
Jon y Robert tenían diez años cuando torturaron y asesinaron a James, de dos años. Secuestraron al pequeño aprovechando un descuido de su madre en un centro comercial, cerca de Liverpool, y se lo llevaron a las vías de un tren. Y allí se cebaron hasta matarlo. A menudo se busca algún tipo de explicación biológica, trastornos o enfermedades para explicar el mal. Pero son las personas en su sano juicio las que cometen la mayor parte de delitos. Según el análisis forense, esos niños no eran psicópatas. Pero actuaron como bestias. Ahora, la familia del pequeño James se enfrenta a la posible puesta en libertad de uno de los asesinos.
Cuando la madre de James se percató de la desaparición de su hijo movió cielo y tierra por encontrarlo. Al comprobar las cámaras de seguridad del centro comercial, se tranquilizó. Vio a su hijo junto a otros dos menores. Pensó que, al tratarse de dos niños, todo debía responder a una trastada infantil. Creyó que nada malo le pasaría. Hasta que un par de días después, una persona encontró el cuerpo de James en las vías.
La imagen de Jon y Robert comenzó a circular por los medios de comunicación y una profesora los reconoció. Eran sus alumnos y ese día no habían ido a clase. De la narración de testigos, y hubo muchos que vieron a los tres niños paseando, se trazaron los movimientos de los asesinos. Algunos se pararon a preguntarles qué hacían solos, pero nadie intervino. Se acercaron a varias tiendas y compraron pintura azul que después usarían en el crimen.
Se convirtieron en las personas más jóvenes en ser condenadas en Reino Unido por la justicia penal contemporánea. Una absoluta barbarie que todo tipo de informes psiquiátricos trataron de encuadrar. Los investigadores llegaron a la conclusión de que no eran psicópatas, y la explicación al crimen se construía por una multiplicidad de factores.
Buscaban la sensación de poder, control, enfermiza curiosidad y excitación. La interacción entre ambos fue clave. Esta co-delincuencia implicaba que uno reforzaba al otro. Se rompieron los frenos inhibitorios. Se contagiaron. Se produjo una escalada que, posiblemente, no hubiera ocurrido de forma individual. De la personalidad de Thompson se señalaron ciertos factores de riesgo. Un ambiente familiar caótico, negligencia parental, exposición a la violencia y abusos. Esto le produjo problemas emocionales, conductuales y dificultades escolares. No lloró en el juicio, mientras que Robert no paró de hacerlo. A él se le consideró como alguien más pasivo e influenciable.
Durante el juicio, los niños explicaron que querían copiar algo que habían visto en una película de terror, Chucky 3, un muñeco asesino que en una escena se mancha de pintura azul. Por eso los niños la compraron. Antes de secuestrar y matar a James, ya habían intentado raptar otra víctima. El caso dio la vuelta al mundo y fueron condenados. El sistema penal británico establece la responsabilidad penal precisamente a partir de los 10 años. En 2001, ya mayores de edad, salieron en libertad bajo una identidad falsa para facilitar la reinserción. Pero no fue posible. A Thompson se le perdió la pista, pero Jon volvió a delinquir.
Jon Venables nunca se adaptó a la vida normal. Empezó a meterse en líos, consumía alcohol y drogas y en 2008 fue detenido por una pelea. Sus relaciones sociales eran disfuncionales, en parte seguía teniendo una mentalidad infantil, como si no hubiera evolucionado como adulto. En 2010 volvió a prisión por posesión de material pornográfico infantil. Salió en 2013 y regresó pocos años después, una vez más, por tener en su ordenador vídeos de abusos y contenido pedófilo. En 2023 el juzgado concluyó que seguía siendo un peligro para la sociedad, especialmente para los menores. Ahora, ha solicitado su libertad condicional y podría obtenerla. Se ha aceptado la solicitud del trámite, su caso volverá a estudiarse y la decisión se tomará el próximo mes.
La violencia extrema no siempre puede explicarse con diagnósticos o categorías. La infancia, época de ingenuidad y mayor pureza, también puede verse manchada por la maldad. La justicia tiene como último objetivo preservar la seguridad de los ciudadanos y el sistema penal busca la reinserción. Pero, a veces, los objetivos parecen contradecirse y las soluciones, insuficientes.

