales y no de los intuitivos y apasionados.


