El referéndum italiano sobre el sistema judicial no iba de esto. O, por lo visto, no solo de esto. Pero acabó siéndolo. La cómoda victoria este lunes del 'no' a la que era la medida estrella del Gobierno de Giorgia Meloni se ha convertido en su primer gran tropiezo político y marca una primera mella en su dorada aura de perfecta y popular líder. Una muesca a poco más de un año de las elecciones generales italianas del próximo 2027.
Pero quizá para entender por qué un referéndum sobre algo que no tenía en principio nada que ver se está leyendo en Roma como un plebiscito sobre la propia Meloni. En Italia ha sucedido antes: consultas diseñadas para resolver cuestiones institucionales (en este caso, una compleja y confusa reforma del estamento de jueces y fiscales) acaban funcionando como válvulas de escape del malestar político. Sucedió con Matteo Renzi en el referéndum constitucional de 2016, y antes con Silvio Berlusconi, en 2006. En este caso, Meloni no ha vinculado formalmente su liderazgo al resultado. Sin embargo, el electorado sí lo ha hecho.
El 'no', con más movilización política que debate jurídico, se ha hecho con el 54% de los votos, frente al 46% que ha cosechado el sí. El resultado no invierte los actuales equilibrios parlamentarios que sostienen su gobierno, pero sí altera el clima político italiano. Más aún, cuando la participación ha sido altísima, del 59%, cuando anteriores referéndums italianos cosechaban cifras de entre el 20 y 30%.
La consecuencia más inmediata es simbólica: la narrativa de invulnerabilidad de Meloni se ha roto. Hasta ahora, la premier italiana había logrado proyectar una imagen de control, tanto en el plano interno como en el europeo. Este referéndum introduce un matiz nuevo, la posibilidad de que esa estabilidad sea más frágil de lo que parecía. La victoria del "no" es, de hecho, su primera gran derrota.
La lógica de la desconfianzaEn cualquier caso, era un gambito complicado para Meloni. La nueva ley, aprobada por el Parlamento (que controla su mayoría conservadora) pero que, al tratarse de una reforma constitucional sin alcanzar al menos dos tercios de la Cámara, requería consulta popular, separa las carreras de jueces y fiscales, actualmente englobadas en Italia bajo la denominación de 'magistrados'. Un 'magistrado' de la rama fiscalía podría pasar a ser juez en determinadas circunstancias, algo prácticamente insólito a nivel europeo. Además, pretendía dividir en dos el Consejo Superior de la Magistratura, el órgano de autogobierno del poder judicial, y que los fiscales pasen a estar más controlados por el Ministerio de Justicia.
Los partidarios de la reforma argumentan que el cambio rompería la influencia de las facciones internas dentro del poder judicial y reduciría la politización. Los críticos afirman que existe el riesgo de socavar la meritocracia y la representación, permitiendo potencialmente que candidatos poco cualificados y con afinidades políticas supervisen decisiones clave sobre nombramientos y medidas disciplinarias.
Pero eso ha dado igual. Todas las grandes reformas constitucionales sometidas a referéndum en Italia en las últimas décadas han sido rechazadas. No es solo una cuestión de contenido, sino de percepción. Existe una desconfianza estructural hacia los cambios impulsados desde el poder. "Como decía Aristóteles, si una Constitución puede mejorarse, también puede empeorarse. Ante esa incertidumbre, el electorado italiano tiende a optar por la conservación", lo explica Michele Ainis, constitucionalista italiano y profesor emérito en la Universidad Roma Tre.
Pero esa maldición de las consultas italianas no le quita carga política a este plebiscito. Según Ainis, no hay excepciones: todas estas consultas acaban absorbiendo el clima del momento. Recuerda el caso de 1991, cuando un referéndum sobre un aspecto aparentemente menor de la ley electoral terminó canalizando el descontento hacia los partidos tradicionales y anticipando el colapso de todo un sistema político. "Cuando existe una fractura latente, el referéndum actúa como catalizador", sostiene a El Confidencial.
Una mayoría más débilEl impacto del resultado no se traduce, al menos de momento, en una crisis de gobierno. Giorgia Meloni ha reaccionado con cautela, reconociendo el mensaje de las urnas y apelando a la necesidad de escuchar sin cuestionar la continuidad del Ejecutivo. "Los italianos han decidido y respetamos esta decisión", dijo Meloni en un mensaje publicado en redes sociales. "Evidentemente, lamentamos esta oportunidad perdida de modernizar Italia, pero esto no cambia nuestro compromiso de seguir trabajando con seriedad y determinación por el bien de la nación", añadió, dejando claro que no tiene intención de dimitir.
Pero el equilibrio político ha cambiado. La coalición de gobierno mantiene una mayoría en el Parlamento, pero el referéndum ha mostrado que esa mayoría no se reproduce automáticamente en el país. Así, el vínculo entre Meloni, que parecía la líder de ultraderecha perfecta, y su base electoral sale tocado. "Si no se ha roto, se ha lesionado", analiza Ainis. "En Italia, donde la estabilidad política suele depender de equilibrios delicados, ese tipo de erosión puede convertirse con el tiempo en un problema estructural", añade.
En esa línea se manifestó Matteo Renzi, primer ministro que dimitió en 2016 tras perder su referéndum de reforma constitucional: "Cuando un líder pierde su toque mágico, todos empiezan a dudar de él, y hay una cosa que absolutamente no puede hacer: no puede fingir que todo sigue igual".
La oposición ha interpretado el resultado como una victoria clara. El resultado podría reactivar al fragmentado centro izquierda, el Partido Democrático y el Movimiento 5 Estrellas, el impulso para forjar una amplia alianza con la que enfrentarse al bloque conservador en las elecciones generales de 2027. En las elecciones de 2022, la fragmentación del centro izquierda (bajo el liderazgo de Enrico Letta, que no quiso pactar con el Movimiento 5 Estrellas) facilitó la victoria de Meloni. Este lunes, Elly Schlein, del Partido Democrático, ha hablado de un aviso inequívoco al Gobierno, mientras Giuseppe Conte, del Movimiento 5 estrellas, ha insistido en la idea de una derrota política del Ejecutivo.
Más significativo aún es el movimiento dentro de la propia mayoría: sectores cercanos a Matteo Salvini han comenzado a enfatizar la necesidad de recentrar la agenda en cuestiones económicas, señalando implícitamente que el referéndum ha expuesto una desconexión con las preocupaciones cotidianas de los votantes.
El escenario ahora no es el de una dimisión de Meloni, sino el de quizá un desgaste. "Más que una caída abrupta, el riesgo es una pérdida gradual de autoridad que termine condicionando el final de la legislatura, que podría no agotarse en los plazos previstos", dice Ainis.
A todo ello se suma la dimensión internacional. Meloni había logrado consolidar una imagen de estabilidad en Europa, combinando discurso ideológico con pragmatismo político. Esta derrota no la derrumba, pero introduce dudas. "No ayuda a su imagen", advierte Ainis, "y puede verse amplificada por factores como su cercanía a Donald Trump, que en alguna medida podría haber influido en el clima político".
Al final, la victoria del "no" revela algo más profundo: Meloni sigue en pie. Pero el terreno bajo sus pies es ahora menos firme.
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