Todos sabemos lo complicado que es quitarle un juguete a un niño. Puede ser que le toque bañarse, comer, estudiar o irse ya a dormir, y haya que separarle temporalmente de su entretención. O, a lo mejor, el juguete pertenece a un hermano mayor y es inapropiado para el de menor edad. O pudiera ocurrir que no sea realmente un juguete, sino un peligroso objeto de la casa puntiagudo o filoso. En ocasiones funciona bien ofrecerle cambiárselo por otra cosa o distraerlo con otra actividad. Otras veces, sin embargo, eso no da resultado, y hay que lidiar con la reacción en respuesta a lo que el menor interpreta como un despojo efectuado en su contra.
