Recuerdo como si fuera ayer mismo la primera vez que escuché La Ramona, de Fernando Esteso, el verano de 1976, en la playa de El Postiguet de Alicante. A mis 10 añitos, era ya una niña lo suficientemente vieja e insufrible como para estar de morros con el mundo cuando mis padres nos metían a sus cuatro criaturas en el Renault 12 amarillo pollo y ponían rumbo a cualquier sitio fuera de casa para que los pequeños dejaran de subirse por las paredes y la mayor, o sea, servidora, levantara un rato los ojos de los tebeos que le iban a comer la vista. Total, que allí estábamos todos, en horror y compañía, cuando empezó a sonar tamaña oda al amor amor romántico —“La Ramona es pechugona, tié dos cántaros por pechos. Ramona, te quiero”— y, simultáneamente, a brotarme ronchas purulentas por todo el cuerpo. La odié instantáneamente. Por grosera, vulgar y machista, sin saber aún lo que eran la grosería, la vulgaridad ni el machismo, sí. Pero, sobre todo, porque les gustó a los mayores. Y quizá por eso, porque les chiflaban a mis viejos, me horrorizarían luego las películas de Esteso, solo o en compañía de Andrés Pajares, en las que no se sabía dónde acababa el sátiro y dónde empezaba la sátira ni viceversa. Qué estrecha era.
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