
En la gramática de la fe, pocos nombres cargan con tanto peso y, a la vez, con tanta contradicción como el de Judas. Etimológicamente, la palabra proviene del hebreo Yehudah, que significa «alabanzas sean dadas a Dios«. Es una ironía histórica que un nombre diseñado para la gloria haya terminado siendo, para muchos, sinónimo de la más oscura de las traiciones.
Sin embargo, en la mesa de la Última Cena, el nombre se repetía. Había dos hombres llamados Judas, y en el contraste de sus vidas encontramos un espejo fascinante de nuestra propia humanidad.
Por un lado, tenemos a Judas Tadeo, a quien la tradición apoda «el hermano del Señor». Representa la fidelidad silenciosa, esa que no busca el protagonismo pero que se queda cuando las luces se apagan. Es el apóstol que, en un mundo sediento de respuestas, pregunta con humildad: «Señor, ¿cómo es que te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?». Su figura ha sobrevivido a los siglos como el «patrón de las causas imposibles», no porque haga magia, sino porque simboliza la resistencia de quien no se rinde ante la adversidad.
Por el otro, está Judas Iscariote. No era un extraño; era el tesorero, el hombre de confianza, aquel que compartía el pan mojado en el mismo plato que el Maestro. Su caída no fue un tropiezo repentino, sino el resultado de una esperanza que se torció. El Iscariote representa la impaciencia: quería un reino político, un cambio inmediato, una gloria tangible. Al ver que el camino de Jesús era el de la cruz y no el del trono, su desilusión se convirtió en moneda de cambio.
Si miramos nuestra sociedad hoy, ambos Judas siguen caminando entre nosotros.
El Iscariote habita en nuestra cultura de lo inmediato: Es esa parte de nosotros que traiciona sus valores por un beneficio rápido, que abandona los proyectos cuando dejan de ser rentables o que se desespera cuando la vida no sigue nuestro guion. Representa también el peligro más moderno: el de perder la esperanza. El gran error de Judas Iscariote no fue el beso en el huerto, sino creer que su culpa era más grande que la misericordia.
Tadeo, en cambio, es la voz de la resiliencia en un mundo roto: Representa a quienes hoy sostienen hospitales, cuidan a los olvidados o mantienen la fe en medio de crisis globales. Es la humanidad que insiste, que cree que incluso en lo «imposible» hay una grieta por donde entra la luz.
Esta Semana Santa nos invita a dejar de señalar al traidor de la historia para empezar a observar nuestras propias incoherencias. Todos llevamos un poco de ambos: tenemos momentos de Tadeo, donde nuestra lealtad es inquebrantable, y momentos de Iscariote, donde el miedo o la ambición nos hacen mirar hacia otro lado.
Al final, la diferencia entre uno y otro no radicó solo en sus actos, sino en su capacidad de mirar a los ojos al Maestro después del fallo. Mientras uno se encerró en su propia oscuridad, el otro se mantuvo firme en la comunidad de los apóstoles.
En estos días de silencio y reflexión, quizás la pregunta no sea quién fue el traidor, sino: ¿A cuál de los dos Judas le estoy prestando mi corazón hoy?
Por Félix Nova Hiciano
La entrada Judas: El nombre que los une, la fe que los separa se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).


