Durante casi dos siglos, los restos de hombres y mujeres que fueron obligados a trabajar en la plantación del séptimo presidente de EE. UU. yacían en silencio bajo la maleza de Tennessee. Hoy, gracias a la arqueología y a una investigación olvidada de 1935, sus tumbas han salido a la luz.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante más de 180 años, un rincón boscoso y cubierto de maleza en las afueras de Nashville guardó en silencio uno de los secretos más dolorosos de la historia de Estados Unidos. En esa tierra densa y húmeda, olvidada por el paso del tiempo y la modernidad, descansaban los cuerpos de decenas de personas esclavizadas que vivieron y murieron bajo el yugo de uno de los presidentes más controvertidos del país: Andrew Jackson. Hoy, ese lugar vuelve a hablar gracias a un descubrimiento arqueológico que reescribe parte de la historia de su emblemática plantación: The Hermitage.
El hallazgo no llegó por casualidad. Un informe agrícola de los años 30 del siglo pasado contenía una mención fugaz, apenas una línea, a una parcela inadecuada para el cultivo debido a la presencia de árboles altos y supuestas tumbas. Esa observación, ignorada durante décadas, se convirtió en el punto de partida de una investigación financiada recientemente por un donante anónimo que deseaba ayudar a rescatar las voces borradas por la esclavitud. Gracias al uso de imágenes aéreas, mapas antiguos y radares de penetración terrestre, se identificaron 28 posibles enterramientos humanos distribuidos en hileras. Y, aunque el número puede crecer con nuevas exploraciones, ya es uno de los hallazgos más significativos vinculados a la esclavitud en un sitio presidencial.
El otro rostro de The Hermitage
La imagen más habitual de The Hermitage es la de una elegante mansión sureña, rodeada de jardines cuidados y vestigios de la vida aristocrática del siglo XIX. Sin embargo, detrás de ese decorado, latía un sistema económico basado en la explotación de seres humanos. Jackson, quien llegó a la presidencia en 1829, no solo fue propietario de tierras, sino también de más de 300 personas esclavizadas a lo largo de su vida. De hecho, al asumir la presidencia, llevó consigo a una docena de ellas al mismo corazón del poder político estadounidense: la Casa Blanca.
En su apogeo, la plantación de Jackson llegó a abarcar más de 400 hectáreas de cultivo, con una producción centrada en el algodón. La riqueza de The Hermitage, y con ella la del propio presidente, se cimentó en el trabajo forzoso de hombres, mujeres y niños que cultivaban, cocinaban, cuidaban animales, reparaban herramientas y mantenían en pie la infraestructura del lugar. Muchos de ellos, nacidos y fallecidos allí, no dejaron más huella que su memoria oral y los silencios de los archivos oficiales.
Este nuevo hallazgo cambia ese panorama. Por primera vez, se materializa físicamente la presencia de quienes sostuvieron el mundo de Jackson desde las sombras. Las tumbas —sin nombres, sin cruces visibles— están alineadas de manera ordenada, algunas marcadas por piedras calizas colocadas en vertical, una práctica frecuente en entierros rudimentarios de personas esclavizadas. Se calcula que la mayoría eran adultos, aunque no se descarta la existencia de tumbas infantiles aún por confirmar.

Una deuda con la memoria
El descubrimiento no es un caso aislado, sino parte de una tendencia creciente en sitios históricos de Estados Unidos. Monticello, Mount Vernon y Montpelier —hogares de Jefferson, Washington y Madison respectivamente— ya habían localizado y acondicionado cementerios similares. En todos estos lugares, la narrativa oficial ha comenzado a abrirse hacia una historia más completa y menos complaciente, en la que se reconoce el papel esencial, aunque invisibilizado, de las personas esclavizadas.
Durante décadas, los museos y casas históricas pasaban por alto esta dimensión. En The Hermitage, por ejemplo, apenas se mencionaba la esclavitud en los materiales informativos hasta bien entrado el siglo XXI. Hoy, ese enfoque está cambiando. La fundación que gestiona el lugar no solo ha protegido el cementerio recién hallado, sino que ya lo incluye en sus recorridos guiados. De momento, los visitantes solo pueden observarlo desde una valla perimetral, pero se planea una estrategia de memorialización más profunda y participativa, guiada por historiadores y descendientes de las personas esclavizadas allí.
El valor simbólico de estos cementerios es inmenso. A diferencia de exposiciones museográficas o paneles informativos, el estar físicamente frente a una tumba —aunque anónima— genera una conexión emocional inmediata. Se pasa del relato abstracto al testimonio tangible. No se trata solo de nombres o cifras, sino de vidas concretas: alguien vivió, trabajó, sufrió y murió en ese lugar. Y ahora, al menos, su existencia no queda del todo sepultada.

Una historia aún abierta
El hallazgo también plantea preguntas incómodas sobre la gestión del legado histórico. ¿Por qué ha tardado tanto en buscarse este cementerio si ya existían pistas antiguas sobre su ubicación? ¿Qué otros restos de la vida de los esclavizados siguen sin investigar en las grandes propiedades presidenciales? ¿Y cómo se integrarán sus historias en la educación pública y en la memoria colectiva nacional?
Además, el proceso de identificación no ha concluido. La mayoría de las tumbas carecen de nombres, fechas o cualquier inscripción que facilite la tarea de reconstruir las historias individuales. Algunas están siendo estudiadas para una posible identificación mediante análisis genéticos, una técnica aún en fase de desarrollo ético y logístico, que dependerá también del consentimiento de las comunidades descendientes.
Por ahora, la prioridad parece ser dar a ese espacio el respeto que nunca tuvo. El cementerio está siendo concebido como un lugar de recogimiento, un sitio donde el silencio sirva no para ocultar, sino para recordar. Se estudian propuestas de memoriales artísticos, placas con los nombres conocidos de personas fallecidas en The Hermitage y colaboraciones con investigadores que puedan aportar nuevos datos desde la antropología o la arqueología.

Reescribiendo lo que se contó mal
La historia oficial siempre ha sido selectiva, moldeada por quienes tuvieron el poder de escribirla. Pero el pasado no es inmutable. Con cada hallazgo como este, se abren grietas en el relato dominante y se crean espacios para nuevas voces. La localización del cementerio en The Hermitage es un paso más en ese proceso de reconstrucción de la verdad histórica, en el que se reconocen tanto las sombras como las luces.
No es solo una cuestión de justicia simbólica. Es una exigencia ética de mirar el pasado con honestidad y complejidad. Porque bajo la tierra de Tennessee no yacen solo restos humanos: yacen historias de resistencia, de dolor, de humanidad invisibilizada. Y ahora, por fin, están empezando a ser contadas.


