Valores muy apreciados. Definitivamente espléndidos. Asumirlos con entereza te distingue de los demás. Son inherentes a la condición humana cuando te dejas guiar más por los principios que por el miedo o los intereses, consciente de que las ocasiones son nubes pasajeras.
Si te sirve de consuelo y de ayuda para una mejor comprensión y tolerancia, debes saber que sólo una minoría se apega a estas virtudes. Carecer de ellas no te hace ni bueno ni malo, pero delata en ti un carácter débil, nada confiable. Despreciable en grado extremo.
Reconocer la diferencia entre poseer o no estas virtudes es propio de personas realmente inteligentes. Pero a muchos les es negada esa gracia. A falta del buen discernimiento y de la perspicacia que viene con la sabiduría, estos se tornan excesivamente diligentes, con lo cual se confunden, llegando a creer que su forma de gestionar tareas por delante depende más de la eficiencia y ser habitualmente complaciente que tener destreza y buen juicio.
Más bien, de ser creativo. El diligente cumple, mientras que el inteligente, también lo consigue pero involucrándose, a sabiendas de las causas y efectos de este compromiso, atento a los avances que pueda lograr en diferentes opciones de aplicación. Apreciando efectos colaterales, incluyendo los sociales. Dichosos aquellos que conocen las causas de las cosas. Aristóteles no pudo ser más acertado.
Todo esto hace a uno de los dos, el más valioso, imprescindible. Se comporte con lealtad y gratitud con quienes comparte oficio y, más aún, con quien un día le tendió la mano para llegar y seguir.
Lo peor del caso, no son las consecuencias o secuelas de obviar estos valores, sino que aquellos, reducidos por carecer de la destreza del buen proceder, también engañen a los demás, solapando el descuido que, en fin de cuentas, los retrata de cuerpo entero.
Esto nos enseña a confiar más en las mentes despiertas que cuestionan y dudan. En los que se toman su tiempo para ponderar y obedecer un mandato. Incluso, en procrastinadores consuetudinarios. Carecer de idea es como estar ajeno a los sentimientos, porque la mente y el corazón siempre andan de la mano. Siendo leal es como recibes, y agradeciendo, como das.
