Durante diez noches, cientos de gatos regresaron simbólicamente a sus raíces sagradas en una exposición egipcia tan inusual como histórica en China.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante diez noches en Shanghái, un museo decidió romper con siglos de tradición: abrir sus puertas no solo a personas, sino también a felinos. Lo que parecía una extravagancia moderna se transformó en un fenómeno cultural y mediático que entrelazó el pasado milenario de Egipto con la nueva fiebre global por las mascotas. El resultado: una experiencia única donde los gatos —esos mismos que en el antiguo Nilo eran venerados como símbolos divinos— caminaron de nuevo entre sarcófagos y estatuillas sagradas, aunque esta vez en cochecitos acolchados y bajo luces LED.
La exposición se titulaba En la cima de la pirámide: la civilización del antiguo Egipto y albergaba casi 800 piezas originales, muchas relacionadas con el culto a Bastet, la diosa felina protectora del hogar, la fertilidad y los secretos. Pero fue su versión nocturna, las llamadas “Noches Meowseum”, la que convirtió el evento en un fenómeno viral: por primera vez, un gran museo nacional abría sus puertas a cientos de gatos domésticos acompañados de sus dueños. Una propuesta tan insólita como precisa desde el punto de vista simbólico.
Los egipcios no domesticaron gatos por capricho. Hace más de 3.000 años, los felinos comenzaron a ganar un lugar en los hogares como cazadores de serpientes y ratas. Pero no tardaron en ascender de la cocina a los altares. Representaciones de Bastet proliferaron, primero como leona, luego como mujer con cabeza de gato. En Saqqara, donde recientemente se excavó un templo dedicado a ella, se hallaron miles de momias felinas y estatuillas de bronce con formas gráciles. Los gatos no solo eran protegidos: eran parte del linaje espiritual del país del Nilo.
Volver a encontrarlos en un templo, aunque fuera dentro de un museo chino del siglo XXI, tiene algo de justicia poética.
Un museo, 200 gatos y una idea arriesgada
Cada sábado, durante dos horas, el museo recibía a un máximo de 200 gatos —y a 2.000 humanos— en una experiencia cuidadosamente diseñada para evitar el caos. Los felinos no podían ir sueltos: viajaban en cochecitos, mochilas especiales o bolsos ventilados. Se habilitaron zonas de descanso, puntos fotográficos y un estricto protocolo de seguridad que incluía veterinarios de guardia, rutas diferenciadas de entrada y personal de rescate animal con redes por si algún explorador decidía escapar.
Y sí, cada noche unos cuantos lo intentaron. Pero ninguno se perdió. De hecho, se transformaron en protagonistas. Las redes sociales se llenaron de imágenes de gatos contemplando esfinges, posando junto a sarcófagos o simplemente bostezando ante papiros de miles de años. La línea entre lo sagrado y lo doméstico, entre lo histórico y lo adorable, nunca fue tan fina.

A los visitantes se les pedía algo más que cariño por sus mascotas: vacunación al día, evaluación de la personalidad del gato y una dosis de sentido común. Porque no todos los felinos disfrutan de la multitud ni de las vitrinas. Aun así, la respuesta fue tan abrumadora que las entradas con mascota se agotaban en cuestión de minutos.
Bastet renace en Shanghái: arqueología, mercado y emociones
La elección del antiguo Egipto no fue casual. Las conexiones simbólicas entre esa civilización y los gatos eran el anzuelo perfecto. Pero también respondía a una estrategia más amplia de modernización y apertura de los museos asiáticos, que en los últimos años han buscado formas creativas de atraer nuevos públicos sin renunciar al rigor académico.
Y funcionó. La venta de merchandising con temática felina superó los 100 millones de yuanes. Más de mil productos fueron diseñados para la ocasión: réplicas de Bastet, juguetes, camisetas, arte digital, joyas, mochilas, tazas. Para muchos asistentes, la visita se convertía en un rito de iniciación: su gato, al igual que los antiguos del Nilo, podía contemplar las huellas de sus ancestros.

Para el museo, el éxito no fue solo económico o mediático. Supuso una declaración de intenciones. Mostrar que la cultura histórica puede dialogar con las emociones modernas, que la veneración antigua puede reactivarse a través de la ternura, que un templo no deja de ser un templo solo porque haya una cola de gatos en su entrada.
Y es que, en el fondo, esta propuesta contenía un experimento antropológico: comprobar cómo una sociedad contemporánea puede resignificar un símbolo ancestral, trasladarlo al presente y dotarlo de nuevos matices afectivos.
¿Una moda pasajera o el futuro de los museos?
Aunque las "Noches Meowseum" no se repetirán —al menos en Shanghái—, el eco del experimento ya se ha dejado sentir en otros centros culturales. Algunos museos privados han comenzado a programar días especiales para perros o eventos temáticos para animales pequeños. Incluso se habla de recorridos sensoriales para mascotas, con luz, sonido y temperatura adaptados.

¿Estamos ante una revolución museística o simplemente ante una moda viral? Quizá ambas. Pero lo cierto es que los museos, tradicionalmente vistos como espacios de contemplación silenciosa, comienzan a explorar su dimensión más emocional. Y pocas cosas despiertan más empatía hoy en día que una mascota feliz mirando una escultura de hace 3.000 años.
Para la cultura egipcia, el gato no era un simple animal de compañía. Era un guardián del hogar, un protector de los vivos y un mensajero del más allá. En su forma más divina, era Bastet; en su versión doméstica, un miembro más de la familia. Que miles de personas en Shanghái hayan querido compartir con sus gatos ese reencuentro simbólico no solo dice mucho del vínculo humano-animal actual, sino también de la necesidad de conectar con lo sagrado de nuevas formas.
La historia no siempre se revisita con documentos o excavaciones. A veces, basta con dejar que un gato entre en el templo.

