La lucha intrapartidaria produce enconos caracterizados por un altísimo componente personal. Atrás quedaron las pujas programáticas y disquisiciones orientadas por enfoques ideológicos. Aquí, la tradición política pudo utilizar el esquema de los conceptos como ardid, pero el sentido de lo individual siempre allanó el camino de la autoridad personal. Por eso, los caudillos como retranca de la democratización, y, de paso, la instauración de una lógica apegada a rupturas y distancias insalvables porque el líder de turno se entendió dueño de la organización.
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