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SANA AL MUNDO
La salud de una sociedad no se mide únicamente por sus indicadores económicos o políticos. También se refleja en la calidad de sus referentes culturales, en los mensajes que consumen sus jóvenes y en los valores que se fortalecen —o se debilitan— a través del entretenimiento.
En la actualidad, vivimos una era de hiperconectividad donde la música y las plataformas digitales tienen una capacidad de influencia sin precedentes. Los contenidos que dominan las tendencias globales no solo entretienen; moldean conductas, normalizan actitudes y construyen aspiraciones colectivas. Por eso, el debate sobre los referentes culturales no es superficial ni generacional: es un tema de salud social.
La industria musical contemporánea opera bajo una lógica eminentemente comercial. La viralidad, las reproducciones y la interacción determinan qué se posiciona y qué se invisibiliza. Sin embargo, el mercado no evalúa el impacto ético de los mensajes que amplifica. El algoritmo no distingue entre contenido formativo y contenido perjudicial; simplemente impulsa aquello que genera mayor consumo.
Esta reflexión no busca censurar expresiones artísticas ni desconocer la libertad creativa que sustenta toda sociedad democrática. Tampoco pretende imponer gustos individuales. El punto central es otro: la responsabilidad compartida en la construcción del entorno cultural que rodea a nuestras nuevas generaciones.
Los jóvenes necesitan referentes que inspiren disciplina, respeto, superación personal y compromiso con el bien común. Necesitan modelos que demuestren que el éxito puede ir de la mano con la dignidad, que la creatividad no está reñida con la responsabilidad y que la libertad de expresión no excluye la conciencia social.
Como adultos —padres, educadores, comunicadores, líderes comunitarios y autoridades— no podemos delegar completamente en la industria del entretenimiento la formación cultural de nuestros hijos. Somos corresponsables de orientar, dialogar y proponer alternativas que eleven el nivel del contenido que consumimos y celebramos.
La transformación cultural no se logra mediante prohibiciones, sino mediante propuestas. Si el mercado responde a la demanda, entonces también tenemos poder como consumidores y formadores de opinión. Apoyar iniciativas artísticas que promuevan valores positivos es una forma concreta de incidir en la dirección que toma nuestra cultura.
Hablar de valores éticos y morales no es una postura anclada en el pasado; es una apuesta por el futuro. La cultura que sembramos hoy será la sociedad que cosecharemos mañana. Y si aspiramos a una sociedad más sana, más respetuosa y más consciente, debemos empezar por revisar qué estamos normalizando y qué estamos promoviendo desde nuestros espacios cotidianos.
La salud social comienza también en la cultura.
Por Amerfi Cáceres
