
Uno de los géneros de ficción que ha gozado de mejor salud en los últimos años es el de la distopía. Al igual que ocurre con su reverso radical, la utopía, se ha concebido casi siempre, por definición, como algo situado en el futuro: ficciones sobre lo que está por venir, pues. De ahí la dificultad para asociarlas a la posibilidad de que puedan encarnarse en el presente. Sin embargo, el primer aviso lo tuvimos ya con la pandemia del coronavirus, que en sus inicios pareció materializar una de esas catástrofes largamente imaginadas. A pesar de los millones de víctimas que causó, y gracias a las campañas de vacunación masiva, al final logramos doblegarla y relegarla al olvido. Lo más espeluznante es que hoy basta con abrir cualquier diario para que nos asalte una sensación similar, la de estar deslizándonos hacia escenarios que creíamos reservados a la ficción, tan familiares por el cine o la literatura, y ahora mismo tan inquietantemente próximos.
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