Cortex AI Analítica
"Análisis de relevancia para la actualidad."
- Lo que está pasando en Oriente Medio viene de lejos, de muy muy lejos.
Y es que no hay manera, como vemos a diario en el discurrir de las guerras en danza en estas mismas tierras bíblicas, que vienen a ser consecuencia del declive de Occidente ante un empoderado Oriente en plena expansión y cuyos valores distan mucho de ser los nuestros.
Los intereses en juego
Otra circunstancia son los intereses en juego estrictamente comerciales y geopolíticos. Ganará quien se quede con los aún inmensos depósitos de petróleo y gas, como asimismo el control de las vías marítimas. Al menos eso piensa Trump, que, pese a contar con bien informados asesores, ha irrumpido en este complejísimo escenario cual pistoleo en una cantina del Oeste salvaje, de la que puede salir escaldado o incluso destituido, dada la magnitud del berenjenal en el que se ha metido y al que quiere arrastrar a sus cada vez más horrorizados aliados, empezando por los de la OTAN.
Todo este endiablado escenario bélico conlleva una inquietante sensación de déjà vu. Tras salir victorioso de la II Guerra mundial el Reino Unido de la mano de Estados Unidos, Washington tenía claro que le tocaba reemplazar a nivel global el poderío del Imperio británico en pleno proceso de descolonización, y donde mejor hacerlo que en Oriente Medio con sus insondables pozos de petróleo.
Hasta 1947, Gran Bretaña, aunque grogui, aún conservaba la mayor parte de su imperio, controlaba gran parte del mercado del petróleo y la libra esterlina seguía siendo la moneda de cambio en múltiples rincones del mundo. Mas en el mes de agosto de ese año, perdería la joya de la corona con la declaración de independencia de la India, y el poderoso dólar apartó a la libra esterlina como si de un molesto insecto se tratase.
Con todo, tan mal acostumbrados andaban por entonces los británicos a la hora de meterse en los asuntos de Oriente Medio, máxime en el negocio del petróleo, seguían apoyando al inefable rey Faruq I de Egipto, mientras Washington tiraba los tejos a un joven militar llamado Gamal Abdel Nasser, quien tomó el control de Egipto y, poco después, en 1956, el del canal de Suez.
El revés que significó esta toma de poder para los intereses del Reino Unido fue descomunal. Y eso que Washington sabía que iba a producirse ese golpe de estado sin advertir a Westminster. Es más: en ese mismo 1956, tras dos años en el poder, la CIA le sopló a Nasser que los británicos preparaban un golpe en su contra. Y una vez pasado el susto, éste, envalentando, iría atizando golpes en Irak, Libia o Yemen.
Más de los mismo pasaba por aquellos años en Irán, un país pobre en el que los británicos mandaban en cuanto a la extracción y la muy lucrativa venta de petróleo. A fin de pararle los pies a las cada vez más agresivas intervenciones estadounidenses en la zona, los diplomáticos y empresarios británicos ofrecían a los iraníes muy tentadores sobornos. Aun así, el gobierno iraní nacionalizó en 1951 la Anglo-Iranian Oil Company, con espeluznantes consecuencias para la maltrecha economía británica.
Total, de manera constante temerosos de una intervención soviética, resultaba conveniente para ambos actores anglosajones apostar por la monarquía del sha Mohammed Reza Pahlavi. Y de aquellos polvos, estos lodos, como estamos viendo en estos aciagos días en un Oriente Medio de nuevo en llamas. Pero esta vez con un pirómano anaranjado repartiendo leña como si no hubiera un mañana. Es la guerra de en ningún escenario acabar, como bien saben en Israel, Palestina, Cisjordania o el Líbano, todas tierras bíblicas.




