Durante gran parte de la era macroeconómica moderna, la estabilización económica ha sido delegada —de forma implícita y, en ocasiones, explícita— a los bancos centrales. Los regímenes de metas de inflación, las reglas de tasas de interés y unas herramientas monetarias cada vez más sofisticadas han convertido a los bancos centrales en los primeros respondedores frente a casi cualquier perturbación económica. Este marco ha generado beneficios importantes, en particular al anclar las expectativas de inflación y suavizar los ciclos económicos. Sin embargo, también ha creado un desequilibrio persistente en la formulación de políticas: exigimos demasiado de la política monetaria y muy poco de la política fiscal. La experiencia, la teoría y la evidencia sugieren cada vez con mayor claridad que, si bien la política monetaria es esencial para la estabilidad, la política fiscal es el verdadero motor del crecimiento económico sostenible.
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