En cierto sentido y por el momento, la principal innovación de la IA es estética: tiene que ver con nuestra sensibilidad mucho más que con la capacidad de cálculo incrementada. La tecnología posutópica normaliza los afectos tristes —el tipo de sentimientos que nos paralizan y reducen nuestra potencia política— y legitima la desconfianza y el miedo como motor de la historia. El ciberutopismo nos proporcionaba un simulacro de sociabilidad, un Prozac tecnológico con el que sobrellevar el menoscabo de los vínculos sociales en el mercado. El cibercatastrofismo es una especie de licencia de armas generalizada: la ganancia en poder individual se traduce en un escenario de pánico y desconfianza mutua asegurada y, así, pérdida de libertad.
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