Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, la relación estratégica entre Arabia Saudí y Estados Unidos parecía estar en uno de sus momentos más idílicos. El príncipe heredero Mohamed bin Salman pudo apuntarse un tanto personal cuando, en su primer encuentro en Washington, logró sellar varios acuerdos multimillonarios con el republicano que iban desde inversiones cercanas al billón de dólares hasta la firma del "mayor contrato de defensa de la historia de Estados Unidos", según Trump —valorado en unos 142.000 millones—, además de la posible venta de sistemas avanzados como el F-35.
La sombra del asesinato del periodista Jamal Khashoggi, que persiguió durante años a Mohammed bin Salman, parecía haber quedado atrás. El propio Donald Trump llegó a restarle importancia en su momento, calificándolo como "cosas" que simplemente "pasan". Sin embargo, el pasado viernes, coincidiendo con el primer mes de la guerra en Irán, Trump tensó el tono al presumir públicamente de la supuesta dependencia saudí de Estados Unidos, en un momento en el que Riad se ha ido alineando progresivamente con la posición de Washington a medida que avanzaba el conflicto.
"Él [Mohamed bin Salman] no creía que iba a estar lamiéndome el culo, de verdad que no… y ahora tiene que ser amable conmigo… más le vale ser amable conmigo, tiene que serlo…" aseguró a los periodistas. "Él pensó que yo sería simplemente otro presidente estadounidense perdedor con un país yendo cuesta abajo... pero ahora tiene que ser amable conmigo", insistió.
Antes de que Estados Unidos e Israel lanzaran su Operación Furia Épica sobre Irán, la monarquía saudí insistía en que no deseaba una guerra en el país persa y advertía que no permitiría a Washington utilizar sus bases militares para atacar territorio iraní, según informó Reuters, citando a fuentes próximas al Gobierno. De puertas afuera, el reino wahabí mantenía una posición clara respecto a la guerra, con un claro rechazo a la vía militar y la apuesta por la diplomacia.
Pero eso era antes de que Estados Unidos iniciara su guerra e Irán, en represalia, decidiera escalarla atacando las bases militares de Washington en Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Omán. "Todos nos quedamos impactados, incluidos nosotros", aseguró el propio Trump en una rueda de prensa ante la respuesta iraní. Después vendrían los ataques a las instalaciones energéticas, incluyendo la refinería SAMREF del gigante petrolero Saudi Aramco en el puerto de Yanbu, en el mar Rojo.
Según fuentes citadas por Reuters, el ministro de Exteriores saudí, el príncipe Faisal bin Farhan, advirtió de que, si continuaban las represalias iraníes, el reino podría verse obligado a permitir el uso de sus bases por parte de Estados Unidos. Además, de acuerdo con las mismas fuentes, Riad respondería directamente si persistían los ataques contra sus instalaciones energéticas.
Desde entonces, la retórica saudí ha ido endureciéndose, al menos en los círculos más internos del reino. En público, Riad mantiene su defensa de una "resolución pacífica", aunque con matices cada vez más duros, ya que ahora acusa a Teherán de optar por un "peligroso juego al borde del abismo en lugar de soluciones diplomáticas serias".

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Coincidiendo con el ataque a la refinería, Faisal bin Farhan reconoció que "la poca confianza que había antes" con Teherán "se ha destruido por completo". En paralelo, y según fuentes citadas por The New York Times, el príncipe heredero Mohammed bin Salman habría pedido explícitamente a Estados Unidos que "acabara el trabajo" en Irán durante conversaciones directas con Trump.
El heredero saudí fue incluso más allá y, de acuerdo con esas mismas fuentes, consideró que el conflicto supone una "oportunidad histórica" para reconfigurar Oriente Medio. Con reconfigurar se refiere, más bien, a terminar con la rivalidad histórica entre Teherán y Riad en la lucha por ser la potencia dominante en la región y quitarse, de una vez, la piedra chií de su zapato.
La relación entre Arabia Saudí e Irán, marcada por décadas de rivalidad, ayuda a entender este giro. El ataque del año 2019 contra instalaciones petroleras saudíes, atribuido a Irán, que paralizó temporalmente la mitad de la producción del reino, llevó a Riad a reconsiderar su estrategia. En ese momento, durante el primer mandato de Trump, Estados Unidos ofreció a Riad únicamente un apoyo verbal, ignorando las represalias que MBS le solicitó a Washington.
A partir de entonces, el heredero saudí impulsó un acercamiento diplomático que culminó en la reanudación de relaciones en 2023, en parte al constatar que el paraguas de seguridad estadounidense ofrecía solo una protección muy limitada en caso de un nuevo ataque. Emiratos Árabes Unidos, por su parte, siguió un camino similar.
Desde Tel Aviv, Michael Milshtein, analista del Centro Moshe Dayan de Estudios de Oriente Medio y África, asegura que existe una brecha significativa entre el discurso público y la realidad sobre el terreno. "Hay una gran diferencia entre los informes, los anuncios y las declaraciones públicas y lo que está ocurriendo realmente", explica, subrayando que esa divergencia refleja "una especie de turbulencia" entre los Estados árabes.
"Durante el último mes han sufrido daños; ha habido víctimas en los Estados del Golfo y en Arabia Saudí, pero, más allá de amenazas y declaraciones, de cara al público, no han hecho nada", afirma.
Según su análisis, tanto Arabia Saudí como los Emiratos, así como Qatar, Kuwait y Bahréin, comparten el mismo objetivo: que la guerra termine cuanto antes. "Prefieren que el conflicto acabe rápido, incluso si eso significa que el régimen islámico sobreviva", señala. En su opinión, estos países apostarían por un Irán debilitado y contenido mediante algún tipo de acuerdo que limite sus capacidades militares.
Con la guerra en Irán, Riad puede pensar que es una forma forzada de debilitar al país en todos los ámbitos. Pero, a pesar de los constantes ataques aéreos y la muerte del ya exlíder supremo, el ayatolá Ali Jameneí, el régimen no está saliendo tan perjudicado como a lo mejor Trump podía pensar (si lo hizo) al inicio de la Operación Furia Épica.

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Sin embargo, los resultados sobre el terreno no han sido los esperados. A pesar de los intensos bombardeos y de la muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jameneí, el régimen ha demostrado una notable capacidad de resistencia. El relevo en el liderazgo ha sido inmediato y, incluso sin haber hecho ninguna aparición (algunas fuentes dudan e incluso de si puede estar muerto), el gobierno de los ayatolás ha proyectado una imagen de continuidad.
Lograr un cambio real sin una intervención terrestre se antoja complicado. Pero dar ese paso implicaría el riesgo de una guerra mucho más amplia y desestabilizadora para toda la región. Algunos analistas sopesan incluso la posibilidad de que Riad quiera dar un paso más allá de la guerra interviniendo directamente, a pesar de que no haya confirmaciones oficiales.
Mohammed Alhamed, analista político saudí, declaró a The Guardian que el reino podría intervenir si fracasaran los esfuerzos de paz liderados por Pakistán. "Lo que importa ahora es la decisión de Irán", señaló. "Si Irán se compromete de manera seria, todavía hay margen para contener la escalada. Pero si rechaza las condiciones y continúa sus ataques, se habrá superado el umbral para la acción saudí", sostuvo.
Añadió, además, que Arabia Saudí no está reaccionando de forma compulsiva, sino que más bien está "calibrando su respuesta y preparándose para un escenario donde, si se produce una escalada, será deliberada y decisiva". Sin embargo, subraya que Riad "no ha empujado a esta guerra", optando por intentar "no verse envuelta en ello, sin descartar ninguna opción".
Con el avance de la guerra, las petromonarquías del Golfo, presionadas por la escalada iraní, han ido acercando posiciones a Washington, facilitando en mayor medida sus operaciones. Aunque Estados Unidos evita confirmar públicamente esta colaboración, fuentes citadas por The New York Times señalan que altos funcionarios saudíes y estadounidenses temen que una guerra prolongada derive en ataques más intensos contra infraestructuras clave y en un conflicto sin salida clara para Washington.
En paralelo, The Washington Post ya apuntó en los primeros compases de la ofensiva que Arabia Saudí, junto a Israel, figuraba entre los principales impulsores de una acción militar contra Irán. Incluso antes del inicio del conflicto, el ministro de Defensa saudí, Jalid bin Salman, defendió en Washington la necesidad de adoptar una postura más dura frente al régimen iraní.
En este sentido, Milhstein sostiene que Riad está centrado en su propia defensa y que, en el fondo, "quiere que esta guerra termine lo antes posible". Señala que, según sus conversaciones con diversas fuentes en el Golfo —incluidos interlocutores saudíes—, una eventual decisión de líderes como Mohammed bin Salman o el presidente de Emiratos Árabes Unidos, Mohammed bin Zayed, de sumarse a ataques contra Irán no supondría un giro determinante en el conflicto. A su juicio, Estados Unidos e Israel seguirían liderando la ofensiva, y una participación limitada de países del Golfo, por ejemplo, mediante el envío de algunos aviones, tendría un impacto más simbólico que estratégico.
El analista apunta que solo en el caso de una operación de mayor envergadura —como un intento estadounidense de ocupar alguna isla en el Golfo— podría producirse algún tipo de apoyo saudí, aunque insiste en que tampoco alteraría sustancialmente el equilibrio sobre el terreno.
Mientras tanto, Trump continúa dando mensajes contradictorios entre la desescalada y la intensificación de la guerra. El republicano llegó a afirmar que existían "conversaciones productivas" con Irán para lograr "una resolución completa y total" del conflicto, algo que Teherán negó tajantemente. "No llames acuerdo a tu derrota", respondieron las autoridades iraníes.

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Analistas citados por The New York Times cercanos a la posición saudí subrayan que, aunque Mohammed bin Salman preferiría evitar una guerra abierta, teme que una retirada prematura de Estados Unidos deje a la región frente a un Irán cada vez más envalentonado. Desde esta perspectiva, que Estados Unidos termine realizando una ofensiva incompleta expondría al reino a la posibilidad de ser un blanco de ataques y permitiría a Teherán interrumpir periódicamente el tránsito por el estrecho de Ormuz.
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