Hay días en los que percibes a tu alrededor una intensidad suicida que contrasta con tus ganas de vivir. Hoy, por ejemplo, salí de la cama eufórico. Probé un nuevo champú que resultó muy refrescante. Pero, al abandonar la ducha, un frasco de perfume por el que siento un gran aprecio se arrojó desde una balda para estrellarse contra el suelo. Lo hizo mientras yo permanecía de espaldas, de modo que no lo vi en el momento de lanzarse al vacío, aunque escuché el estrépito que hizo al romperse. A lo mejor, dirán algunos, estaba mal colocado, porque resulta difícil atribuirles voluntad alguna a los objetos. Es más tranquilizador pensar eso. Pero los objetos son muy hijos de puta.
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