Lo de María y Teresa fue un auténtico flechazo amistoso. La primera, más joven, haría mejor centrándose en sus asuntos, en su trabajo, donde, por si no tuviera poco con lo suyo, sus jefes se revelarán como poco menos que unos abusones; pero su amiga y su aura magnética no dejan de rondarle la cabeza. Lejos de allí, en Italia, Verónica se enfrenta a otra clase de mortificaciones: lleva años sometiéndose a una estricta dieta con la que solo se permite ingerir diariamente pan y agua, a excepción de alguna mandarina los viernes. En México, y aunque solo ellas saben del vínculo que las une, la íntima relación entre Juana Inés y María Luisa está provocando más de un susurro. De vuelta a España, Teresa anda desquiciada intentando cuadrar las cuentas de las empresas que dirige, mientras María —otra, no aquella amiga que acabará torciéndose— lleva una racha tan afligida que no puede parar de llorar. Y eso que no tiene que bregar, como le ocurre a Luisa, con las veleidades del estrellato.
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