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"Influye en la gobernabilidad y el marco regulatorio."
- Una decisión políticamente razonable y económicamente insostenible.
En medio de la convocatoria del segundo ciclo de conversaciones entre Washington y Teherán en Pakistán —y previo a que se anunciara la apertura total del estrecho de Ormuz por parte de Irán— donde se apuesta a buscar solución a una crisis que ha disparado a escala global el precio del barril del petróleo y sus derivados, el presidente Luis Abinader, reunido con los comerciales y empresarios en el Palacio Nacional, anunció el congelamiento de los precios de los combustibles.
Una decisión políticamente razonable y económicamente insostenible.
Por un lado, aplaza la sentencia del costo social y político del gobierno al contener la rabia colectiva que desata el incremento de los combustibles y todo lo que arrastra —costo de la vida—; además que le permite al Gobierno —si de narrativa se trata— reafirmar el discurso de que en medio de la crisis está protegiendo con un escudo espartano el bolsillo de los dominicanos. Por otro lado, se coloca contrario a las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional que se inclina por la idea del ajuste gradual y real de los precios de los combustibles y a la vez abona la tesis de los “precios mentirosos”, aquellos que no reflejan el costo real de los bienes y servicios, como ha enarbolado en varias ocasiones el ministro de Economía y Hacienda, Magín Díaz.
La élite palaciega, quizás hojeando con cautela los episodios turbulentos de la historia dominicana, le teme a una encendida primavera revolucionaria tradicional que pudiera aplastar implacable a la revolucionaria moderna.
En abril, hace 61 años, el pueblo salió a las calles exigiendo el retorno a la institucionalidad. Lo volvió hacer en otro abril, 19 años después de ese episodio épico, en las pobladas, tras la firma del acuerdo con al Fondo Monetario Internacional del presidente Jorge Blanco.
Esa es la razón fundamental del dialogo con la oposición que más allá de los dimes y diretes e intercambios retóricos para la galería, como dicen los españoles.
El gobierno inteligentemente ha neutralizado potenciales protestas de estructuras que tienen capacidad de encender la chispa de la indignación abrileña y movilizarla a las calles.
El expresidente Fernández, sentado muy cómodamente en la Fundación Global Democracia y Desarrollo (FUNGLODE), con la comisión del gobierno; —quizás como aliado— en su característico estilo pedagógico, reconoció en la rueda de prensa después la reunión con la comisión del Gobierno, que frente a la incertidumbre global es necesario que los todos los actores sociales apuesten por la paz y la estabilidad. Esa es la razón de las visitas.
Sin embargo, la medida que tomó el mandatario no aborda con responsabilidad una crisis que económicamente exige otra receta: ajustes graduales.
Según el economista Andy Dauhajre los subsidios generalizados van directamente al bolsillo del 20% de la población más rica del país. Es decir, son transferencias del Estado que no distinguen entre quienes realmente lo necesitan. ¿Por qué no aprovechamos el momento para reestructurar los subsidios para los sectores que realmente vulnerables? Si el propio gobierno ha reconocido en varias ocasiones que es insostenible para las finanzas públicas el actual esquema de subsidios, ¿Por qué no revisarlo? ¿Qué país, importador neto de petróleo, puede darse el lujo de tragarse la crisis, desangrando el presupuesto estatal, sin ajustar gradualmente el precio de los combustibles?
No se trata de que “palo si boga y palo si no boga” sino de explicarle la verdad a la población para que esté en modo crisis, a la hora de asumir los sacrificios que son inevitables debido a este conflicto geopolítico no generó la República Dominicana pero sí paga —como todo el mundo— los platos rotos.






