Cortex AI Analítica
"Influye en la gobernabilidad y el marco regulatorio."
- La incursión yihadista se cobró la vida del ministro de Defensa, el general Sadio Camara , figura clave de la junta militar que gobierna Mali, desde los golpes de Estado liderados por Assimi Goïta en el 2020 y en el 2021.
La incursión yihadista se cobró la vida del ministro de Defensa, el general Sadio Camara, figura clave de la junta militar que gobierna Mali, desde los golpes de Estado liderados por Assimi Goïta en el 2020 y en el 2021. Una junta que no consigue contener la plaga de grupos yihadistas vinculados a Al Qaeda y el Estado Islámico, además de grupos separatistas en el norte maliense, que ha convertido el Sahel en el epicentro mundial de las muertes por terrorismo. No obstante, el ejército maliense presumía ayer de haber “neutralizado a varios cientos de terroristas”.
El país africano expulsó a las tropas francesas, optó por Wagner y cada día es más débil ante yihadistas y tuaregs
La serpiente de dos cabezas autora del ataque del sábado, planeado durante meses, es reflejo de la gravedad de la situación: la ofensiva en Bamako y Kati, a las afueras de la capital, fue liderada por el JNIM, la rama regional de Al Qaeda, mientras que el Frente de Liberación del Azawad (FLA), originariamente sin afiliación yihadista pero que reclama un estado tuareg en las zonas desérticas del norte, lanzó simultáneamente ataques en ciudades norteñas como Gao o Kidal pero también más centrales.
La alta capacidad militar del grupo yihadista y su alianza con el movimiento separatista tuareg constata el fracaso de la táctica de Goïta, quien, tras hacerse con el poder, prometió acabar con el cáncer radical islamista, rompió con Francia, expulsó a sus tropas francesas por su ineficacia en contener la inestabilidad y recurrió a mercenarios rusos Wagner (en el contexto actual Africa Corps). No resultó: la espiral de muertes ha aumentado y varias organizaciones humanitarias denuncian masacres perpetradas también por los soldados a sueldo rusos. A inicios del año pasado, el JNIM incluso bloqueó las vías de entrada a la capital y dejó sin combustible a la mayor ciudad del país.
Goïta, en un inicio muy popular entre los malienses por su discurso anticolonialista, optó por atornillarse en el poder y el julio pasado se proclamó presidente con un mandato de cinco años, renovable indefinidamente y sin necesidad de elecciones.
Aunque el Gobierno maliense asegura haber contenido la ofensiva (ayer se decretó toque de queda nocturno en Bamako y se dispusieron decenas de controles militares en las calles), ha perdido el control de varias zonas del norte del país, donde los grupos armados campan a sus anchas.
Durante los ataques en Bamako, un grupo de 16 programadores españoles y periodistas, que tomaban parte en un festival y talleres musicales, además de los siete integrantes de la banda indie madrileña Niños Bravos, estuvieron bloqueados en el hotel Massaley de la capital, aunque su vida no corrió peligro.
Desde la comunidad internacional se sigue con preocupación el declive maliense, que a finales del siglo pasado e inicios de este era un ejemplo de estabilidad y democracia, y un destino preferencial de turismo en todo el continente de África. El jefe de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, ha hecho un llamamiento a una “acción internacional coordinada para solucionar la amenaza de extremismo violento y terrorismo en el Sahel y a responder urgentemente a las necesidades humanitarias”.
La inacción de los últimos años ha acentuado una degradación que ya afecta a varios países, especialmente a Burkina Faso y Níger, y prendió tras la muerte de Gadafi en Libia en el 2011. El asesinato del líder libio y el caos posterior propiciaron el regreso al desierto de mercenarios bien armados y entrenados que nutrieron movimientos separatistas del desierto, además del crecimiento de grupos yihadistas, que a su vez secuestraron las reivindicaciones tuaregs.
La debilidad gubernamental maliense, que sufrió una ola de golpes de Estado, dejó el país a merced de los islamistas, que aprovecharon la desidia del Estado para ganar adeptos a su causa entre una población desesperada y se expandieron casi sin oposición por una región extensa, de fronteras porosas y epicentro de negocios beneficiosos como el contrabando de armas o de drogas y vía central de la, también lucrativa, migración hacia Europa.
La caída por el barranco yihadista de Mali, que ha empezado a arrastrar a Burkina Faso y Níger, no se detiene: amenaza ya el norte de países vecinos como Togo, Benín o incluso Costa de Marfil.
Licenciado en Periodismo y eterno estudiante de Ciencias Políticas. Amante de las maletas improvisadas y de abrir bien los ojos al viajar, tengo predilección por África y sus gentes



