Cortex AI Analítica
"Análisis de relevancia para la actualidad."
- Cada paso, cada movimiento, cada respiración es un recordatorio de aquella noche que cambió sus vidas para de manera constante.
En cuestión de minutos, 236 personas murieron y más de 100 resultaron heridas, entre ellas figuras del arte, la política, el deporte y la medicina.
La tragedia estremeció a toda República Dominicana y países vecinos, convirtiéndose en el desastre más mortífero del país que no fue causado por un fenómeno natural ni un conflicto bélico. Cada cifra es, para ellos, un nombre, un rostro, una historia interrumpida.
Jennifer, estudiante de psicología clínica y empleada en un negocio familiar, recuerda cómo una viga expuso sus dedos en medio de los escombros.
“Llegaron a levantar una viga y se veían mis dedos de mi pierna izquierda. Y yo le decía: ‘¿Ese es mi pie? ¿Esos son mis dedos?’ Y él: ‘Sí, ¿tú los sientes?’ Y yo: ‘No, yo no siento nada’”, narró en una entrevista con la periodista Alicia Ortega para el programa El Informe con Alicia.
Las ocho fracturas que sufrió en tibia y peroné la dejaron sin movilidad y con un largo camino de rehabilitación por delante.
Hoy, Jennifer intenta reconstruir su vida desde una pequeña habitación en su casa, donde ha iniciado un emprendimiento de extensiones de pestañas.
“Viajo más de 10 kilómetros para recibir terapia física. Los ejercicios son agotadores y dolorosos, pero debo hacerlo para volver a caminar normal”, dice.
La rutina la cansa, la desafía, pero también la fortalece.
“Me he encontrado con gente que me dice: ‘Tú vas a quedar coja’. Y yo le digo: ‘No, no, yo no voy a quedar coja’. De verdad que anhelo poder sentir mi pierna como antes. Quiero volver a caminar, a correr, a bailar’”, agrega con una determinación que desafía la tragedia misma.
Josué Abreu Santana, de 27 años, comparte un camino de recuperación igualmente arduo. Tras cuatro operaciones y siete meses prácticamente postrado, ha tenido que adaptarse a su nueva realidad.
“Duré siete meses en cama. Eso te trabaja la mente porque no tienes otra circunstancia que ver más que las cuatro paredes. Mentalmente fue lo más duro”, explica.
La fractura que sufrió en tibia y peroné fue tan compleja que aún no puede doblar la rodilla. Sin embargo, ha encontrado una manera de retomar su vida: un pequeño espacio de barbería en su casa le permite generar ingresos mientras continúa su rehabilitación.
“Para que me duela en la cama, yo prefiero que me duela aquí haciendo dinero”, dice, mostrando un optimismo férreo.
El dolor no es solo físico. Ambos supervivientes cargan con cicatrices emocionales profundas.
Jennifer confiesa que aún le cuesta permanecer en espacios oscuros y que algunos días se encierra en su habitación sin querer hablar con nadie.
Pero hay otros días, dice, en los que la esperanza renace: “Me levanto optimista, quiero echar para adelante, quiero superarme, quiero mejorar, quiero sanar. Me mantengo positiva porque deseo caminar, correr, bailar. Eso me da fuerzas”.
El testimonio de estos sobrevivientes también revela la indignación por la negligencia que, según ellos, provocó la tragedia.
Jennifer no puede aceptar que los responsables enfrenten solo un cargo de “homicidio involuntario”.
“Nada más le faltó que lo empujaran con la mano ese techo hacia abajo. Ese techo estaba podrido literalmente y lo ignoraron”, afirma.
Hoy se cumple un año del colapso del Jet Set, y el caso sigue en la fase preliminar. Los propietarios, los hermanos Antonio y Manuel Espaillat, son acusados de homicidio involuntario y golpes y heridas involuntarias por su responsabilidad en la operación del local, según el Ministerio Público.
Mientras el juicio avanza, las historias de Jennifer y Josué recuerdan que detrás de las cifras hay vidas que intentan reconstruirse, que luchan por recuperar la normalidad y que buscan justicia para quienes no pudieron sobrevivir.
Cada día de terapia, cada ejercicio agotador, cada decisión de no rendirse, es un acto de resistencia frente a la tragedia.
Cada cita, cada recuerdo, cada lágrima y cada sonrisa es un homenaje a los que quedaron atrás.
Para Jennifer y Josué, la vida se ha convertido en un esfuerzo constante por volver a caminar, correr y, sobre todo, vivir plenamente.









