
El paso del tiempo es despiadadamente rápido, a veces eso puede ser una ventaja. Otras veces no, y cuando no lo es, el mejor ejemplo de eso es que este próximo 8 de abril se conmemorará el primer aniversario de aquella fatídica madrugada en la que perdieron la vida más de 230 personas, al menos en cifras oficiales, y la justicia sigue sin llegar.
Para esas familias no habrá paso de los años que borre el dolor de perder a un ser querido, para los sobrevivientes no habrá un solo día en que despierten sin la imagen del horror vivido aquella noche que se suponía sería de pura diversión, para los trabajadores y rescatistas, que fueron testigos de una escena imposible de olvidar. Y también para nosotros, que de una forma u otra terminamos drenados por el seguimiento de cada noticia relacionada con esta tragedia.
Al cumplirse casi un año, vuelve a revivirse todo con la salida de nuevas imágenes inéditas de aquella noche. En lo personal, eso me hizo pensar mucho o, mejor dicho, volver a pensar en qué tan responsables son sus dueños. Y sí, lo sigo creyendo: lo son, y mucho. Porque lo que pasó allí pudo haberse evitado. Pudo evitarse si, en lugar de poner el dinero por encima
de todo, hubiesen tenido la decencia de pensar en salvaguardar las vidas de quienes hoy ya no están. Pero no, pudo más el interés. Y entonces, por negligencia, sus dueños deberían estar presos… Muy presos.
Partió mi corazón ver a la gente mirar hacia el techo, como si en ese preciso instante ya supieran que era demasiado tarde, partió mi corazón ver a quien creo que era el artista Ruby Pérez llevarse las manos a los oídos, y entonces todo se nubla, porque para ese momento el techo ya había cedido, partió mi corazón ver a la gente correr desorientada, en shock, sin entender del todo lo que acababa de suceder.
Y entonces me pregunto: si eso soy yo, que lo vi desde afuera y quedé, como dice Alejandro Sanz, con el corazón partido, ¿qué será de las personas que lo vivieron de cerca? ¿Cómo estará su estado mental? ¿Cómo se duerme después de haber sobrevivido a algo así? ¿Cómo se sigue viviendo después de ver morir a otros frente a ti?
Y también me pregunto otra cosa: ¿por qué Antonio Espaillat sigue libre? ¿Por qué no ha pagado de ninguna manera por todas esas muertes? ¿Cómo es posible que alguien señalado por una tragedia de esta magnitud pueda seguir en su casa, con su familia, todos vivos, mientras tantas otras familias quedaron destruidas para siempre?
¿Por qué, si imagino que hay tantos querellantes, todavía no se han agotado los malditos debidos procesos? ¿Por qué seguimos dándole largas y más largas a todo? ¿Será que habrá familiares que morirán sin haber visto justicia por los suyos? ¿Por qué somos tan permisivos con el dolor ajeno cuando el responsable tiene apellido, dinero o influencia?
Y mientras todo eso pasa, en los pasillos del Palacio de Justicia no se siente el peso de más de 236 muertes… se sienten risas, se percibe ligereza, se respira una frialdad que incomoda; como si para algunos esto fuera un expediente más, un caso más, algo que se comenta y luego se olvida, como si no fueran vidas, como si no hubiese familias destrozadas.
Mientras tanto, Antonio Espaillat sigue libre. No solo libre: activísimo. Expandiendo su imperio, moviendo dinero, comprando empresas, buscando nuevas oportunidades, incluso dentro del propio Estado… típico, como si más de 236 vidas no fueran suficientes para frenar nada.
Y sí, lo voy a decir como lo piensan muchos que no se atreven a decirlo: ese día no murieron 236 personas, murieron más. Porque los números no terminan de cuadrar con la cantidad de personas que estuvieron presentes, ni con la cantidad de sobrevivientes. Y la matemática es una ciencia exacta… y cuando los números no cuadran, lo que crece no son certezas, son dudas.
Porque al final no solo murieron más de 230 personas. También murieron la tranquilidad de cientos de familias, la salud mental de sobrevivientes, rescatistas y testigos, y la fe de un país entero en que aquí la justicia alguna vez llegue a tiempo.
Y lo más grave es que el verdadero colapso no fue solo el del techo… fue el de un sistema que sigue sin sostener a nadie.
La entrada Los mató el techo… y los remató el sistema se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).


