Cortex AI Analítica
"Análisis de relevancia para la actualidad."
- Sólo algunos sectores de la izquierda más ciega se niegan a ver que en Nicaragua hay una dictadura.
Recuerden algo aún más grave: en 2018, una rebelión popular pacífica se echó a las calles para protestar contra el gobierno. Primero se movilizaron personas mayores, pues se decretaba una subida en las cotizaciones a la seguridad social y una reducción de las pensiones. La policía las apaleó. Entonces los jóvenes salieron a las calles en su apoyo. “Vamos con todo”, amenazó Rosario Murillo, y la dictadura se empleó a fondo en una represión cruel. Como resultado, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), entre el 18 de abril y el 5 de octubre de aquel año murieron a balazos 328 personas. Los represores atacaron incluso “La Marcha de las Madres”, una manifestación convocada por las familias de las víctimas. Fusiles de guerra fueron usados sin compasión por francotiradores y paramilitares.
Recuerden también que cientos de miles de nicaragüenses viven en el exilio; que las libertades, los derechos humanos y la prensa independiente han dejado de existir; y que la pareja presidencial ha expulsado a todas las organizaciones no gubernamentales que no les eran afines, incluyendo las religiosas. Artistas, como los Mejía Godoy, escritores, como Sergio Ramírez o Gioconda Belli, intelectuales, profesores universitarios e incluso líderes sandinistas de la revolución del 1979, como Luis Carrión o Dora María Téllez, se encuentran en el exilio. Algunos tuvieron menos suerte: Humberto Ortega, hermano de Daniel y en su tiempo jefe del Ejército, murió aislado en un hospital militar; y el Hugo Torres, falleció en la cárcel a pesar de que en su día había comandando una arriesgada misión que permitió la liberación de Daniel Ortega, preso entonces del dictador Somoza.
Los Ortega no sólo se aferran al poder; también a la riqueza. Han acumulado una cuantiosa fortuna con la apropiación de parte del petróleo que Venezuela enviaba a Nicaragua, y también a través de negocios y artimañas de todo tipo, incluyendo el cobro de sobornos a las empresas extractivas que expolian las riquezas naturales del país, las cuales actúan así sin cortapisas.
Recuerden en fin, entre las tropelías de la pareja presidencial, la expulsión del país de cientos de opositores encarcelados a quienes despojaron de su nacionalidad y, en múltiples casos, de sus bienes y pensiones. Por cierto, el régimen se ha sofisticado: en el contexto actual, en lugar de robarles la nacionalidad “de iure” bajo la acusación de “traición a la patria”, se les hurta “de facto”, negando los servicios consulares -como la renovación de pasaportes- a quienes se significan en contra de la dictadura, lo que les deja en un limbo legal como apátridas “no oficiales”, y lo que les dificulta la posibilidad de acogerse a la protección de otros países y organismos internacionales.
La otra novedad, por poner fin a este recuento de crueldades, es la exportación de la represión contra exiliados destacados. El asesinato en Costa Rica del mayor del ejército Roberto Samcam, un crimen ejecutado por un sicario costarricense que se suma a otros casos documentados, es un buen exponente de esta nueva maldad y de la advertencia de que la mano sangrienta de los Ortega puede llegar lejos.
Ortega y Murillo han tenido mucha suerte: Nicaragua apenas aparece en la agenda internacional porque medios de comunicación, defensores de derechos humanos y gobiernos progresistas están centrados en otras actuaciones desalmadas e inhumanas, como el genocidio de Gaza por parte de Israel, la invasión de Ucrania por Rusia o la guerra en Irán desatada unilateralmente por Estados Unidos e Israel. O los recientes bombardeos sobre el Líbano. Las canalladas de los Ortega pueden parecer poca circunstancia al lado de las decenas de miles de muertos que provoca Netanyahu con el apoyo incondicional de EE. UU., pero sus víctimas no merecen caer en el olvido.
Así que, han sido las familias de los nicaragüenses asesinados las que han tomado en sus manos la labor de recordar lo que allí sucede y, a la vez, la de exigir justicia. La “Asociación Madres de Abril” (AMA), constituida para defender la verdad ante un régimen que, como todas las dictaduras, niega y trata de ocultar sus crímenes, ha creado un “Museo de la Memoria contra la Impunidad” con ese propósito: esclarecer los centenares de asesinatos provocados por los Ortega.
En 2019 la AMA aprovechó un resquicio de libertad y organizó una exposición de fotografías en Managua que mostraban la vida cotidiana de las víctimas. Quedaba claro que las víctimas no eran criminales ni terroristas, sino estudiantes, trabajadores, periodistas, artesanos y campesinos que luchaban por la libertad.
Enseguida fue prohibida. Decidieron entonces su itinerancia por el extranjero. La AMA ya ha organizado, con el apoyo de simpatizantes a su causa, más de treinta exposiciones en distintos países: Francia, EE. UU., Suiza, Costa Rica y España, donde se ha exhibido ya en Cataluña, Euskadi, Madrid y Zaragoza.
Consta de una colección de 80 retratos que incluye semblanzas de las víctimas, relatos de las protestas y materiales audiovisuales. Este Museo-exposición se complementa con un libro interactivo: “AMA, construye la Memoria”, cuya segunda edición se publicó en 2025, donde se cuenta la historia de 89 asesinados por la dictadura. Entre otras, aparece la de Álvaro Conrado, un muchacho de 15 años que recibió un disparo en el cuello cuando llevaba agua a los universitarios encerrados en la Universidad Nacional de Ingeniería. Fue llevado a un Hospital y allí, por las órdenes dadas por la pareja presidencial de desatender a los manifestantes heridos, le cerraron las puertas. Lo acogieron más tarde en otro, el Hospital Bautista, pero el personal sanitario ya no pudo impedir su muerte.
También se cuenta el caso de Orlando Daniel Aguirre que a sus 15 años, recibió en el tórax un balazo disparado por francotiradores agazapados en el Estadio Nacional de Beisbol, cuando participaba en una marcha en solidaridad con las Madres de Abril; o el de los estudiantes de secundaria Wendell Francisco Rivera Narváez, de 17 años, a quien unos encapuchados secuestraron en un automóvil de la Policía y apareció poco después muerto con un impacto de bala en el cráneo; Matt Andrés Romero, de 16, quien se dirigía a una manifestación para pedir la libertad de los detenidos/as y recibió un disparo a corta distancia; Junior Steven Gaitán, de 15 años; Sandor Manuel Pineda y Leyting Ezequiel Chavarría. En lo que respecta a los jóvenes universitarios asesinados en la flor de la vida, entre los 18 y 25 años, la lista es interminable.
Museo y libro constituyen un aporte esencial de la “Asociación Madres de Abril” para la construcción de la memoria democrática en Nicaragua y para que la verdad resplandezca. Y mientras el Museo circula por el mundo, hay que resaltar que estas familias pelean con valentía, todos los días, por la justicia dentro de Nicaragua. Ya el 18 de mayo de 2018 presentaron denuncias ante la Misión in situ de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) -que Ortega acabaría expulsando de Nicaragua-. Al año siguiente, en 2019, integrantes de AMA presentaron más de 30 recursos de inconstitucionalidad ante la Corte Suprema de Justicia de Nicaragua contra la Ley de Amnistía que se recetó el régimen para no pagar por sus crímenes en el futuro. Aunque no se aceptaron, queden para la memoria. Por no hablar de las denuncias que han interpuesto ante los organismos de Derechos Humanos del Sistema Interamericano y de Naciones Unidas.
La exposición del Museo itinerante llega en el contexto actual a Galicia. Estará en Santiago de Compostela a partir del día 25 de abril en la Librería AENEA, la Rúa dos Irmáns Rey-Alvite número 3. No se la pierdan. El museo también puede visitarse en este sitio web.
Apoyemos la labor de estos familiares de las víctimas para que brille la justicia y para que la tragedia que vive ese querido país no caiga en el olvido, termine de una vez y termine para de manera constante.
*Este artículo se publicó originalmente en Mundiario.
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