La vida pasa volando, piensa Moha Attaoui, que antes de volar cuida sus piernas con un trago de bicarbonato, pero no bebe jugo de brócoli como hacen muchos colegas porque no quiere engañar al cuerpo ni a sí mismo. Un atleta de 800m, dice, tiene que aprender a generar lactato y a eliminarlo, a consumirlo para seguir disponiendo de energía, y muestra su amor al lactato que envenena sus venas en los últimos 200m, la última vuelta al anillo de Gallur. Es la clave de su récord mundial de 1.000m. Corre, vuela, ese tramo, solo por delante de todos, en 26,95s, lo que pensaba, lo que podía. Pero no bate el récord mundial. Mira el reloj cruzada la meta y pega una patada al suelo, rabia, frustración. 2m 14,53s. Un marca espectacular. Borra el récord de Europa del gran Wilson Kipketer, pero se queda a tres décimas de los 2m 14,20s de Ayanleh Suleiman.
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