Podrán no verse por años; tal vez ni siquiera se escriban; pero seguro se pensarán toda una vida. Porque hay amores que, sin importar su duración, son eternos.
Marcela tenía 13 años cuando cruzó por primera vez la reja verde de la Escuela Drago, en la esquina de Regimiento 11 y Buenos Aires, en Rosario. Era 2004 y arrancar la secundaria ya era un terremoto en sí mismo, pero hacerlo en el turno nocturno le parecía todavía más extraño. Tenía miedo de encontrarse con adultos, con gente mucho más grande, con historias que no eran las suyas.
Leé también: Fueron vecinos y se enamoraron en silencio: el 7/10 los secuestró Hamas y juntos sobrevivieron al infierno
No fue así. Eran casi todos chicos de su edad, con la misma mezcla de vergüenza y ansiedad. Uniformes desprolijos, mochilas gastadas, miradas que evitaban cruzarse demasiado tiempo. Y ahí, apoyado con una pierna sobre la reja, la campera de jean colgando del brazo y el pelo parado con gel —ese peinado de puntas rebeldes tan de los 2000—, estaba él: Sebastián.
Serio. Callado. Observador. Le decían “Carpincho”. Por la melena espesa, indomable, parecía siempre estar listo para escaparse en todas direcciones. Marcela todavía recuerda el instante exacto en que lo vio. “Fue como si el sonido ambiente desapareciera”, dice transportándose a 25 años atrás. No fue un flechazo de película. Fue algo más simple y profundo: una curiosidad que se quedó.
Primero fueron compañeros. Después, un pequeño grupo que se armó casi por inercia: ella, él, Verónica —su mejor amiga— y dos chicos más del curso. Compartían recreos en el patio de baldosas gastadas, tareas copiadas a último momento, chistes internos.

No recuerda bien cuándo pasó. O cómo. “Pero un día nos besamos”, revela con cara de enamorada. Si intenta reconstruirlo, cree que fue a la salida de la escuela. No en el patio, no en un recreo lleno de ruido y miradas. Fue afuera. En la parada del colectivo de la línea 131, sobre Buenos Aires, cuando el cielo ya estaba oscuro y el frío del turno noche empezaba a sentirse en las manos.
“No lo esperaba”, cuenta llevándose las manos a la boca. Estaban hablando como siempre. Ella contando algo —seguramente largo, seguramente exagerado— y él escuchando con esa seriedad que lo hacía parecer mayor. Habían cruzado la reja verde y caminaban despacio hacia la parada. Algunos compañeros se habían ido antes. Otros esperaban más allá.
Había olor a humo de colectivo y a pan caliente de una panadería cercana. Rosario en invierno de 2004. Y en un momento, sin anuncio, sin discurso previo, sin “¿puedo?”, él se acercó.
No fue un beso torpe. No fue apurado. Fue un gesto mínimo, casi tímido, como si estuviera probando si ese mundo también era posible. Ella se quedó quieta un segundo que le pareció eterno. Y después respondió.

No hubo aplausos ni testigos. Solo el ruido del colectivo que doblaba la esquina y la sensación —imposible de explicar a los 14 años— de que algo acababa de empezar.
Desde entonces, todos los recreos fueron de ellos. Se buscaban apenas sonaba el timbre. Se sentaban en el mismo rincón del patio, cerca de la pared descascarada. Él apoyaba la espalda, ella hablaba y reía. A veces no hablaban. A veces solo se miraban con esa intensidad desproporcionada que tienen los primeros amores.
Marcela siempre vuelve a esa escena porque fue ahí, en esa parada de colectivo cualquiera, donde entendió algo que recién mucho tiempo después pudo nombrar: que el amor no siempre llega con fuegos artificiales.
A veces llega en silencio. Y se queda para siempre.
Leé también: Se enamoraron a los 15, la vida los separó y nunca pudieron olvidarse: el mensaje que los unió 40 años después
Marcela era pura charla. Se reía fuerte, gesticulaba, hablaba de todo. Sebastián la escuchaba con esa seriedad que parecía adulta para sus 14 años. Él no apuraba. No presionaba. No avanzaba más allá de lo que ella quería. Su noviazgo fue de “chapes” largos en el patio, de manos entrelazadas, de caminatas hasta la parada del colectivo.
Verónica se puso celosa. “Mi única amiga y ahora está ocupada”, bromeaba, aunque en el fondo le dolía un poco. Era el primer amor adolescente del grupo, el primero que parecía de verdad.
Pero el barrio pesaba. Sebastián era de Las Flores, un barrio de Rosario que en esos años cargaba con prejuicios y miradas torcidas. Cuando la mamá de Marcela se enteró, el miedo pudo más que cualquier historia romántica. “No es para vos”, le dijo. Y tomó una decisión drástica.

Se la llevó a Corrientes. A Esquina, un pueblo chico, de calles de tierra y siestas largas. Marcela empezó a trabajar cama adentro en una casa de familia. Tenía 14 años y el corazón partido en dos. Ya nada importaba.
Era la época del MSN Messenger, de los zumbidos, de los nicks con frases de amor. Para hablar con Sebastián tenía que ir al ciber del pueblo, pagar por hora, esperar que la computadora no se colgara. A veces no había plata. A veces no había tiempo. A veces no coincidían.
El amor no siempre resiste la distancia cuando la distancia es forzada. Y así, sin una despedida formal, sin una pelea, sin un cierre, se fueron perdiendo.

A Marcela le faltaba poco para cumplir los soñados 15 pero en lugar de emoción sentía una mezcla de bronca y obediencia que no sabía cómo tramitar. La habían dejado trabajando cama adentro en una casa de familia en Esquina. Una habitación chica, horarios largos, responsabilidades que no correspondían a su edad.
Duró poco. En 2006, un año después, se escapó. No fue una huida romántica. Fue una decisión silenciosa. Agarró su bolso, dejó la casa donde la habían depositado y buscó otro trabajo. Consiguió empleo en un almacén primero, después en una casa de comidas. Empezó a sostenerse sola cuando todavía era casi una nena.
A los 16 conoció al que sería el padre de sus hijos. No fue una historia de novela. Fue compañía, fue necesidad de armar algo posible en medio de la inestabilidad. Marcela estaba lejos de Rosario, lejos de su adolescencia, lejos del Carpincho que había quedado congelado en la parada del colectivo.
Leé también: Eligió el deber antes que el deseo y perdió al amor de su vida: 19 años después, la encontró en el mismo lugar
A los 19 años tuvo a Mauro. Luego vinieron Emi y Fran. Con 25 años ya era madre de tres. Tres razones para levantarse incluso cuando el cuerpo no podía más.
Mientras Sebastián era un recuerdo guardado en un rincón intacto de su memoria —ese primer amor que nunca la apuró, que nunca la hizo sentir menos—, la vida de Marcela estaba llena de pañales, horarios, cuentas, decisiones difíciles. Creció de golpe. Aprendió a sostener. Aprendió a callar. Aprendió a seguir.
Nunca romantizó el pasado mientras construía su presente. Pero tampoco lo borró.
Pasaron 20 años. En ese tiempo, los días volaron con la crudeza que tiene la vida cuando no pide permiso. Sebastián tuvo dos hijos. Ella construyó, se cayó, volvió a intentar. Se separó, volvió, probó, resistió. Pero nunca dejó de preguntarse por él. Cada tanto, le escribía a alguna compañera de la Drago: “¿Sabés algo de Sebastián?”. Las respuestas eran vagas. “Lo vi”, “anda por acá”, “está bien”. Nada más.

Ella lo recordaba como un caballero. Como el chico que nunca la apuró. Como el primer beso que no dolió. Como ese perfume que todavía, 20 años después, podía evocar con una claridad absurda.
En 2019 volvió a Rosario buscando una vida mejor para sus hijos. Estaba separada, con la fuerza justa y el miedo inevitable. Consiguió trabajo. Empezaba a acomodarse cuando llegó la pandemia. La cuarentena la encontró viviendo en casa ajena, con tres chicos, sintiéndose una carga.
Volvió a Corrientes. Y entonces, dos meses después, llegó el mensaje más esperado. Un “hola” en Facebook. Era él. Sebas. El Carpincho. El lindo de la secundaria.
Leé también: Ella le salvó la vida el día que él había decidido matarse: un amor silencioso que sobrevivió al infierno
Marcela dice que se quedó mirando la pantalla varios segundos antes de responder. Hablaron poco esa primera vez. Ella estaba intentando recomponer su relación con el padre de sus hijos. Él le deseó lo mejor. Y el silencio volvió a instalarse.
Hasta 2024. Unos días antes del 7 de mayo —el cumpleaños de Sebastián— ella había pensado en escribirle. No lo hizo. El 7 pasó. El 8 también. El 9, con vergüenza, lo saludó atrasado. Esa vez la conversación no se cortó.
Hacía años que estaban separados, aunque Marcela seguía conviviendo con el padre de sus hijos por cuestiones económicas. Hablaban todos los días. Se mandaban audios. Recordaban la escuela, el apodo, los recreos, a Verónica.
Y un día, Sebastián escribió algo que había guardado 20 años: “Nunca te olvidé. Fuiste el amor de mi vida”. No fue una frase impulsiva. Fue una confesión madura. Le propuso que viajara a Rosario. Que probaran. Que se conocieran de nuevo. Porque eran los mismos, pero no lo eran.

El 18 de junio de 2024, Marcela subió a un micro. Quinientos kilómetros de nervios. Miraba por la ventana y se preguntaba si el recuerdo estaba exagerado, si el cuerpo iba a reconocer lo que la memoria insistía en sostener.
Veinte años después de la última vez que lo había visto, él estaba esperándola en la Terminal Mariano Moreno.
Más grande. Más ancho de hombros. Con menos pelo, pero con la misma mirada. Y cuando se besaron, el tiempo hizo algo extraño. No era nostalgia. No era fantasía. Era familiaridad. “El perfume era el mismo”, dice ella en un suspiro. “El sabor del beso era el mismo.”
No volvieron a ser adolescentes. No intentaron reconstruir lo que fueron. Empezaron desde otro lugar. Con hijos, con historias, con cicatrices. Aprendiendo a convivir con lo que cada uno trae.

Hoy Marcela vive en Rosario. Está enamorada. No del recuerdo. De él. “Del hombre que fue chico en una reja verde en 2004 y que hoy me acompaña a hacer las compras, me espera con mate a la tarde y entiende mis silencios”, cuenta con gratitud.
A veces pasan por la esquina de Regimiento 11 y Buenos Aires. La reja ya no es la misma. El barrio tampoco. Ellos mucho menos. Pero el Carpincho sigue sonriendo cuando ella lo llama así. Y Marcela, la chica que se fue obligada a 500 kilómetros de su primer amor, sabe ahora algo que a los 13 no podía entender: algunos amores no se terminan. Quedan suspendidos. Esperan.
Y cuando la vida vuelve a cruzarlos, ya no son promesa adolescente. Son elección pura.
–
Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com
@cynthia.serebrinsky
Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.

