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- Donald Trump anunció su prórroga el pasado martes, cuando el pacto estaba a punto de expirar, y manifestó que la extensión se mantendrá de manera indefinida.
Tras unas seis primeras semanas marcadas por el uso de la fuerza militar, con los bombardeos masivos de Israel y Estados Unidos sobre territorio iraní y los ataques de Teherán contra los países del Golfo, la contienda ha entrado en una fase deni guerra ni paz.
Sobre el papel, el alto el fuego acordado el 8 de abril sigue vigente. Donald Trump anunció su prórroga el pasado martes, cuando el pacto estaba a punto de expirar, y manifestó que la extensión se mantendrá de manera indefinida.
El presidente estadounidense aseguró que tomó esa decisión por petición de Pakistán, el país que ha asumido el rol de mediador en esta crisis, y que la idea es dar margen al régimen de los ayatolás para que presente “una propuesta” para resolver el conflicto. Según Trump, el Gobierno iraní está “gravemente dividido”, y por eso tiene dificultades para retomar las negociaciones con la Casa Blanca.
Sin embargo, pese a que los bombardeos a gran escala han cesado, la tregua se ha revelado del todo inefectiva en el estrecho de Ormuz, convertido hoy en el epicentro de las tensiones entre EE. UU. e Irán.
El alto el fuego no ha servido para reabrir el estrecho: quien cruza sin permiso de Teherán se expone a un ataque
La vía marítima que canaliza el 20% del tráfico mundial de petróleo y gas natural licuado sigue bajo el control de la Guardia Revolucionaria, a pesar de que el acuerdo de alto el fuego con Washington contemplaba su apertura total e inmediata.
Estrecho de Ormuz
Los buques pasan con cuentagotas, como durante los días de guerra abierta, y lo hacen siguiendo las directrices de Teherán. Quien ose desafiar las normas, se expone a un ataque. Esta misma semana, el cuerpo militar iraní ha exhibido su músculo capturando dos portacontenedores que pretendían cruzar el estrecho sin permiso.
Al bloqueo de Ormuz se suma el cerco naval de EE. UU. a los puertos de Irán. Desplegada en aguas internacionales del golfo de Omán, la flota estadounidense impide desde hace dos semanas la entrada y salida de embarcaciones al país persa. La Armada no se limita a lanzar advertencias y cerrar el paso a los buques: el pasado domingo, confiscó dos mercantes iraníes, uno de los cuales fue atacado con misiles.
Con este cerco marítimo, Washington busca dañar la economía de Irán, ya de por sí muy debilitada por años de sanciones, con la idea de forzar al régimen a reabrir Ormuz y sentarse en la mesa de negociación. Es la misma estrategia que Teherán aplica en el estrecho: el estrangulamiento de las finanzas como herramienta de presión y de desgaste.
Un iraní camina junto a una formación de pertenencias de niñas muertas tras un bombardeo AFP
La República Islámica denuncia que ese bloqueo supone una violación flagrante del acuerdo de alto el fuego y que no reabrirá Ormuz hasta que Washington dé marcha atrás, pero Trump ya ha dicho que no piensa levantar el cerco hasta que Teherán “sea capaz de llegar a un acuerdo”. “Tengo todo el tiempo del mundo, pero Irán no”, expresó el jueves.
El cerco marítimo de EE. UU. a los puertos iraníes se ha convertido en otra fuente de tensión
De esta manera, el conflicto se ha convertido en un pulso: ¿cuál de los dos bandos será el primero en pestañear?
El régimen de los ayatolás ya ha demostrado una gran capacidad para soportar el dolor durante esta guerra. Ni los bombardeos masivos ni la eliminación de gran parte de su cúpula le han impedido seguir plantando cara a sus enemigos. Y aunque el cerco estadounidense supone un duro golpe a sus exportaciones petroleras –una fuente de ingresos vital–, los expertos consideran que el país dispone de suficientes recursos para capear el temporal. “Pasará mucho tiempo antes de que la crisis económica obligue a Irán a ceder”, aseguraba a la agencia AFP Jamie Ingram, analista del Middle East Economic Survey.
Más cuestionable es la tolerancia al dolor de Washington. Cada día que pasa con Ormuz taponado incrementa el riesgo de un cataclismo financiero global. La escasez de energía y materias primas provocada por el cierre del estrecho ya se deja notar en Asia y Europa, y puede acabar disparando la inflación en EE. UU. Un mal escenario para Trump, que en noviembre afronta las elecciones legislativas de mitad de mandato.
De todas maneras, tampoco hay que dar por hecho que el actual limbo se vaya a prolongar en el tiempo. La situación es muy volátil. Cualquier incidente puede prender la mecha de una nueva escalada bélica: además de Ormuz, Líbano es otro foco de tensión, debido al incumplimiento sistemático de Israel del alto el fuego decretado por Trump.
Washington ya se ha preparado para ese escenario. En estas semanas de tregua, el Pentágono ha seguido acumulando efectivos en la región, y ha trazado varios planes que implicarían el despliegue de tropas sobre el terreno, como la toma de la islas que permiten controlar Ormuz o la captura del uranio enriquecido que conserva Irán.
Trump ha cambiado los bombardeos por el pulso económico, con la idea de forzar una negociación
Sin embargo, el recrudecimiento del conflicto podría tener también un enorme coste para EE. UU., y sin garantías de que ello sirva para derrocar al régimen de los ayatolás, el objetivo que supuestamente motivó el inicio de la ofensiva lanzada el 28 de febrero, y que dos meses después parece más lejano que en ningún escenario.
Periodista. Redactor de Internacional de La Vanguardia.






