Europa es un sitio decadente, cargado de burocracia, impuestos, que frena la innovación y el crecimiento, una entidad política patética, inmovilizada, un chiste al lado de Estados Unidos y China. ¿Has visto el equivalente de Albacete en China? Parece Nueva York. ¿Has visto los impuestos que se pagan en Dakota del Sur? No podemos competir así. ¿He dicho ya "simplificación"? Bruselas es igual a Pyongyang.
Europa es incomparable, estamos en nuestro mejor momento, "we’re so fucking back", que dicen ahora los jóvenes. El club crece, Reino Unido vuelve a acercarse a nosotros, Islandia plantea un referéndum para volver a iniciar negociaciones, ¿quién dijo que Europa ya no es atractiva? Volamos bajo el radar, nuestra economía va mejor de lo que se dice. EEUU te gusta hasta que tienes que ir al médico. ¿Cómo dices que tenemos un problema con la innovación? Pero si tenemos a ASML haciendo las máquinas de semiconductores más avanzadas del mundo.
Estas dos imágenes, caricaturizadas, muestran dos polos muy presentes en el debate público europeo, especialmente entre los grandes generadores de opinión y las personas influyentes alrededor de las instituciones europeas. Y están cada vez más opuestos. No son posturas fácilmente ubicables en el arco político tradicional: atraviesan todo el espectro, de izquierda a derecha. Esta brecha no es nueva. Se abrió especialmente durante la crisis del euro, que provocó una fractura norte-sur, y se ensanchó durante la crisis migratoria de 2015 y 2016, que generó una fractura fundamentalmente este-oeste.
Tampoco se trata de la clásica división entre euroescépticos y proeuropeos. Tampoco es una división dentro del mundo europeísta entre los federalistas y los intergubernamentales. Se trata de otro tipo de división, especialmente visible a nivel académico y mediático, dentro del mundo proeuropeo; es una división anímica: entre ‘europesimitas’ y ‘europtimistas’. La mayoría de ellos son creyentes firmes en la idea de una Europa unida, pero chocan de manera creciente respecto a la trayectoria actual.
Una visión divergenteLos ‘europesimistas’ han tenido la voz cantante durante buena parte de la última década, en gran medida porque las crisis han servido para apuntalar sus argumentos, especialmente la del euro y la migratoria. En ocasiones, su pesimismo ha sido estático: algunas de estas voces llevan predicando el colapso de la Unión Europea actual desde hace más de una década. Su pesimismo no consiste en que la receta actual de Europa sea errónea, sino en la desconfianza de que la UE, tal como está diseñada y funciona hoy, pueda modificar su tendencia. Los sectores más radicales condenan a Europa a la irreformabilidad y desde su europeísmo defienden un cambio radical.
Hay razones para su posición. La economía europea ha perdido dinamismo, las reformas del mercado interior son discretas y poco ambiciosas, se encuentra desenganchada de la gran carrera tecnológica actual, está perdiendo la relación privilegiada con Estados Unidos, está a merced de China en muchas cuestiones comerciales. Además, su estructura institucional hace que los cambios sean lentos y limitados en un momento en el que la decisión y la velocidad son fundamentales.

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Los 'eurooptimistas' confían en que la dirección de navegación es adecuada, que la Unión tiene dentro el potencial para salir adelante, y, aunque ven muchas cuestiones a mejorar, creen que si la UE es inteligente puede lograr que los vientos soplen a su favor. Hay razones para su posición. Sí, Europa ha atravesado numerosas crisis en los últimos años, algunas de ellas muy graves, y de todas ha salido viva. El día del juicio no ha llegado para la UE, e incluso hay países como Islandia que ahora se plantean ingresar en el club, mientras que el único que ha salido de él, el Reino Unido, busca la manera de volver a acercarse al bloque.
El impulso más novedoso de los 'europtimistas' es que la actitud cada vez más hostil de Estados Unidos da un nuevo sentido a la integración europea: en ese contexto la UE es pura lógica, el único instrumento racional que permite a los europeos retener su independencia y autonomía.
En ambos bloques hay grados. En el negativo, los 'europesimistas' moderados, como por ejemplo el antiguo eurodiputado Luis Garicano, siguen lanzando recetas, planteando alternativas, confiando en que se puede corregir el rumbo. Mientras, los euroderrotistas, entre ellos analistas como Wolfgang Münchau, predican un derrumbe sin remedio. Es cierto que la extrema derecha y los ultraconservadores utilizan argumentos pesimistas respecto a Europa dentro de un discurso nostálgico sobre el pasado, pero a diferencia de los 'europesimistas' estos no buscan ni desean una reacción de la Unión Europea que revierta la tendencia, sino que consideran que el Estado nación es el marco para gestionar ese declive.

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En el lado contrario, los 'europtimistas' subrayan las fortalezas de Europa, pero plantean una agenda política proactiva para convertir esos puntos fuertes en ventaja. En este sector se encuentran personajes como, por ejemplo, Enrico Letta, el ex primer ministro italiano que elaboró un informe sobre la competitividad europea y que predica sus recetas por media Europa, o la ex ministra española de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya, actual decana de la Science Po de París. Más allá se encuentran quienes Josep Borrell, antiguo alto representante de la Unión para Política Exterior y exministro de Asuntos Exteriores, calificaba de "eurobeatos": creyentes inmóviles en Europa, reacios a cualquier tipo de crítica a la UE, que consideran el primer paso hacia el euroescepticismo.
Polarización anímica 'pop'Pero esta polarización está lejos de quedarse en los cenáculos comunitarios de la siempre lluviosa y legendariamente gris Bruselas y del resto de capitales europeos. La atomización anímica también está llegando a los ciudadanos de a pie, que siguen los acontecimientos globales desde una perspectiva mayoritariamente europea. Las crisis con Estados Unidos, la guerra de Ucrania o de Irán, activan siempre una dimensión europea al debate, incluso cuando se entra en esas discusiones, solamente buscan réditos electorales nacionales.
Esta polarización anímica es también ‘pop’, llega a través de las redes sociales, con todo un entramado de movilización y noticias falsas online. Y ocurre en ambos campos. Cuentas federalistas del antiguo Twitter se dedican a mover titulares falsos en los que sacan de contexto palabras de líderes europeos o magnifican el alcance de las propuestas legislativas de la Comisión Europea. Por ejemplo, a raíz del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y de una sensación de ruptura de los lazos transatlánticos, las redes sociales se inundaron de contenido que, parte de sus propios creadores, han identificado como "europropaganda". Un estudio apuntó que, tras la inauguración del presidente estadounidense, TikTok se llenó de imágenes generadas con inteligencia artificial de marchas militares proeuropeas.

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En el lado contrario, se simplifican y magnifican los discursos euroderrotistas que se diferencian de otros discursos críticos con Europa, como ocurre por ejemplo con la diseminación de contenido de odio contra la inmigración, en que habitualmente está más enfocada en cuestiones económicas y financieras. Eso lo hace aparentemente más serio y le aleja de la novedad que ha introducido la ‘europropaganda’, con un elemento abiertamente irónico y directo. Esta propaganda pesimista se centra en gráficos, muchas veces sacados de contexto, hechos expresamente con el objetivo de resaltar el declive económico europeo, con una apariencia de seriedad e imparcialidad que, en todo caso, está lejos de ser real. Su fortaleza radica en que muchos ciudadanos, de hecho, ven que su situación económica ha empeorado en los últimos años.
La batalla de las ideasDe vuelta en el mundo académico, mediático y político, la polarización anímica es producto del agotamiento del combustible político sobre el que ha funcionado la Unión. Desde hace cerca de 15 años, los éxitos visibles de Europa han dejado de ser tan evidentes. El euro, Erasmus, la eliminación del roaming, el crecimiento económico, la eliminación de fronteras, muchos de los hitos vinculados al éxito de Europa se conjugan ya en pasado y como dados por hecho, especialmente en Europa occidental, mientras que en la oriental se sigue viviendo el proceso de convergencia económica. En los círculos europeos se habla incluso de euroesclerosis, un término que ya se usó en el pasado, cuando en los años setenta y ochenta el club comunitario vivía precisamente un episodio de parálisis económica e institucional que recuerda al momento actual.
Tanto los euroderrotistas como los eurobeatos, por motivos diferentes, predican el inmovilismo. Para unos no hay remedio, para otros no hay debate. Justo en el centro se está produciendo la verdadera batalla de las ideas por el futuro de Europa. La diferencia fundamental está en la confianza que tiene cada lado de la brecha en que las actuales instituciones son capaces de producir el cambio necesario. Cada propuesta legislativa de la Comisión Europea y cada debate clave a nivel de líderes europeos se convierten, entonces, en una batalla por ver hasta qué punto la realidad se decanta por un lado o por el otro.
La reciente propuesta por parte del Ejecutivo comunitario para la puesta en marcha de un ‘régimen 28’ para facilitar la creación de empresas y su extensión en Europa es un buen ejemplo, con encendidas discusiones en los círculos europeos respecto a si se trata de una oportunidad perdida o de un ejercicio de realismo teniendo en cuenta las dudas de muchos Estados miembros. Entre ambos campos hay personajes ‘bisagra’, con un pie a cada lado, como por ejemplo es Mario Draghi, antiguo presidente del Banco Central Europeo (BCE), ex primer ministro italiano y autor de otro informe sobre la competitividad europea, que recientemente ha pedido avanzar hacia un "federalismo pragmático", o Luuk van Middelaar, director del Brussels Institute for Geopolitics (BIG): confían en las instituciones, pero piden un elemento de radicalidad para salir adelante.
Una brecha crecienteA medida que las crisis se van acumulando, esta polarización se va agrandando. Parte del ADN de los europtimistas es que las crisis forman parte del proceso natural del avance de la Unión Europea, la consagración del principio monnetiano de que Europa se forjará en las crisis. Los 'europesimistas', sin embargo, endurecen sus críticas con cada nueva crisis, porque no confían en la capacidad de reacción de las instituciones, de manera que cada emergencia es un riesgo existencial, no una oportunidad. Las crisis pueden hacer más fuerte a Europa hasta que un día no ocurre eso, y entonces se cumple la primera parte del dicho de "lo que no te mata te hace más fuerte".
La realidad es que los dos grupos buscan, de manera directa o indirecta, y de manera diferente, influir sobre los grandes actores de las instituciones europeas. Lo paradójico de la situación es que, con una visión absolutamente dispar respecto a la situación, ambos lados buscan en realidad un objetivo bastante similar: que la UE tome medidas ambiciosas, bien para evitar el declive aunque sea parcialmente, bien para aprovechar oportunidades que de lo contrario se perderán. Aquí es donde los personajes ‘bisagra’ buscan influir en los principales sectores de Bruselas: combinan la visión ‘europtimista’ de la confianza en que las actuales instituciones y el marco presente pueden ofrecer el cambio necesario, con el inconformismo crítico de los ‘europesimistas’ para forzar a que se tomen medidas más asertivas.
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