Una reciente solicitada exigiendo el regreso al Museo Histórico Nacional del sable corvo del General José de San Martín, donado a fines del s. XIX por la familia Terrero descendiente de quien lo recibiera en guarda de Juan Manuel de Rosas, sacudió la memoria del Padre de la Patria. El Libertador lo había enviado al despótico “Restaurador de las Leyes” desde Francia en homenaje a su defensa contra el bloqueo anglo francés sobre la Confederación Argentina (1845/1850). Hoy se exhibe de nuevo en el museo del regimiento escolta presidencial abierto al público, donde había sido depositado por seguridad luego del doble robo de 1963 y 1965 por militantes de la resistencia peronista.
Entregado en 1967 al Regimiento de Granaderos a Caballo por el dictador Juan Carlos Onganía, en 2015 sobrevino su devolución al Museo Histórico Nacional por decisión de la expresidenta Cristina Kirchner. Ella prefería al “doctor” Manuel Belgrano soslayando su condición de “general”. Pero San Martín no era un militarote iletrado. Y Don Manuel, el creador de las dos banderas nacionales, dotado de una generosa austeridad que adornaba su personalidad, el mayor contraejemplo de nuestras corruptas castas de vidas fastuosas.
La decisión del presidente Javier Milei, en febrero del 2026, de devolverlo al glorioso Regimiento de Granaderos -aduciendo una “reparación histórica”, un capítulo de la batalla cultural- es al menos contradictoria. Ya que Bernardino Rivadavia, primer presidente argentino auténticamente “liberal” y el primero en recurrir a un préstamo externo, había recibido con desconfianza y frialdad el ofrecimiento de servicios militares de un americano recién llegado de Londres, cuando era miembro del Triunvirato que en 1812 regía a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Era el teniente coronel retirado del ejército español, con uso de uniforme y fuero castrense, y sin sueldo, Don José Francisco de San Martín. Quien contra viento y marea creó ese mismo año el Regimiento de Granaderos. Primera unidad profesional del ejército patrio. Lo acompañó desde San Lorenzo a Chile y Perú, y luchó en Ecuador y Ayacucho. Fue disuelto por Rivadavia en 1826 al regreso de menos de 80 granaderos con 14 años de servicio, como el negro soldado “trompa” de San Lorenzo, sin honores ni retribuciones. .
“Héroe” por su capacidad para realizar hazañas, sufrido y excepcional ser humano, puesto de relieve en el dramático devenir de una atribulada existencia desde niño, San Martín consumió su juventud en las guerras peninsulares y empleó su madurez en una misión subcontinental que cumplió en lo esencial sin concluirla. San Martín pagaría su legítima ambición de gloria y de una confortable vida en su tierra al retiro (que el padre no tuvo al regresar de América en 1784 con su familia). Regresó en 1824 al destino precoz de nómade transatlántico, 40 años después de arribar a Cádiz con 6 años cumplidos. Frustrado su deseo cultivar, criar potros, leer, pintar paisajes y pulsar en patria criolla la guitarra andaluza con la que enamoraba en España.
El mismo San Martín que en 1816, preparando el cruce de los Andes en el Plumerillo, se quejaba y decía: “todo lo tiene que hacer éste hijo de puta”; que exclamaba desalentado “maldita sea mi estrella que no hace más que promover desconfianzas!”; y mellado por las calumnias confesaba “sí, mi amigo, porque para un hombre de virtud he encontrado dos mil malvados”. Ya en su ostracismo europeo, escribía: “Mi alma siente un vacío, ausente de mi patria”. (“San Martín confidencial: correspondencia personal del Libertador con su amigo Tomás Guido, 1816-1838“, Patricia Pasquali). Emergía así el espíritu profundo de quien forjara en las filas del ejército borbónico su precoz estrella guerrera. Al mismo tiempo que frecuentaba lecturas en francés de autores de la Ilustración prohibidos por la Inquisición. Convencido a la postre de que la educación era más crucial que las necesarias batallas para la liberación americana.
Si uno observa las facciones marciales y apoteóticas en las numerosas estatuas del Libertador –la del Cerro de la Gloria en Mendoza exalta su hazaña andina- es difícil percibir algún eco de su previa vida como soldado español, curtido bajo el sol mediterráneo africano-franco-hispano-portugués. O aterido en los altos Pirineos catalanes/franceses donde aprendió la guerra de montaña. O en los tórridos campos de batalla de Andalucía, la lucha contra la fiebre amarilla y la defensa contra el cerco francés en Cádiz, y la campaña final contra Napoleón en el Portugal bajo dominio inglés.
La excepción es una estatua casi escondida en el parque de un pueblecito de Jaén, al que lleva la calle Argentina. En ella, el Capitán 2do. de Infantería San Martín, de 30 años, está montado de apuro en un equino ajeno espantado por el estruendo del combate (el suyo mal herido lo había arrojado al piso). Aferra con la mano izquierda las riendas, la espada caída no está en su diestra y tampoco señala con el dedo a la posteridad. De a pie, detrás del anca donde apoya su mano derecha, extiende su brazo solidario el soldado raso que le ha cedido su caballo. El rostro de aquel joven San Martín nos refleja al hombre de carne y hueso, consciente del inminente riesgo de morir o quedar mal herido en la refriega. En su mirada de agradecimiento a los ojos de Juan de Dios, el húsar del Regimiento de Caballería de Olivenza desmontado, no se vislumbra la inmediata gloria que logrará en Arjonilla en la primavera de 1808, imprevista primera victoria del ejército español sobre la caballería franca. La carga “a degüello” que ordena y encabeza con sus 40 infantes montados y que excede la misión de sólo explorar, entablando un combate de avanzadillas previo a la batalla de Bailén (julio de ese año), pone en fuga a un número superior de coraceros franceses que sufren muchas bajas contra un solo caído español.
Su éxito lo asciende no sólo al grado de capitán primero, con pase al Regimiento de Caballería Borbón, y ayudante de campo de uno de los dos jefes del ala izquierda española que decide la gran victoria, sino también al pedestal de héroe popular en la prensa de Sevilla. Promovido enseguida por su eficaz ayudantía a teniente coronel (nominal) ¿Es acaso en ese momento que, empapado de adrenalina y sudor, y seducido por la gloria, se da cuenta de que otro destino lo llama? ¿Habrá sentido en medio de los vítores que o bien escuchaba lo que empezaba a sentir en su alma y decidía lo que “había que hacer” -volver a sus raíces americanas- o sino “no sería nada”? Apenas un hidalgo militar “indiano” de rango medio, e hijo de un campesino/soldado congelado como oficial subalterno. Y por tanto, privado del generalato en la España nobiliaria y prebendaria. San Martín nunca ejerció el mando de un batallón como le correspondía, anclado en el magro sueldo de capitán en lugar de percibir el de teniente coronel “vivo”, o sea con mando efectivo.
Largos y tediosos años había pasado el joven San Martín en el servicio del cuartel, interrumpidos por las campañas terrestres. También navales en el Mediterráneo al mando de “fusileros de navales” a la caza de los piratas bereberes y en la guerra contra la Royal Navy.
Su salud acosada por marchas de hasta 400 kilómetros como adolescente cadete con su pesado equipo y armamento. Carrera iniciada en 1789 en un batallón del Regimiento Infantería de Línea de Murcia (El Leal) sito en Málaga. Y ya entre 1792/1793 con 15 y 16 años de edad, como subteniente en la campaña del Rosellón, en los valles alpinos de la “costa roja” francesa contra el ejército de ciudadanos de la Convención republicana, guillotinado el borbón Luis XVI. Luego de iniciales victorias, derrotado su ejército caerá prisionero. Destinado hacia fin del s. XVIII en la guarnición de San Roque cercana al peñón de Gilbraltar británico, como primer teniente del Regimiento de Voluntarios de Campo Mayor, luego de la breve Guerra de las Naranjas en Portugal, venía sufriendo largo retraso en sus ascensos.
Mientras sus pares españoles, nobles y ricos, ascendían rápidamente aún sin experiencia guerrera. Al mismo tiempo seguía haciendo paciente acopio reservado de lo que sería una extensa “librería” (biblioteca) enciclopédica con grandes obras filosófico políticas de la antigüedad greco romana –sobre todo de la escuela estoica- y del Siglo de las Luces. Incluía libros de todas las ciencias y artes conocidas. En el fuerte de Cartagena, luego de haber caído prisionero de los ingleses en Menorca y con promesa de no volver a combatirlos hasta no ser “canjeado” por prisioneros ingleses, o al fin de la guerra, pintaba acuarelas marinas en abanicos que vendía a las damas para reforzar sus atrasados sueldos, mientras aprendía a pulsar la guitarra en las fondas del cante jondo. De sus amoríos, destaca el que tuvo en Cádiz con la “Pepa”… quien por carta al Chile liberado le rogará por un amado prisionero español.
Aquel oficial de acento andaluz, muy respetado por sus jefes, se fue formando a golpes de hacha en cuerpo y espíritu. Como la grave herida de arma blanca en el tórax producida por cuatro salteadores en Cubo de la Tierra del Vino, diminuto pueblito en la ruta del camino a Santiago. Allí, en 1801, lo dejaron por muerto y sin la bolsa real cuando reclutaba soldados entre Salamanca y Valladolid. La misiva al monarca pidiendo el perdón por la pérdida del dinero, esgrimiendo su defensa a sablazos y heridas, y avalado por un superior que lo vio tendido en casa de unos campesinos, es el primer escrito de puño y letra que se le conoce. Y en la Cádiz de 1808, previo a la gesta de Bailén, pesó mucho en su alma sentir para toda la vida el horror a las turbamultas ante la brutal agresión sufrida por una turba a la caza de sospechosos de “afrancesados”. Linchado su mentor, el gobernador de Andalucía, general Francisco Solano y Ortiz de Rosas, Marqués del Socorro, descendiente de la nobleza española venezolana, amigo y cófrade de San Martín, nuestro futuro prócer es atacado por otro grupo de matones soltados de la cárcel que lo habrían tomado por Solano por su parecido. Superado, corre y salva su vida en una iglesia con auxilio del cura párroco, hasta que se refugia en casa su jefe de regimiento. Previa escala en Ronda, se integra al ejército que triunfará sobre Napoleón.
El Libertador vivió desde los 5 hasta los 33 años -durante 28 de sus 72 años y medio de vida- en la convulsionada e invadida España de los dos borbones, padre e hijo, que a caballo de los s. XVII y XIX aceleraron la decadencia de la antigua potencia imperial. Con esfuerzo y arrojo, demasiados sinsabores y pocas alegrías, San Martín desenvolvió su sagaz personalidad guerrera y su autoformación en el legado liberal. Los forjó a lo largo de 22 años. Iniciándose a partir de 1790/1791, entre los 13 y 14 años, como galardonado combatiente en una Compañía de Granaderos a pie, en el Orán africano. Para culminar su experiencia profesional en 1810/1811 en las líneas fortificadas de Torres Vedras, Portugal, al norte de Lisboa. Siendo allí también ayudante de campo del general Antonio Malet, Marqués de Coupigny, quien lo había ascendido en Arjonilla y Bailén, a la sazón jefe del estado mayor español en la coalición hispano-británica-portuguesa.
Donde San Martín aprendió de la genialidad estratégica del futuro Duque de Wellington, vencedor de Bonaparte en 1815. Y conoció a Carr Beresford, jefe de las tropas portuguesa, el invasor de Buenos Aires derrotado por Santiago de Liniers en 1806. Será su última campaña peninsular, antes de navegar en enero de 1812 al Río la Plata, previa estadía de tres meses en Londres donde compra el histórico sable. Allí participa en la fundación de la Logia de los Caballeros Racionales nro. 7, en cuya Logia nro. 3 se había iniciado en Cádiz invitado por Carlos María de Alvear. Cofradías secretas independentistas de la “Gran Reunión Americana” liderada por el venezolano Francisco Miranda, secundado en Londres por Andrés Bello, educador de Simón Bolívar. En el viaje a su patria natal San Martín cumple 34 años, transitada casi la mitad de su vida. Arrojada decisión no improvisada que lo define.
Con una mano atrás y otra adelante y más de 700 volúmenes -que salvo varios textos de matemáticas y ciencias cedidos al primer colegio secundario que inaugura en Mendoza- donará a la Biblioteca Nacional del Perú, que funda en 1822, llega a una desconocida y lejana tierra natal, sin fortuna ni familia.
Sin duda lo creyó mejor que terminar su vida sin arrojarse en brazos de la fuerza de su misión. Cumplida hasta que la suerte le fue esquiva lo esperaba “la soledad de la gloria”. Título de una obra biografía de P. Pasquali. A la expatriación de su hogar cultural donde queda su madre y hermanos, sucederán las de los países sudamericanos donde había liderado el grito de libertad. Aislado en el Perú por disidencias político estratégicas con sus mejores generales y la negación de apoyo armado de Simón Bolívar, tampoco permaneció en Chile a tiro de las insidias del ambicioso corsario de Su Majestad, Lord Cochrane. Para la España realista fue un militar traidor, y finalmente en la Argentina sufrió traición, calumnias y hasta conspiración para asesinarlo camino a Buenos Aires. Cuando ya frisaba los 46 años (hoy serían unos 56 o más años), y sin recibir un peso como brigadier general del gobierno patrio, arriba a Gran Bretaña en marzo de 1824. Viudo y acompañado de su hija Merceditas, a quien hará educar en Londres, Bruselas y París, y de su criado peruano Eusebio Soto. Rehace su vida en la Europa de la II Revolución Industrial, cuyos avances tecnológicos lo cautivan.
Si la boca en el rostro del Libertador esculpido en nuestras estatuas y en muchos países del mundo pudiese con su voz atravesar el pétreo silencio para opinar sobre la mejor ubicación del legendario sable corvo, ¿qué podríamos oír? Sin duda, sería coherente con su sabiduría en febrero de 1829. Llegado de Bruselas a fin de ofrecer su sable en la conflicto con el Brasil imperial, al tiempo de ver la posibilidad de asentarse en su chacra “La Tebaida”, cercana a la ciudad capital de su Mendoza querida, se lamentaba que la hostilidad Unitarios vs. Federales siguiera y más sanguinaria. Más aun cuando involucraba a dos de sus mejores oficiales de la Independencia: el general Juan Lavalle, golpista unitario y victimario del gobernador de la provincia de Buenos Aires, y el coronel federal Manuel Dorrego, su víctima. Así rechaza el clamor de sus amigos para ponerse al frente de una facción. Y al repudiar la obligación de tener que verter sangre de compatriotas con su sable para aniquilar una de las facciones y lograr la paz de los cementerios, se niega a desembarcar. De regreso y luego de una estadía de tres meses en Montevideo, donde no había podido recalar primero a la espera de noticias de Buenos Aires por razones climáticas navieras, volvía a Europa acariciado por los honores del pueblo oriental para no volver jamás. Fallece en Boulogne Sur Mer en 1850, al final de 26 años de exilio.
Muchas veces el espíritu sanmartiniano se hace presente en lugares inesperados. Como a principios de marzo del presente año en la playa del Viejo Hotel Ostende, fundado por belgas a mediados de la segunda década del siglo XX a imagen y semejanza del balneario europeo. Donde San Martín habría tomado baños de mar recetados por sus dolores. Allí una señora, chozna del enemigo íntimo de San Martín, Carlos M. de Alvear, de quien su abuela María T. Tomkinson Casares de Gonnet era bisnieta (y su abuelo Raúl B. Gonnet ministro de obras públicas de la provincia de Buenos Aires), compartió con el que escribe una idea original para cerrar el contencioso sobre la ubicación del sable.
Quizás Don José, a la luz de la donación post mortem de Rosas a su amigo Terrero, y la de Manuelita Rosas de Terrero al Museo Histórico Nacional, creado en 1889, inexistente en vidas de San Martín y Rosas, la hubiese aprobado. Depositarlo en lugar preferencial del Museo de la Casa Rosada bajo llave y guardia de honor de la sección del Regimiento de Granaderos de turno. Y así evitar que el máximo símbolo patrio que representa el arma no sea un objeto más del contumaz y agrietado conventilleo argentino, incapaz de todo signo de unión nacional. Contiguo a la histórica de Plaza de Mayo sería más accesible a un nutrido público turístico nacional y también extranjero, más numeroso que la sede del MHN en Plaza Lezama o el edificio del RGC de la avenida Las Heras. Espléndido. Pero ¿quién le desmonta el cascabel al gato de la Argentina facciosa?
El autor es sociólogo

