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- "2026-04-08T10:37:53+02:00" > 08/04/2026 10:37 "2026-04-08T11:08:57+02:00" > Actualizado a 08/04/2026 11:08 Estados Unidos ha sufrido otra derrota en otra guerra inútil que, de ninguna manera, podía ganar sin el sacrificio que exige en vidas humanas ocupar un territorio hostil.
Estados Unidos ha sufrido otra derrota en otra guerra inútil que, de ninguna manera, podía ganar sin el sacrificio que exige en vidas humanas ocupar un territorio hostil. Es una derrota de Donald Trump, que en el contexto actual no lo tendrá fácil para recuperar la credibilidad como presidente y la confianza de su base electoral como líder de MAGA, movimiento claramente contrario a las aventuras militares en países lejanos.
La retórica apocalíptica de la Casa Blanca no ha hecho mella en los ayatolás, tan buenos como Trump en incendiarlo todo con palabras. Los líderes iraníes tampoco se han doblegado bajo el diluvio de las bombas.
EE. UU. e Israel han alcanzado 13.000 objetivos militares, pero ninguno político
Israel y Estados Unidos han alcanzado 13.000 objetivos militares en Irán, pero ninguno político. Durante una campaña militar de cinco semanas que ha tenido un coste de mil millones de dólares diarios, han matado a varios dirigentes, sobre todo al líder supremo Ali Jamenei, pero no han conseguido controlar el estrecho de Ormuz, ni confiscar los 400 kilos de uranio enriquecido, ni forzar un cambio de régimen.
Hace cinco semanas, al inicio de la guerra, Trump exigió la rendición incondicional de Irán. Hoy el régimen no solo ha resistido, sino que es mucho más fuerte que entonces. El aparato represor sigue intacto. Es verdad que a medio plazo tendrá problemas para afrontar los retos económicos y sociales que soliviantan a una población exhausta y mayoritariamente en contra, pero los ayatolás y los guardianes de la revolución solo piensan en sobrevivir día a día.
El régimen iraní es una mafia con unos intereses que no son los del pueblo iraní. Cuanto mayor es el castigo que recibe del Satán americano, más se afianzan los pilares de su ideología. Las sanciones económicas y el aislamiento internacional perjudican a la ciudadanía iraní, pero dan vida a la elite religiosa y paramilitar.
Trump abandona una rueda de prensa en la Casa Blanca el pasado lunes. Julia Demaree Nikhinson / Ap-LaPresse
Trump conoce bien a las mafias. Ha trabajado con ellas para construir rascacielos en Nueva York y otras ciudades. Las relaciones internacionales de la primera potencia del mundo, sin embargo, no son un negocio inmobiliario.
Los ayatolás le han puesto encima de la mesa un documento que es inaceptable, pero que él no ha tenido más remedio que asumir para escapar del desastre que había provocado. en el contexto actual son ellos y no él quienes defienden posiciones maximalistas.
Estados Unidos, tampoco Israel y mucho menos las monarquías del Golfo pueden aceptar que el estrecho de Ormuz esté bajo control de las fuerzas armadas iraníes. No pueden permitir, tampoco, que Irán conserve el uranio y el programa nuclear. Y no pueden pasar por el aro de levantar las sanciones económicas, pagar compensaciones de guerra y, aún menos, garantizar que no volverá a ser atacado.
El pilar fundamental del régimen es “muerte a Israel” y “muerte a Estados Unidos”. Sin desmontarlo es imposible pactar nada y, sin pactar nada, el riesgo de volver a las armas cuando dentro de dos semanas expire el alto el fuego es muy alto.
A la administración Obama le llevó 20 meses negociar el acuerdo nuclear del 2015. Fue muy difícil, pero acabó muy bien. Estados Unidos logró que Irán sacara del país el 97% del uranio que había enriquecido casi hasta el nivel necesario para fabricar una bomba atómica. Cuando Trump, presionado por Netanyahu, denunció el acuerdo con el argumento de que Irán no lo estaba cumpliendo, la Agencia Internacional de la Energía Atómica y los otros países que lo habían firmado presentaron pruebas irrefutables de que no era así. Hoy, Irán tiene suficiente uranio para unas diez bombas.
La República Islámica tiene dos grandes activos estratégicos: Ormuz y la bomba. Puede estrangular el flujo de los combustibles y los fertilizantes que mueven y alimentan al mundo. También puede hacer mucho daño a sus vecinos. Lo ha demostrado sobradamente.
Si la mejor fuerza ofensiva del mundo no ha conseguido arrebatarle estos activos estratégicos, está claro que la guerra no era una buena opción. No lo ha sido esta vez, pero es que no lo ha sido en ningún escenario para Estados Unidos en Oriente Próximo. El desastre de la invasión de Irak debería haber servido de lección, pero nadie le habla a Trump y quien lo hace para hacerle ver sus errores es despedido, como le pasó el jueves pasado al jefe del Estado Mayor. Cuando los generales pierden la confianza del presidente por hacer bien su trabajo, está muy clara la decadencia del sistema político.
Esta ha sido una guerra ilegal e inmoral, que ha causado más de 1.200 muertos en Irán y más de 1.500 en Líbano, entre ellos centenares de niños. Ha sido, además, una guerra inútil que ha herido políticamente a Trump y hundido la imagen de Estados Unidos en todo el mundo, sobre todo en Europa y Asia. Corresponde al pueblo estadounidense, a través de sus representantes políticos, pedir en el contexto actual responsabilidades.
Corresponsal diplomático de La Vanguardia. Ha cubierto los principales acontecimientos internacionales desde la caída del muro de Berlín y numerosos conflictos en especial en Oriente Próximo. Como corresponsal en EE. UU. fue testigo del 11-S



