Caracas.- Ismael Rivera popularizó en 1974 «El Nazareno», una de las piezas que trasciende el ritmo para convertirse en testimonio; una obra que, más allá de su fuerza musical, destaca por la carga espiritual que la sostiene.
Estudios académicos y crónicas de la época reflejan que detrás de su interpretación existe un episodio de transformación personal marcado por la fe.
El milagro del Cristo Negro de Panamá a Ismael Rivera
En la década de 1960, Rivera vivió uno de los momentos más complejos de su vida tras ser arrestado por posesión de estupefacientes, lo que interrumpió su carrera y lo obligó a replantearse su camino. Tras recuperar su libertad, el cantante viajó a Panamá, país que tuvo un papel decisivo en su faceta personal y espiritual.
Fue en la localidad de Portobelo donde el «Sonero Mayor» entró en contacto con la devoción al Cristo Negro, una de las manifestaciones religiosas más importantes de la región. Aunque no hay un registro preciso sobre quién lo introdujo a esta tradición, lo cierto es que el artista quedó profundamente impactado por la fe colectiva que rodea a la imagen.
El encuentro de Rivera —marcado por sus experiencias pasadas— con el Nazareno, significó el comienzo de un proceso en el que la figura se convirtió en su símbolo de guía y redención.
¿Cómo se convirtió en un himno para los latinos?
Esa conexión espiritual se reflejó con el tiempo en su música. «El Nazareno» no es solo una canción, es la expresión de una vivencia y de una carga emocional que remite a la búsqueda de sentido y a la necesidad de levantarse tras la caída.
La pieza, compuesta por Henry D. Williams con arreglos de Javier Vásquez, se inspiró en la devoción profunda de Rivera hacia el «Naza». El tema se convirtió en un puente entre lo individual y lo colectivo: por un lado, la historia del hombre que enfrentó sus propios abismos; por el otro, la fe de un pueblo que cada año peregrina hacia Portobelo en busca de consuelo.
Una canción acogida por los creyentes del Nazareno en Venezuela
En Venezuela, esta obra adquiere un significado especial debido a la fe arraigada hacia el Nazareno de San Pablo, cuya devoción se remonta a la época colonial y está marcada por historias de promesas y sanación.
Esa misma carga simbólica —la del Cristo que acompaña al creyente en el dolor— encuentra un eco perfecto en la voz de Rivera. Aunque nacida en el contexto panameño, la canción trasciende fronteras y conecta con la fe venezolana, donde miles de devotos acuden cada Semana Santa no solo a venerar una imagen, sino a reencontrarse con la esperanza.
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