El barco avanzaba lentamente hasta quedar inmóvil. No hubo tormenta ni choque, solo el silencio progresivo del hielo cerrándose alrededor del casco. Era un silencio espeso, definitivo, que se filtraba en la madera, en los cuerpos y en la mente de los hombres. Habían partido con la convicción de estar escribiendo una página gloriosa de la historia imperial, convencidos de que la técnica, la disciplina y la fe en el progreso bastarían para someter cualquier geografía. Pero el norte no se dejó conquistar. El frío se volvió permanente, la oscuridad interminable y la espera y el hambre comenzaron a quebrarlos. Lo que debía ser una ruta hacia la India se transformó en una trampa sin salida. Allí, en medio del Ártico canadiense, comenzó una experiencia que hoy resuena mucho más allá de su tiempo.
En el segundo año de encierro, el nombre del barco ya no inspiraba seguridad ni orgullo. El HMS Terror, uno de los dos navíos de la expedición liderada por sir John Franklin en 1845, condensó como pocos el espíritu del imperio británico en su apogeo. La obsesión no era el norte por sí mismo, sino la India. Encontrar un paso marítimo por el Ártico significaba unir Londres con Calcuta de forma más rápida, asegurar el comercio y reforzar el dominio imperial. La desaparición del Terror y del Erebus selló el fracaso de ese proyecto. Años más tarde, el imperio encontraría una solución definitiva con la apertura del canal de Suez en 1869, que conectó Europa con Asia sin necesidad de desafiar el hielo. Allí terminó, de hecho, la exploración imperial del Ártico: el norte dejó de ser una prioridad estratégica y pasó a ser un territorio de tragedias, relatos y advertencias. El terror no fue solo humano, sino político: el descubrimiento de un límite que el imperio no podía cruzar.
Durante décadas, esta historia fue leída como una anomalía del pasado, una épica fallida propia de una era ingenua. Sin embargo, el siglo XXI la recuperó con una fuerza inesperada. La serie The Terror no solo reconstruyó la tragedia, sino que la resignificó para el presente. El horror no reside tanto en los elementos sobrenaturales que la ficción introduce, sino en la experiencia histórica real: hombres aislados, sin control sobre el entorno, viendo derrumbarse la idea misma de progreso. El hielo, inmóvil y omnipresente, funciona como un antagonista absoluto. La serie no habla únicamente del siglo XIX; habla de una civilización que descubre, una y otra vez, que no controla aquello que pretende explotar.
La exploración polar continuó después, desplazándose del norte al sur del planeta. A comienzos del siglo XX, Ernest Shackleton protagonizó la que durante décadas fue considerada la historia de supervivencia más extraordinaria jamás registrada. Tras quedar atrapado en el hielo antártico, su barco fue destruido y la expedición quedó a la deriva en uno de los entornos más hostiles del planeta. Durante meses, Shackleton y sus hombres resistieron sobre el hielo, navegaron en botes precarios, cruzaron mares imposibles y atravesaron montañas sin mapas hasta alcanzar la isla Georgia del Sur. Ningún miembro de la tripulación murió. Hasta la tragedia de los Andes en 1973, ninguna otra experiencia de supervivencia colectiva había ocupado un lugar tan central en el imaginario moderno. Allí, el terror no desapareció, pero fue contenido por el liderazgo, la cooperación y una comprensión lúcida de los límites humanos.
El año 2016 marcó un punto de inflexión que en su momento no supimos leer. Ese año fue localizado el HMS Terror en aguas del Ártico canadiense y, poco después, se confirmaría también el hallazgo del Endurance en el fondo del océano Antártico. No se trató solo de dos descubrimientos históricos. Fue la señal visible de un cambio profundo. Ambos barcos emergieron porque el hielo retrocedía. Lo que había permanecido oculto durante más de un siglo apareció al mismo tiempo que se debilitaban barreras naturales, se abrían rutas y el Ártico dejaba de ser un límite infranqueable. El pasado volvió a la superficie justo cuando comenzaba una nueva era geopolítica, aunque todavía no éramos conscientes de ello.
Durante años, el cambio climático fue relativizado o directamente negado. Sin embargo, la paradoja es evidente: quienes más lo negaron son hoy quienes avanzan con mayor decisión sobre el Ártico y rediseñan el mapa del poder global. Actúan como si hubieran aceptado plenamente el calentamiento del planeta, aunque lo sigan rechazando en el discurso. Nuevas rutas marítimas se vuelven viables, recursos estratégicos quedan expuestos y el norte deja de ser periferia para convertirse en centro. El Paso del Noroeste, aquel sueño imposible del siglo XIX, comienza a ser navegable. Lo que antes fue una condena hoy es una promesa económica, comercial y militar.
En ese nuevo tablero, Groenlandia ocupa un lugar decisivo. La isla, cubierta de hielo durante milenios, se ha convertido en un territorio estratégico por sus minerales críticos, su posición geográfica y el control de rutas aéreas y marítimas claves. El interés explícito de potencias como Estados Unidos, China y Rusia por Groenlandia marca un cambio de época. No se trata de ciencia ni de exploración, sino de influencia y dominio. Allí donde antes solo había hielo y aislamiento, hoy se proyectan bases, inversiones y disputas abiertas. El deshielo no trae neutralidad: trae conflicto.
Esta vez, el terror no afecta solo a expediciones aisladas. Es un miedo estructural. Ecosistemas colapsan, comunidades indígenas ven alteradas sus formas de vida y el clima global se vuelve más inestable. El temor ya no es el del explorador perdido, sino el de una sociedad que descubre que ha cruzado umbrales irreversibles. El hielo que antes detenía a los barcos hoy se derrite, y ese retroceso no trae alivio, sino una inquietud más profunda.
Hay una circularidad perturbadora en este retorno. Volvemos al norte, volvemos a los barcos, volvemos a hablar de rutas, de ambición y de dominio. Volvemos, también, al terror. No al terror romántico de la aventura, sino al terror contemporáneo de comprender que el modelo de progreso que nos sostuvo está mostrando sus límites. El Terror ya no es solo un barco atrapado en el hielo del siglo XIX: es el nombre de un mundo que regresa. Creímos haberlo dejado atrás, pero quizás solo lo habíamos congelado. Ahora, al derretirse el hielo, ese mundo vuelve a asomar.
Universidad Nacional de La Plata

