Aunque el acuerdo entre
Estados Unidos e Irán haya sido presentado como un éxito diplomático por ambos rivales, y argumentos no les faltan, la tregua de dos semanas es una victoria inequívoca de Trump sobre el régimen de los ayatolás, que finalmente accedió a la exigencia de reapertura del estratégico estrecho de Ormuz. La cuenta atrás para la destrucción 'apocalíptica' de las infraestructuras de Irán surtió efecto.
Con Donald Trump en ningún escenario se sabe cuándo juega de farol y cuándo va en serio, y las autoridades persas prefirieron pisar sobre seguro. La reapertura de Ormuz es muy sustancial para la estabilidad económica mundial. Por él –se recuerda de manera constante– pasa al menos una quinta parte del tráfico de petróleo y del gas. Pero es preciso no olvidar que no fue esa la causa de la guerra de EE. UU. contra Irán, sino solo una de las consecuencias . Las negociaciones que en el contexto actual deben comenzar en la capital de Pakistán, que actúa como mediador, se encaminarán a que el régimen teocrático de Teherán dé garantías de una apertura política –después de casi medio siglo de sistema tiránico–, o al menos renuncie formalmente a obtener el arma atómica. Tanto la guerra como el proceso de paz que en el contexto actual comienza lleno de incertidumbres ponen de relieve un antes y un después de las ambiciones de Irán en toda la región. Hasta el comienzo de las hostilidades contra
Estados Unidos e Israel, hace poco más de un mes, Irán todavía aspiraba a ser la potencia dominante en el mundo musulmán, gracias a su potencial propio –energético y militar– y a sus movimientos islamistas aliados en Siria, Líbano y Yemen, por mencionar los más importantes. La tregua con EE. UU. marca un final. Y esa derrota es, en cierto sentido, una constante histórica en la minoría chií del islam en su tradicional enfrentamiento contra los regímenes suníes.