En la primera parte se describió un sistema de residencias médicas que, con justicia, avanzó en conquistas laborales largamente postergadas. La postguardia obligatoria representó un hito histórico en la defensa del bienestar del médico en formación y en la seguridad del paciente. Ese avance no es menor y debe ser reconocido.
Sin embargo, la corrección de un abuso no garantizó automáticamente la recuperación del sentido formativo. Y es ahí donde comienza un fenómeno que hoy resulta imposible ignorar: la apatía creciente de una parte de los residentes frente al conocimiento.
No se trata de una apatía espontánea ni de una falla moral individual aislada. Es el resultado de un proceso acumulativo, donde sistema y sujeto se retroalimentan.
Cuando el sistema deja de exigir, el interés se diluye
Durante años, el discurso dominante en torno a las residencias se centró —con razón— en el agotamiento, el maltrato y la sobrecarga. La respuesta institucional fue corregir la dimensión laboral. Lo que no ocurrió con la misma fuerza fue una reconstrucción simultánea del componente académico.
Se alivió la carga, pero no se fortaleció la exigencia intelectual.
Se reguló el descanso, pero no se jerarquizó el estudio.
Se defendieron derechos, pero no se redefinieron deberes formativos.
Ese vacío genera un efecto previsible: cuando la residencia deja de sentirse como un espacio de alta exigencia académica, la motivación intrínseca se erosiona. El esfuerzo deja de ser necesario para sobrevivir en el sistema, y cuando el esfuerzo no es necesario, muchos dejan de hacerlo.
Apatía no es desinterés: es pérdida de sentido
La apatía que hoy se observa no es simple pereza ni falta de vocación. En muchos casos es desconexión. Desconexión entre lo que se hace todos los días y lo que se supone que se está construyendo.
Cuando el trabajo asistencial no se integra a un proyecto formativo claro, cuando no hay investigación, debate ni evaluación académica real, el residente empieza a percibir su paso por la residencia como una rutina que se cumple, no como un proceso que transforma. Y donde no hay sentido, la motivación se extingue.
El desplazamiento silencioso del centro de gravedad
En ausencia de un eje académico fuerte, el centro de gravedad se desplaza. El tiempo, la energía y la atención se redistribuyen hacia otros espacios que sí ofrecen gratificación inmediata: actividades personales, autocuidado, ejercicio, vida social, consumo digital.
No porque estas actividades sean negativas en sí mismas, sino porque llenan el vacío que deja una formación sin estímulo intelectual.
El problema no es que el residente vaya al gimnasio, tenga vida personal o busque equilibrio. El problema es cuando la residencia deja de competir por centralidad, cuando el estudio ya no ocupa un lugar prioritario porque el sistema tampoco lo exige ni lo valora.
Adoctrinamiento, rutina y abandono del pensamiento crítico
Otro efecto directo de esta dinámica es el debilitamiento del pensamiento crítico.
Un sistema que no fomenta el debate, que no exige lectura ni producción académica, termina formando profesionales funcionales, pero intelectualmente pasivos.
La conducta clínica se reproduce por imitación, no por comprensión.
Se sigue el protocolo sin analizarlo.
Se acepta la indicación sin discutirla.
No porque el residente no pueda hacerlo, sino porque nadie espera que lo haga. Así, el adoctrinamiento encuentra terreno fértil no en la imposición autoritaria, sino en la indiferencia intelectual.
La responsabilidad individual sigue existiendo
Nada de lo anterior exonera al residente de su responsabilidad personal. La apatía puede explicarse, pero no justificarse completamente.
Aceptar una plaza de residencia implica asumir que la formación especializada exige un compromiso que va más allá de las condiciones externas.
Sin embargo, es ingenuo pretender motivación sostenida en un entorno que no exige, no evalúa y no reconoce el esfuerzo académico. La motivación no se decreta; se construye con estímulos, desafíos y sentido.
Cierre final: corregimos el abuso, pero olvidamos el propósito
El sistema hizo lo correcto al corregir el abuso laboral. Pero cometió un error estratégico al no reconstruir, al mismo tiempo, el propósito formativo. Hoy pagamos ese desequilibrio con apatía, superficialidad y pérdida de densidad académica.
No porque los residentes sean peores, sino porque el sistema dejó de pedirles lo mejor.
Si queremos revertir esta tendencia, no basta con señalar al residente. Hay que volver a hacer de la residencia un espacio intelectualmente exigente, científicamente activo y pedagógicamente estimulante.
Porque cuando la residencia recupera su sentido, la motivación vuelve, la apatía cede, y el conocimiento vuelve a ocupar el centro Y ese es, en definitiva, el desafío que quedó pendiente tras la postguardia: no solo descansar mejor, sino formarse mejor.
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Dr. Yotin Ramón Pérez
Doctor en Medicina egresado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, postgrado en Obstetricia y Ginecología en el Hospital Central de las Fuerzas Armadas. Profesor de Simulación Obstétrica en Intec. Diplomado en Gerencia y Gestión hospitalaria.

