
Hace 90 años, en la Plaza de La Concordia, ubicada en el centro de Caracas, operaba el mayor centro de tortura: la cárcel de los presos políticos del general Juan Vicente Goméz, conocida como la Rotunda. Hoy en día, gran parte de la población olvidó esos hechos y la cotidianidad sigue su paso por el lugar. La presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, anunció recientemente que El Helicoide, el símbolo de las violaciones de los derechos humanos en el país, sería convertido en un centro de recreación.
Para los defensores de los derechos humanos e historiadores, consultados por Efecto Cocuyo, transformar El Helicoide en un centro recreativo sería un daño a la memoria colectiva del venezolano, cuyo fin busca olvidar la vejaciones a los derechos fundamentales de la población, documentadas tanto por organizaciones nacionales como internacionales.

Tras la muerte del dictador Gómez en 1935, el presidente Eleazar López Contreras ordenó la demolición de la estructura. El objetivo era eliminar un símbolo de opresión, transformando el terreno en la actual Plaza La Concordia. Aunque el espacio hoy es un parque público con un obelisco, no todo el que allí se siente a descansar se imagina el terror que vivieron quienes eran detenidos en esa prisión.

Posteriormente, la dictadura de Marcos Pérez Jiménez tecnificó la persecución mediante la Dirección de Seguridad Nacional lo que se asemeja a lo que hoy es el Sebin. Su sede en la Plaza Morelos fue el eje de interrogatorios y torturas dirigidos por Pedro Estrada. Tras la caída del régimen, el edificio fue demolido y en su lugar se erigió el Hotel Hilton Caracas, luego nombrado Hotel Alba en chavismo.

Otros espacios de la policía política en El Paraíso fueron convertidos en centros de salud, como la Clínica Popular de El Paraíso. Asimismo, el campo de concentración en la Isla de Guasina, donde opositores padecieron trabajos forzados y enfermedades, es hoy un pantano deshabitado.
A diferencia de estos, la cárcel de San Juan de los Morros, inaugurada por Pérez Jiménez, permanece activa, evidenciando cómo algunos centros de reclusión cambian de mando pero mantienen su propósito original.
El olvido favorece a la reincidencia
El periodista Carlos Julio Rojas estuvo detenido durante un año y ocho meses en El Helicoide, de donde salió el 14 de enero de 2026, y rechaza la propuesta oficial de transformar la sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) en un espacio para el esparcimiento.
Rojas, quien ha denunciado ser víctima de torturas dentro de la estructura, sostiene que la edificación debe servir para la educación y el reconocimiento de las violaciones a los derechos humanos.
“El Helicoide en democracia debería ser convertido en un museo como existe en otros países que han pasado por regímenes autoritarios”, afirmó Rojas.
Para el comunicador, la preservación del estado original de las áreas de reclusión es fundamental para la conciencia ciudadana. Rojas argumenta que el olvido favorece la reincidencia de las prácticas represivas.
“Conservar el espacio tal como funcionó durante los años de represión es la única forma de garantizar que estos hechos queden sembrados en la memoria del venezolano y no se repitan”, sostuvo Rojas.
La perspectiva histórica
La historiadora Margarita López Maya analiza la propuesta gubernamental de crear un complejo cultural y deportivo en El Helicoide como una estrategia para diluir la responsabilidad política.
Según López Maya, existe una tensión natural entre la víctima, que necesita recordar para obtener justicia, y el victimario, que promueve el olvido para garantizar su impunidad.
“Es lógico que se esté proponiendo un campo cultural deportivo y de entretenimiento, porque la memoria le corresponde a la víctima y los victimarios lo que buscan es el olvido”, explicó la historiadora.
La académica destaca que en sociedades que han transitado hacia la democracia, los centros de tortura se preservan como espacios de aprendizaje. Cita ejemplos internacionales como la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma) en Argentina o el Museo de la Memoria en Lisboa, donde se exhiben evidencias y testimonios de los horrores de las dictaduras de la región y de Salazar, respectivamente.
“Los alemanes muestran los horrores del nazismo a los niños del colegio en los campos de concentración. Eso es lo que hay que hacer: un museo de la memoria para que tengamos justicia y reparación”, indicó.
López Maya dvierte que la falta de una cultura de derechos humanos en las transiciones históricas venezolanas —como ocurrió de Gómez a López Contreras o tras la caída de Pérez Jiménez— ha permitido que los ciclos de represión se repitan. Señala que, a diferencia del pasado, donde la represión era más selectiva hacia cuadros políticos, la violencia actual alcanzó niveles masivos.
“Aquí la represión es masiva contra la población, incluso la que no tenía nada que ver con política. Se ha torturado al muchacho por caminar cerca de una protesta o a los padres porque un hijo estaba en política”, detalló.
Finalmente, López Maya recalca que el procesamiento de los traumas sociales es un requisito para la madurez de una nación. La instalación de placas, monumentos o centros de memoria en zonas urbanas sirve como un recordatorio constante de que la violación masiva de derechos no debe tener cabida en el futuro del país.
Que sea un espacio recreativo es una forma de revictimización
Gabriela Buada, defensora de derechos humanos y coordinadora de la ONG Caleidoscopio Humano, aborda la transformación de El Helicoide desde el impacto psíquico en las víctimas y sus familiares. La organización documenta casos de tortura y tratos degradantes en el recinto desde el año 2014 y califica la intención recreativa como una forma de revictimización.
“Entendemos que esa necesidad de negación corresponde a una trivialización del sufrimiento y a la desconsideración de quienes padecieron violaciones graves a la integridad física y psíquica”, afirmó Buada.
Señala que el simple hecho de transitar cerca de la estructura genera ataques de pánico y crisis psicológicas en personas que estuvieron detenidas allí. Convertir el lugar en un centro de diversión ignora las secuelas permanentes que enfrentan los sobrevivientes del sistema penitenciario y de inteligencia.
“Muchísimas de estas personas experimentan episodios psíquicos que pudiesen tomarse en cuenta como revictimización. Imagínate una persona que todavía tenga secuelas y vea esto convertido en centro de recreación”, cuestionó.
La coordinadora de Caleidoscopio Humano propone que El Helicoide siga modelos como el de la Defensoría del Pueblo en Uruguay, donde las oficinas funcionan sobre lo que anteriormente fue un centro de tortura preservado como museo. Para Buada, la voluntad política hacia la paz se demuestra permitiendo que la sociedad no olvide y rindiendo homenaje a las víctimas.
“Esta decisión de transformar El Helicoide en un centro de recreación pasando la página contradice los principios de justicia y puede contribuir a la impunidad y al olvido de los hechos”, advirtió Buada.
La defensora concluye que El Helicoide es reconocido internacionalmente como uno de los centros de detención más emblemáticos de la región. Por ello, cualquier intento de modificar su uso sin un proceso de reconocimiento histórico es visto por las organizaciones civiles como una maniobra de «lavado de cara» para ocultar la realidad de lo ocurrido en sus celdas.
“Es fundamental que sigamos exigiendo que se preserven espacios como El Helicoide en cuanto a la memoria, no solamente para honrar a las víctimas sino para fortalecer la cultura del respeto”, finalizó Buada.
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