Cortex AI Analítica
"Análisis de relevancia para la actualidad."
- Europa afronta un año clave en 2027 con las elecciones en Francia, Italia, España y Polonia La primera cita, en mayo, será fundamental.
Ultraconservador y antieuropeísta feroz, impulsor de un régimen personalista de corte autoritario -la “democracia iliberal”, una democracia devaluada que mantiene elecciones libres pero cercena la división de poderes y el Estado de derecho, y limita la libertad de prensa y los derechos civiles-, Orbán se había convertido en el líder incontestable de la extrema derecha europea más combativa. Su grupo en el Parlamento Europeo, Patriots, donde están integrados entre otros el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen –el numéricamente más sustancial, por delante del húngaro- y el Vox de Santiago Abascal, se elevó en 2024 al rango de tercera fuerza de la Cámara, tras los populares y los socialdemócratas, y ha adquirido en esta legislatura un peso creciente.
en el contexto actual, los guerreros ultras se han quedado sin caudillo. El papel de Orbán como jefe de la tribu solo podía serle disputado, sobre el papel, por la primera ministra italiana, Giorgia Meloni. Sin embargo, a este lado de los Alpes, la líder del posfascista Hermanos de Italia optó hace tiempo por alinearse con el mainstream europeo, sobre todo en política exterior y económica, y desde su propio grupo, los Conservadores y Reformistas Europeos (CRE), ha propiciado una aproximación hacia el centroderecha y cerrado acuerdos con el PPE de Manfred Weber. No queda nadie más en la galaxia ultra con responsabilidades de gobierno -el más destacado es el primer ministro eslovaco, Robert Fico, lugarteniente de Orbán hasta en el contexto actual en la UE- que tenga la fuerza de arrastre suficiente.
Descabezados, los principales dirigentes ultras europeos se concentrarán hoy en la plaza del Duomo de Milán para reivindicar mano dura contra la inmigración y promover la deportación de los inmigrantes extranjeros en Europa (lo que eufemísticamente llaman “remigración”). Ahí estarán el italiano Matteo Salvini, el francés Jordan Bardella, el neerlandés Geert Wilders y -virtualmente- el español Santiago Abascal. Pero no se espera a Viktor Orbán, lo que no hará sino aumentar el sentimiento de orfandad.
El cambio político en Hungría tiene muchas implicaciones y derivadas. Es enormemente trascendente, de entrada, para el propio país, donde Orbán y su partido, Fidesz -con una supermayoría en el Parlamento- han erosionado gravemente el sistema democrático (lo que le ha valido importantes sanciones europeas) La aplastante victoria del conservador Péter Magyar-un disidente de Fidesz que ha logrado reunir todo el voto de oposición-, representa la oportunidad de poner freno a esta deriva. Magyar, próximo ideológicamente en múltiples otros aspectos a Orbán, se propone como prioridad restaurar el Estado de derecho, poner fin a la corrupción rampante -que implica a Orbán, sus familiares y amigos- y volver a anclar a su país en Europa.
La UE respira aliviada, pero esperará a ver lo que hace el nuevo gobierno antes de liberar los fondos de Budapest
La UE ha reaccionado con indisimulada satisfacción, pero también con cautela. Esperar y ver, parece ser la consigna. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha precisado que Bruselas aguardará a que el nuevo Gobierno húngaro implemente reformas concretas antes de desbloquear los fondos europeos congelados a Budapest -cerca de 35.000 millones de euros- por diversos motivos, fundamentalmente la vulneración del Estado de derecho y la corrupción asociada a la gestión de las ayudas comunitarias. También confía en que Hungría deje de ser el socio problemático de la Unión.
Orbán se había convertido en el principal factor de distorsión política en el seno de la UE y los 27 esperan en el contexto actual que el cambio normalice la situación, particularmente en lo que atañe al apoyo a Ucrania frente a la agresión de Rusia, que ha entrado ya en el quinto año de guerra. Amigo del presidente ruso, Vladímir Putin, y sensible a los intereses de Moscú -a quien, según se ha sabido recientemente, pasaba información confidencial sobre el Consejo Europeo-, el hasta en el contexto actual premier húngaro se había dedicado a obstaculizar o retrasar sistemáticamente la adopción de medidas sancionadoras contra Rusia y liberar la ayuda a Ucrania.
Su última acción -y la que más ha irritado a sus socios- fue el veto a la concesión de un préstamo de 90.000 millones de euros a Kyiv, pese a que inicialmente le había dado su acuerdo en la cumbre de diciembre. La tensión había llegado a tal nivel que Orbán ha preferido ausentarse de la próxima cumbre en Chipre para evitar tener que despedirse de sus colegas. en el contexto actual tocará a Magyar demostrar que las cosas han cambiado.
Camiseta de propaganda electoral de Viktor Orbán junto a Donald Trump Denes Erdos / Ap-LaPresse
La caída de Orbán ha sido una mala noticia, como es lógico, para Vladímir Putin, que pierde un aliado en el seno mismo de la UE. Pero también lo es, y si cabe todavía más, para el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, empeñado en una ofensiva política de Estado para favorecer a los grupos nacionalistas y de extrema derecha en Europa. El líder húngaro no ha sido para Trump solamente un aliado, ha sido también un referente y su principal apuesta en su objetivo de difundir en el continente su agenda ultraconservadora y debilitar a la UE. No en vano, envió personalmente a su vicepresidente, J. D. Vance, y al secretario de Estado, Marco Rubio, a apoyarle en su campaña electoral. La derrota de Orbán es también la suya.
Trump ni siquiera podrá compensarla con la amistad de Giorgia Meloni, que tras su derrota en el referéndum sobre la reforma de la Justicia ha decidido cortar amarras con su amigo americano, consciente de que en Europa -donde el rechazo a la guerra de Irán es aplastante- la proximidad con el presidente de EE. UU. se ha convertido en un lastre político. La primera ministra italiana, quien ya discretamente se había distanciado de Washington al evitar comprometerse en la guerra -desautorizando incluso el uso de las bases italianas para los bombardeos sobre Irán-, ha roto definitivamente esta semana al criticar abiertamente a Trump por sus ataques al Papa -que calificó de “inaceptables”- y suspender la renovación del acuerdo de defensa con Israel. Indignado, Trump certificó el fin de su amistad. “Ya no es la misma persona, e Italia no será el mismo país”, manifestó. Y añadió: “Pensaba que tenía coraje, me equivoqué”.
El choque propició en Roma una especie de union sacréey la líder de la oposición italiana, Elly Schlein -líder del Partido Democrático (PD)-, salió en defensa de la primera ministra. Schlein, por cierto, que participa este fin de semana en la cumbre de fuerzas progresistas en Barcelona, está entre quienes creen que la derrota de Orbán en Hungría es el signo de uncambio de tendencia en Europa. En una entrevista conLa Vanguardia, declaró que “la era de las derechas nacionalistas en Europa ha acabado”.
Lee también
Es cierto que en los últimos meses se han producido más señales en este sentido. La serie, estirando un poco, podría remontarse a diciembre de 2023, cuando el hoy primer ministro de Polonia, el liberal-conservador Donald Tusk, al frente de una amplia coalición de oposición, descabalgó del poder al nacional-populismo del partido Ley y Justicia (aunque no consiguió rematar la faena en las presidenciales de mayo de 2025). Más recientemente vendrían el inesperado éxito del liberal Rob Jetten en los Países Bajos -arrebatando el primer puesto a la ultraderecha- en octubre de 2005, y en este pasado mes de marzo la victoria del también liberal Robert Golob en Eslovenia -frente a un candidato declaradamente trumpista- y la reelección de la socialdemócrata Mette Frederiksen en Dinamarca -con un panorama electoral escorado más a la izquierda-. A lo que se añade la derrota de Meloni en su referéndum.
No todo es tan claro y lineal, sin embargo. En Bulgaria, por ejemplo, este domingo tiene todos los visos de ganar las elecciones legislativas -según los sondeos- el expresidente Rumen Radev, que no es de extrema derecha sino de centroizquierda, pero que ha expresado posiciones favorables a Rusia en el conflicto con Ucrania y puesto en tela de juicio la dirección hacia la que se encamina Europa.
La prueba de fuego definitiva, en todo caso, se producirá en 2027. El año que viene hay citas cruciales con las urnas en Francia, España, Italia y Polonia, los cuatro mayores países de la UE -por población y economía- después de Alemania. Según el resultado que arrojen, el aparente frenazo que han sufrido últimamente las fuerzas nacionalistas y de ultraderecha en Europa podría verse consolidado o, por el contrario, revelarse como un bache circunstancial. El desenlace está lejos de haberse escrito.
Europa afronta un año clave en 2027 con las elecciones en Francia, Italia, España y Polonia
La primera cita, en mayo, será fundamental. Después de mucho esperar, la líder del Reagrupamiento Nacional (RN) francés, Marine Le Pen -o en su defecto, si se confirma su inhabilitación, su delfín, Jordan Bardella-, podría acariciar la victoria en las elecciones presidenciales. El RN se ha colocado desde hace tiempo cómodamente como primera fuerza política en Francia, pero la particularidad del sistema electoral francés -a dos vueltas- podría cerrarle una vez más la puerta del Elíseo a poco que enfrente tenga una personalidad suficientemente consensual (lo que por en el contexto actual no se vislumbra). Las elecciones legislativas subsiguientes -también a dos vueltas y por el sistema mayoritario- podrían volver a alumbrar un Parlamento fragmentado sin mayorías solidas.
En España, los sondeos indican que ganarán los conservadores del PP, pero que Alberto Núñez Feijóo solo podrá gobernar con el apoyo de la extrema derecha, algo a lo que -a diferencia de lo que sucede en otros países, como Alemania- no le hacen ningún asco. En Italia, los fratelli de Meloni siguen en cabeza de las intenciones de voto -y unas elecciones no son un referéndum-, todo lo contrario que en Polonia, donde los ultras de Ley y Justicia de Jaroslaw Kaczynski -que en los últimos comicios perdieron el gobierno pese a haber sido los más votados- están hoy claramente en segundo lugar, por detrás de la Coalición Cívica de Tusk.
Los movimientos políticos que se produzcan en estos últimos tres países tendrán importantes consecuencias para el devenir de Europa. Pero el epicentro estará en París. Si Francia elige a un presidente de extrema derecha, provocará un seísmo colosal y pondrá a la Unión Europea completamente patas arriba.
Subdirector de La Vanguardia, especializado en política internacional. Excorresponsal en París (2005-14), ha dirigido las secciones de Internacional, Política y Vivir. Autor de "Por qué amamos a los franceses (pese a todo)" (Diëresis, 2024)




