
SEÑOR DIRECTOR:
El bienestar de la población debe ser el norte de toda sociedad, pero este no surge del voluntarismo. El reciente Informe Mundial de la Felicidad confirma una realidad técnica: existe una correlación casi total entre prosperidad económica y bienestar subjetivo. Salvo contadas excepciones, los países más felices son los más prósperos; los más infelices, los más pobres.
Es imperativo derribar mitos ideológicos. Como aclaró el ex primer ministro danés Lars Løkke Rasmussen en Harvard en 2015, el éxito de los modelos nórdicos no radica en el estatismo, sino en economías de mercado abiertas con plena libertad individual. La receta es simple pero ineludible: primero se genera riqueza mediante la competencia y el incentivo al que produce; luego se distribuye.
Ya sabemos bien que no podemos esperar que la clase política sacrifique sus intereses electorales, pero sí que el ciudadano comprenda que el camino al bienestar es la prosperidad, no el empobrecimiento igualitario. Ningún hogar progresa trabajando menos o gastando lo que no tiene. Si insistimos en perseguir al que crea valor y en achicar la torta, el resultado inevitable será el hambre compartido.
Hans Christiansen



