El mapa de Irán, una vez terminada la guerra, ¿será igual a como es ahora? "Probablemente no", respondió Donald Trump a la pregunta el 7 de marzo pasado. Abriendo de par en par la puerta a la especulación de cómo rediseñar uno de los países más antiguos del mundo.
Por las redes sociales empezaron a circular de inmediato propuestas gráficas de un hipotético "Irán balcanizado", delineando fronteras según las diferentes etnias presentes en el territorio. Hay quien simplemente difundía un mapa de los idiomas presentes —farsi, kurdo, azerí, beluche, árabe, luri, qashqai, mazandarani, gilaki, turcmeno...— poniéndoles el título de "etnias", para avanzar teorías sobre posibles enfrentamientos internos en este país de 92 millones de habitantes, en el que los hablantes del farsi, o persa, son poco más de la mitad del total. Y hay quien directamente sugiere un reparto político en siete Estados, cada uno con su bandera ya diseñada, listo para declararse independiente.
Tenía su lógica: días antes, Trump a varios líderes kurdos, entre ellos el jefe de un partido separatista kurdo-iraní, y se había declarado "muy a favor" de que las milicias kurdas lanzaran una ofensiva terrestre desde el norte de Irak, tomando por las armas el noroeste de Irán, donde la minoría kurda, una de las mayores del país, se estima en unos ocho o nueve millones. Durante unos días hubo rumores sobre miles de guerrilleros kurdos tomando posiciones en Irán para proclamar un Rojhelat independiente, antes de que todo se disolvió en aire frío, entre amenazas de Teherán, advertencias de sus allegados en Iraq y protestas del propio exilio iraní. Como táctica militar desde luego habría estado condenado al fracaso: tanto Bagdad como Erbil como Ankara rechazaron de inmediato la iniciativa, lo que significaba que una avance efectivo de las guerrillas habría carecido de retaguardia y línea de aprovisionamiento, el nervio de toda guerra. Pero ¿como estrategia de socavar el mando de Teherán? ¿Y si otras etnias con ansias de liberarse del régimen central hubieran seguido el ejemplo?
Ahí están los movimientos de Beluchistán en el otro extremo del país. Los beluches suman casi cinco millones y en esta población, en los márgenes del territorio y marginada, en efecto ha surgido medio docena de grupos armados que llevan unos veinte años protagonizando una insurgencia de intensidad baja, con varias decenas de muertos al año entre tiroteos, secuestros, atentados con bomba y ejecuciones. Hace ya una década larga que se rumoreaba una probable financiación desde Washington y una posible implicación del Mossad para erosionar Teherán. Podría retomarse la idea, aunque choca con un problema similar al de los kurdos: Pakistán tiene su propia insurgencia beluche y no estará en absoluto encantada con una nueva República de Beluchistán justo en su frontera. También quedaría por ver si sería República... o más bien Califato. Porque unas cuantas de estas guerrillas guardan hoy ya muy poco del legado de los estudiantes marxistas que formaron el movimiento beluche hace más de medio siglo, y mucho más del ideario yihadista de Al Qaeda.
¿Y las demás etnias? Veamos: en el oeste de Irán, justo al sur de lo que sería el Kurdistán iraní, habita el pueblo luro, estimado en casi cuatro millones de almas. Su idioma, el luri, deriva de una variante arcaica del persa y su concepto como etnia distinta se basa en parte en que, hasta su forzosa sedentarización durante el siglo XX, eran principalmente ganaderos nómadas. Como tales mantenían una jerarquía tribal con milicias que a menudo ha intervenido en la política del país. Fueran una importante fuerza de choque de la revolución constitucionalista de 1909 que derrocó uno de los últimos monarcas de la dinastía Qadjar y abrió la puerta a un Irán moderno y democrático; de sus filas salieron embajadores, primeros ministros y una reina consorte, Soraya Esfandiary-Bakhtiary, segunda esposa del último shah de la dinastía Pahlavi. Y luro era también Qasem Soleimani, militar, jefe de la Fuerza Quds, tejedor de alianzas por todo Oriente Próximo y quizás el hombre más poderoso de Irán tras Ali Jameneí, hasta su asesinato por un dron estadounidense en 2020. Si Soleimani es un ejemplo, los luros también son el régimen.
Más al sur, en los montes Zagros habita otro pueblo nómada: los qashqai, cuyo idioma, hablado tal vez por unos dos millones de personas, es túrquico, sin relación con el farsi. Como los luros, también los qashqai eran principalmente nómadas, sujetos a una sedentarización forzosa durante la dinastía Pahlavi, y mantenían una jerarquía tribal con líderes, conocidos como ilkhan, en gran parte autónomos de las monarquías persas. También ellos se insubordinaron a menudo contra el poder central... normalmente a favor de otro pretendiente al poder central. Con los constitucionalistas contra la dinastía Qadjar en 1909, con el Gobierno contra las tropas británicas y soviéticas en 1942, con el nacionalista Mohammed Mossadegh contra la dinastía Pahlavi en 1952, y de nuevo contra el shah en 1979, como parte de la amplia alianza de comunistas e islamistas que llevó al ayatolá Jomeini al poder... pero que se fracturó pronto, llevó a dos años de resistencia armada contra el nuevo régimen y terminó con ejecuciones públicas en 1984. No, los qashqai hoy no son el régimen y se aliarán con cualquier fuerza que pueda tomar el poder en Teherán contra los ayatolás, pero no cuenten con ellos para trocear Irán.
Tampoco cuenten con los árabes. Esta minoría, estimada en unos dos millones, se concentra sobre todo en Khuzestán, una provincia rica en petróleo en el extremo norte del golfo Pérsico, fronteriza con Irak, donde representan alrededor del tercio de la población. A primera vista parece fácil anexionar esta zona a Irak, rediseñando la frontera acorde a criterios étnicos. Y eso debió de pensar Saddam Hussein cuando la invadió en 1980, esperando un levantamiento de la población para sacudirse el yugo persa. La derrota fue más sangrienta que épica.
Cierto: en Khuzestán existe un movimiento independentista, el ASMLA, proclamado en 2005 por activistas de perfil poco transparente y probable financiación saudí, que hoy viven exiliados en Europa, hay ocasionales bombas, sabotajes y tiroteos, pero en esos 20 años, el número de muertos en Khuzestán, incluidas numerosas protestas civiles alimentadas por un sentimiento de discriminación, pero no necesariamente de ideario separatista, se estima en unos 300, lo que, en el contexto de la represión iraní, no atestigua un movimiento masivo. Además, el propio logotipo del ASMLA muestra que su propósito es propagandístico, no real: reclama como "Ahvaz libre" toda la costa del golfo Pérsico hasta el estrecho de Ormuz. Y si bien es cierto que en toda esta zona hay una minoría árabe, es esto: una minoría. Incluso triplicando las cifras oficiales de un 4-5 % en cada provincia sería absurdo clavar en ellas una bandera árabe aparte. Además, los árabes no son una población apartada de la vida nacional: hay una larga lista de árabes de Khuzestán no solo en el arte, el cine, la música y el deporte, sino también en el Parlamento y en el alto clero; era árabe de Khuzestán el almirante de la Guardia Revolucionaria Ali Shamkhani, muerto en un bombardeo el primer día de la guerra en curso. El régimen también lo son ellos.
A mil kilómetros al norte, en la frontera de Turkmenistán, hay otra minoría de no más de dos millones de personas: los turcmenos. También en su caso parecería lógica una anexión transfronteriza con los hermanos en el lado norte, pero dudo mucho de que Turkmenistán tenga ganas de meterse en una aventura así, y mucho más aún de que tengan ganas los propios turcmenos de Irán. El episodio más reciente de choques armados entre grupos turcmenos y fuerzas de la autoridad central que he podido encontrar data de marzo de 1979. Además, representan poco más del tercio de la población de la provincia de Golestán, entremezclados con persas, kurdos (sí, hay kurdos) y mazandaranis, y en la extensa región de Khorasan, que en ciertos mapas se decora con una fantasiosa bandera turcmena, no pueden pasar de un 15 %, si tanto.
¿Hemos dicho mazandaranis? Es otra etnia, asentada en la orilla sur del mar Caspio, y es potente: más de cuatro millones, aunque menos de millón y medio, se estima, son hablantes nativos del idioma mazandarani, una lengua del tronco iraní, distinta del farsi, si bien emparentada, y poseedora de una histórica literatura. De sus filas han salido muchos de los mejores cientificos, artistas y filósofos de Irán, y también políticos: era mazandarani Ali Larijani, presidente del Parlamento, mano derecha de Jameneí, coordinador de la sangrienta represión de enero pasado y probablemente el hombre fuerte de un futuro Irán, si no lo hubiera matado Israel la semana pasada. Ellos son el régimen, el actual y el de antes: es mazandarani la dinastía Pahlavi que gobernó Irán de 1925 hasta 1979 y que ahora quiere regresar de la mano de Washington. Más que el régimen, ellos son Persia.
Al oeste, en la vecina provincia de Gilan, se habla gilaki, otro idioma iraní emparentado con el mazandarani. También los gilanis pueden acercarse a los cuatro millones, con algo más de millón y medio de hablantes nativos, y a primera vista serían un buen candidato para una secesión: aquí se formó en 1920 la República Socialista Soviética Persa bajo el paraguas de la URSS, pero el movimiento local, conocido como Jangali, fue derrocado al año siguiendo, al retirar Moscú su escudo protector. Sin embargo, los Jangali no fueron tanto un movimiento étnico como ideológico: combatieron durante años contra las tropas rusas zaristas y las británicas, y cuando se aliaron con los bolcheviques lo hicieron con el espíritu de ser el embrión de un "Irán rojo", de la mano del Partido Comunista de Persia, que se fundó en 1920 en el puerto caspio de Bandar-e Anzali, refundado por sus veteranos en 1941 como Tudeh. No, quizás los gilani no sean el régimen, pero han sido la vanguardia de la oposición de Persia.
Hemos dejado para el final la mayor minoría del país: los azeríes. También ellos hablan una lengua túrquica, muy similar a la del vecino Azerbaiyán (y no muy distinta al turco de Turquía) y suman quizás 20 millones, dominando cuatro provincias del noroeste, el histórico Azerbaiyán iraní, Y si bien se atribuye a Bakú una mirada codiciosa sobre lo que podría ser su región sur, el sentimiento no parece ser especialmente recíproco. Hubo también aquí una efímera república socialista, creada con la ayuda de Moscú en 1945 en paralelo a la vecina república kurda de Mahabad, y como aquella se disolvió sin combate cuando las tropas rusas se retiraron al cabo de un año. Hoy hay ocasionales protestas por el típico desaire de insultos étnicos y algunas banderas turcas en los partidos de fútbol, pero es más fácil encontrar ideólogos azeríes del nacionalismo iraní que del panturquismo. Los azeríes no solo fueron la flor y nata de los círculos intelectuales que impulsaron la modernización y democratización de Irán durante la primera mitad del siglo XX, también fueron y son el régimen: era de noble familia túrquíca Mohammed Mossadegh y son o eran azeríes no solo el líder supremo Ali Jameneí y su hijo, Mojtaba Jameneí, sino también el presidente, Masoud Pezeshkian, que se define orgullosamente como "turco" en las entrevistas. Son Irán, son Persia.

Constantes geopolíticas de la región de Oriente Medio y Norte de África
Juan González-Barba
Lo han sido siempre: era azerí la dinastía Qadjar que reinó de 1796 hasta 1925 y que no solo estableció la capital en Teherán sino también convirtió el farsi en idioma oficial de Irán. Sus antecesores, la efímera dinastía Zand, eran kurdos (aunque reinaban desde Shiraz), que habían reemplazado los aún más efímeros Afshar, azeríes ellos también, que siguieron a la dinastía safávida, igualmente túrquica, que estableció en 1501 el Irán moderno aproximadamente en sus fronteras actuales.
Salta a la vista que un régimen teocrático como el del clero chií puede aglutinar con cierta facilidad una nación compuesta por etnias diversas, ya que premia exclusivamente la adherencia estricta a la fe y el estudio teológico, al margen de orígenes familiares, clanes o idiomas. Pero en el caso de Irán, esta actitud de los ayatolás solo continúa una tradición de siglos en los que numerosos grupos étnicos, incluso cuando mantenían celosamente su idioma y su autonomía tribal, se han considerado siempre como contribuyentes a un concepto mayor: la civilización persa.
No hemos hablado de las divisiones religiosas, pero es que no hay. El 90 por ciento del país se considera musulmán chií, y no consta que en el resto, ser suní se haya convertido en un factor político, exceptuando algunos grupos yihadistas de Beluchistán y quizás cierta corriente minoritaria kurda. De todas formas, sunismo y chiísmo son denominaciones que se heredan, sin que exista una diferencia dogmática o teológica entre ellas; son mucho más similares la actual versión fundamentalista del clero chií de los ayatolás y la interpretación wahabí de la Arabia suní, por una parte, y la práctica popular del islam en los pueblos, sean suníes o chiíes, por la otra.
Con estos quinientos años de historia a cuestas, Irán no se antoja un país balcanizable por unos cuantos bombardeos, por destructivos que sean, ni tampoco por la caída de un régimen: no eran los ayatolás quienes inventaron este país. Al contrario: es precisamente la erosión de esa civilización persa, sus tradiciones de vino, poesía y rosas, y el intento de sustituir su milenaria conciencia cultural por una religión, la islámica, lo que muchos iraníes de cualquier etnia reprochan al régimen de los seguidores de Jomeini.
Los idiomas diversos son una riqueza de Irán poco valorada hoy por las autoridades (y menos por las dinastías precedentes) y es hora de darles su lugar en colegio, librería y Constitución. Pero utilizarlos para dibujar un mapa de balcanización es un juego fútil de quienes acaban de descubrir la existencia de Irán.

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